Opinión

Autor: Maryclen Stelling

09:05 am
24
May
2015

Tanto Gobierno como oposición se encuentran encerrados y atrapados en una lógica discursiva que ya no interpela al país. Suerte de artefacto político altamente movilizador en un pasado reciente, pero que comienza a perder sentido y capacidad de convocatoria.

Se observa una sensación de fatiga discursiva ante una práctica declarativa repetitiva y casi mecánica en torno a la gestión de gobierno, la corrupción y la impunidad; la salud económica, la petrolera, la gestión cambiaria y de la deuda; el clima político, el diálogo y la conflictividad social; los derechos humanos y la situación de los medios de comunicación; la confrontación electoral rumbo a las parlamentarias 2015.

Ajustado a un desgastado libreto, el enfrentamiento discursivo entre Gobierno y oposición resulta previsible, con algunas variantes menores que devienen de las “batallas” que libran a diario. En el corto plazo, cada quien presupone que se ha anotado una victoria político discursiva, apuesta al desgaste del otro y se aboca a posicionar su “media verdad” y ganar protagonismo en la agenda pública.

Inmersos en tal lucha simbólica, los contendores juegan al desgaste, descalificación y hasta al aniquilamiento del contrario. Pareciera que ambos diseñan su estrategia a partir de la suposición de que “el otro” atraviesa su peor momento de debilidad desde el último conflicto. De allí que acudan a prácticas tales como retar e intimidar al contrario, atacar, defender, contraatacar y, jamás, dar la impresión de rendición. En esa lucha a partir de las palabras, destaca el manejo de la culpa y la responsabilidad que siempre se coloca en el otro, en el contrario, el culpable de todos los males.

En consecuencia, se impone la ausencia de tolerancia y escasa capacidad de negociación. De allí que es válido interrogarnos ¿Qué pasó con el diálogo? ¿Cómo se pueden abrir vías para el diálogo?

Es importante comprender y aceptar que han cambiado las condiciones reales y simbólicas, que el escenario no es el mismo, que hay descontento, apatía y un deterioro de la legitimidad, que política y discusivamente se observa un desgaste y pareciera necesario un cambio de guión.