Opinión

Autor: Rosa Elena Pérez Mendoza

10:39 am
31
Dic
2010

Sabemos de la creatividad del venezolano, de su fertilidad en ideas ante la ausencia de recursos para obtener buenos resultados, de su versatilidad ante carencias vitales, de su inventiva pletórica en la solución de problemas. Es larga la nómina de inventores en nuestro país, innumerables los ejemplos que evidencian esta virtud de nuestra idiosincrasia. No obstante, como nos encontramos en época de aguinaldos, villancicos, parrandas y gaitas, hablaremos de uno de los platos que nos congregan en ávido jolgorio a los venezolanos de allá y de acullá en esta época. Por supuesto, hablaremos de la hallaca, ese símbolo de alegría nacional que nos diferencia de países más allá de la mar océano y nos une a los del Caribe, así como a los andinos. Ese plato delicioso que, apenas nos disponemos a hacerlo, une a generaciones distintas y trae el recuerdo de nuestros ancestros.

Hoy encontramos hallacas de tal variedad en sabor y hechura que es imprescindible poseer amplio criterio y abrir papilas gustativas para saborear originalidades que podrían abrumar al comensal de mente restringida. Además de contar con las variantes regionales: la oriental, la andina, la llanera, la central; tenemos que incorporar ahora tanto las delicatesses, como las impertinencias sucedidas en esta sabrosa materia. Y es que en este diciembre hemos tenido la sorpresa de comernos una hallaca en su tinta. Sí, gracias a nuestra amiga Carolina Corao, nos contamos entre los privilegiados que degustaron este novedoso artilugio de la cocina navideña. La masa, pintada con tinta de calamares; el guiso, hecho a base de mejillones, camarones, calamares y vieiras; el adorno, comprendido por los tradicionales ingredientes, resultaron en un condumio de delicioso sabor y alegría entre las amistades convocadas a la experimentación.

Pero, decíamos, hay inventos de corte consumista que hablan de un ingenio extravagante y hasta peligroso, pues sabemos que han encerrado a la hallaca en una lata. Estamos al tanto de que hay venezolanos viviendo en el exterior añorando el típico alimento, y no dejamos de reconocer la inventiva de quien se arriesgó a efectuar semejante empresa, pero, si hay algo que luce incongruente es el encierro de este delicado plato tras paredes proclives al óxido. Nuestra amplitud degustadora no llega a esos extremos; preferimos la dulce sujeción de la suave hoja de plátano que, además, agrega su sabor. Y es que los venezolanos somos así: de carácter natural y libre, sin artificios ni amaneramientos. Así que abajo la hallaca prisionera, arriba la hallaca en su tinta, pero ¡viva la criollita!

 

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