Opinión

30
Mar
2012

“Uno ríe en lugar de comer”, dice el Premio Nobel de Literatura Elias Canetti en su libro Masa y poder. Compara la risa humana con el sonido que produce la hiena ante el robo de su comida y coloca muy cerca la acción de engullir y la de reír.

“Toda caída que da risa evoca la desvalidez del caído; si se quisiera se le podría tratar como presa”, dice y esto no parece estar lejos de la idea de humor que algunos caricaturistas que abrazan al humor concebido como “el súbito sentimiento de superioridad”, al que se refería el filósofo inglés Thomas Hobbes.

Con una larga trayectoria dentro del periodismo humorístico, el diputado de la Asamblea Nacional y profesor universitario, Earle Herrera, aplaude “todas las caricaturas” incluyendo las más ácidas contra el Gobierno Nacional pero no se alinea con el humor cuyo objetivo es la exclusión como el que recientemente despertó denuncias de organizaciones afro-descendientes, comunidades, parlamentarios y funcionarios públicos en el país.

“No convalido que se use el recurso del humorismo con fines fascistas, excluyentes. En algunas de las caricaturas que se han publicado en la ‘gran prensa’ vemos esa tendencia”, apunta.

Pero no es nuevo que los lápices de algunos artistas se vinculen con intereses dominantes, existen antecedentes desde el siglo XIX cuando en Venezuela las caricaturas asumieron con mayor énfasis la lucha política y hasta sátiras y versos contra el Libertador se hicieron.

“El humor se ha utilizado como un recurso para los cambios o para sostener a los explotadores de siempre. Hubo un humor en contra de la causa de la independencia”, apunta Herrera.

Más tarde se burlaron del presidente Cipriano Castro porque llevaba un gobierno nacionalista. “No es casualidad que después de más de 100 años se hable de “Mico-Mandante”.

La crítica al poder es el argumento que sacan a la luz quienes hacen esos trazos de burla, pero verdaderamente ¿son caricaturas contra el poder?. Herrera asegura que si eso fuera verdad los aplaudiera, pero sostiene que más bien se burlan del pueblo y esas caricaturas, identificadas con la derecha venezolana, exaltan al sector empresarial. “Los mejores envases de la Polar son los corazones de los venezolanos”, decía una de ellas.

“Están al servicio de los poderes oligárquicos, de los poderes de facto de la sociedad:el eclesiástico, el mediático y el económico. Cuando la caricatura está al servicio de los explotadores, de las clases dominantes, de las marcas comerciales, cae en su peor degradación: lo hemos visto en las caricaturas del diario El Universal y en Tal Cual”.

El periodista y sociólogo peruano Carlos Infante, en su libro Poder: tensión y caricatura, apunta que lo humorístico puede ser absorbido y pasar a formar parte del capital simbólico de la clase dominante, y cita a Jesús Martín Barbero: “En la actualidad los medios de información masiva han pasado a convertirse en instrumentos y retransmisión de la cultura hegemónica”.

Con el respaldo de los poderes económicos insisten en reproducir la cultura hegemónica, llega el sentimiento de superioridad y dibujan a un hombre de boina junto a dos niños, abriendo un grifo, que tiene una mosca, del que sale agua sucia, y un texto: “Basta de supremacía blanca, ahora tenemos aguas afrodescendientes”.

Pero esos que han dado por caídos o inferiores contestan: “Está claro que si se hace alusión negativa a algún grupo religioso, sexual, patrio o étnico (en este caso los negros o afrodescendientes), sobre todo si es a través de un medio de comunicación, la reacción no se hará esperar”, defiende la antropóloga Beatriz Aiffil.