Mundo

23
Dic
2015

Tanto el Gobierno sirio como el Estado Islámico y los rebeldes son conscientes de que, estratégicamente, el pan es tan importante como el petróleo o el agua.

El pan es el alimento básico en Oriente Próximo y la principal fuente de proteínas para muchas personas en zonas pobres y rurales de Siria, y tanto el Gobierno sirio como el Estado Islámico y otros grupos armados que luchan por el control del territorio y la gente del país árabe entienden su importancia.

“Estratégicamente, el pan es tan importante como el petróleo o el agua. Los civiles dependen de la autoridad que lo distribuye, y los especuladores están dispuestos a venderlo a personas con hambre a precios grotescos”, escribe la periodista Annia Ciezadlo en un artículo para ‘The Washington Post’.

“Cuando se controla el pan y el combustible, se controla toda la sociedad”, le dijo a la periodista un analista sirio que habló bajo la condición de anonimato.

“Por esa razón el Estado Islámico, otros grupos armados y el Gobierno no solo están luchando por la tierra: están en guerra por el grano, también. Las batallas se producen por cada punto de la cadena de producción de trigo: desde las semillas que crecen en los campos hasta los molinos de harina, fábricas de levadura e incluso panaderías”, sostiene Ciezadlo.

La guerra civil: “un montón de errores” y acuerdos informales

A medida que avanzaba la guerra civil en el país árabe, el Ejército Libre de Siria y otros grupos armados de la oposición trataron de tomar el control de varias partes de la cadena de producción de pan. En la mayoría de los casos, el Gobierno sirio fue capaz de recuperarlas, pero cuando los rebeldes lograban aferrarse a silos o molinos de harina, tenían que hacerse cargo de ellos: por ejemplo, el grano y el trigo tenían que mantenerse frescos y secos para evitar su deterioro.

“La oposición cometió un montón de errores”, aseguró un exmiembro de la asociación de trabajadores de panadería, quien agregó que los rebeldes “comenzaron a tomar el control de los silos sin tener ninguna idea de cómo gestionarlos”.

Después de un tiempo, surgió una especie de sistema. Cuando los grupos armados podían mantener el control de la infraestructura relacionada con el trigo, tenían que llegar a un acuerdo con el Gobierno: los trabajadores podían pasar de un lado a otro para mantener la cadena de producción en marcha (por ejemplo, a los expertos agrícolas de Raqa, actualmente controlada por el Estado Islámico, se les permite ir a Damasco para las clases de formación del Gobierno).

Precios inflados

Estos acuerdos informales permiten a los agricultores mantener la producción de trigo, que luego puede ser transportado fuera de las zonas controladas por la oposición, pero todo tiene su precio.

Así, el trigo enviado fuera de Raqa está sujeto ahora a un ‘impuesto’ (en grano o en efectivo) del 20 al 25% que impone el Estado Islámico u otros grupos armados. Esos costos afectan a la población civil, que se enfrenta este año a un aumento de los precios del pan de hasta un 87%.

“La mayor parte del trigo de Siria se produce en el noreste; la mayor parte de la demanda se concentra en el oeste. A medida que el trigo se desplaza por todo el país, cada facción armada toma su parte”, explica Annia Ciezadlo.

Debido a los impuestos de los insurgentes, a Damasco ya le resulta más barato importar cereales de otros países, como Irán o Rusia, que desde el norte de Siria.

El sistema de distribución del Estado Islámico

Cuando el Estado Islámico se hizo con el control de Raqa en marzo de 2013, inmediatamente empezó a sistematizar la producción y distribución de pan. Estableció un sistema de racionamiento estricto: la gente tiene que hacer cola por el pan en dos líneas, una para hombres y otra para mujeres. Cada persona tiene un número y solo puede comprar pan plano por valor de un dólar (unos 20 trozos pequeños) mientras que yihadistas vestidos de negro están a la cabeza de la línea para asegurarse de que nadie haga trampa.

Estratégicamente, el pan es tan importante como el petróleo o el agua. Los civiles dependen de la autoridad que lo distribuye, y los especuladores están dispuestos a venderlo a personas con hambre a precios grotescos

A diferencia de los rebeldes, el Estado Islámico se ha apoderado de todos los recursos de la oposición y de las fuerzas del Gobierno en las zonas bajo su control. “El Daesh (EI) lo controla todo: el trigo, los molinos, las panaderías”, lamenta un ingeniero local.

Inicialmente, los terroristas permitían a los agricultores de Raqa vender el trigo al Gobierno, “con su bendición y un impuesto del 20%”, explica la autora del artículo. Este año, sin embargo, el EI ya ha comprado la mayor parte de la cosecha directamente a los agricultores, pagándoles un poco más que lo que habría pagado el Gobierno. “Están comprando porque se consideran un gobierno”, comenta el ingeniero entrevistado por Ciezadlo.

Los yihadistas también venden el grano en la frontera con Turquía, donde los precios son mucho más altos. “Una de las ironías de este comercio es que los donantes internacionales compran grandes cantidades de trigo en Turquía —probablemente, ayudando a mantener los precios altos— y lo envían a Siria como ayuda humanitaria. Dentro de Siria, las milicias de la oposición que controlan estas donaciones a menudo las venden a precios inflados por la guerra”, señala la periodista.

De acuerdo con las fuentes en la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) de las Naciones Unidas, citadas en el artículo, un tercio de la producción de trigo de Siria se encuentra actualmente fuera del control del Gobierno, mientras que los sirios que trabajan en el sector de la agricultura creen que la cantidad es probablemente mayor.

Mientras tanto, el Estado Islámico tiene “el pedazo más grande”, que incluye gran parte de granero del país, las principales tierras productoras de trigo que los sirios llaman ‘Jazira’. La misma estrategia se practica en Irak, donde, según las estimaciones de la FAO, el grupo terrorista controlaba el año pasado cerca del 40% de toda la producción de trigo.

RT

 

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