11:38 am
05
Nov
2015

En todos los sistemas políticos donde se pauten procesos eleccionarios, estos están normados, definidos, por el orden jurídico que prive en cada uno de ellos. Como en un tablero de ajedrez, todas las piezas se articulan de manera perfecta: los contendores, las organizaciones políticas que participan, el árbitro electoral, el acto en sí mismo con sus fechas, lapsos y puntos conclusivos. Nadie se exceptúa de cumplir con lo ya normado.

En nuestro país los sectores opositores han asumido como praxis militante -nociva y perversa- descalificar al árbitro; lo cual se revierte contra sí mismos ya que siembran dudas y suspicacias en sus seguidores, que se preguntan hasta el último momento si vale la pena participar en unos comicios cuyo árbitro es con frecuencia desvirtuado y acusado de fraude.

Lógico, esta actitud, que no es espontánea, está fríamente calculada; por eso es que observamos hoy que nada nuevo deriva de esta postura, están confiados en su propia terquedad. No solo cuestionan al árbitro, lo descalifican y estigmatizan con los peores epítetos. Extrañamente, cuando el Poder Electoral ha arbitrado sus elecciones internas, admiran su eficiencia tecnológica. En los últimos comicios, en los estados en los que ganó la oposición fue reconocida la experticia y diligencia del CNE.

El presidente Maduro, el Psuv y el GPP han dicho que admitirán los resultados que arrojen los comicios. “Si perdemos por un voto, lo reconoceremos. Ahhh, pero si ganamos por un voto, lo defenderemos con nuestra vida, de ser necesario”. El Ejecutivo propuso firmar un acta sobre este punto en el CNE, lo que la MUD no solo rechazó. El Chúo Torrealba -que mete la pata a cada rato- dijo: “La firma de ese acuerdo electoral en el CNE es una comiquita”.

El adagio dice: “mono no se ve su rabo”. ¿Comiquita? Comiquita es la que hace la oposición a cada rato. Los golpistas salen corriendo de Miraflores cuando el pueblo entró en masa al palacio. Capriles jugando con un cable el día del mitin, cuando no conseguía las palabras. La Machado, limpiándose la cara cuando una mujer del pueblo le dio un beso en la mejilla. Ledezma, con la franela de Superman. Rosales, encerrado en un estudio, ensayando y ni así consigue hilvanar un discurso. Y etcétera, ¡pura comiquita!

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