Opinión

Autor: José Vicente Rangel

12:32 pm
14
Dic
2015

1.- Releo en estos tensos momentos poselectorales el libro coordinado por Pablo Iglesias -líder de Podemos, partido que irrumpió en la política española haciendo crujir el establecimiento bipartidista. En la presentación de la obra, donde participa un conjunto de politólogos, filósofos, profesores universitarios, doctores en ciencias políticas, hallé un fragmento que me llamó la atención. Escribe Iglesias: “Como en Juego de tronos, nosotros mismos enfrentamos una situación de una complejidad política incomparable, y especialmente sentimos la imperiosa urgencia de tener que hacer algo para cambiar este desastre y empezar a hacerlo ya. Por cada segundo que pasa sin que aspiremos a democratizar los lugares donde se decide lo importante, aumenta sin cesar el enriquecimiento privado ilegítimo y el sufrimiento gratuito de la gente corriente. Democratizar es sencillamente devolver a las personas la capacidad para decidir sobre sus propias vidas, una capacidad que nos ha sido robada y que debe ser restituida”. Hasta aquí la cita.

2.- Para mí lo ocurrido en las elecciones parlamentarias del pasado 6 de diciembre, en el marco de la actual crisis, tiene un extraño parecido con lo que se plantea en el mencionado libro. El fondo tiene rasgos similares. Un ambiente en el que ocurre un enfrentamiento entre un proceso revolucionario que adelanta cambios sustanciales -en España el conflicto recién comienza-, que asumió un modelo donde el protagonismo del pueblo es evidente, acechado por fuerzas que representan el pasado, que reivindican una política de signo contrario, cuyo trasfondo es el neoliberalismo. Hasta el 6-D, fecha en que se produce una derrota electoral con desarrollos impredecibles, el proceso bolivariano avanzaba en medio de dificultades con relativo éxito y logros indudables.

3.- ¿Qué determinó la derrota, precisamente en el terreno donde el proceso revolucionario alcanzó sus victorias más importantes? El chavismo y el Gobierno tienen que profundizar en el análisis de las causas del duro revés. Dejar de lado explicaciones banales y la repetición, hasta el cansancio, de excusas sobre los efectos de políticas fracasadas y no de las causas reales. Hay dos maneras de eludir responsabilidades. Una es achacando los fracasos a los demás y otra silenciando los verdaderos motivos. No planteo la autoflagelación, sino el análisis descarnado de lo que sucedió. Sus efectos y consecuencias que para el proceso bolivariano tiene esta derrota.

4.- En este ambiente poselectoral importa aclarar por qué se dieron los hechos tal y como se sucedieron. La oposición, por ejemplo, está exultante con el resultado que le da mayoría calificada en la Asamblea Nacional. Y está en su derecho. Pero en las primeras de cambio se observa la tendencia a negar cuanto prometió en la campaña. Sobre todo preocupa el carácter que le atribuye a la Asamblea Nacional. De un suprapoder que puede erigirse en instancia que controla a la institucionalidad del país. Semejante propósito se convierte en fuente de conflicto. La experiencia, cuando se da una situación como la de ahora, por la cual el factor que ejerce el gobierno es distinto al que controla el Parlamento, se impone una política de diálogo, de respeto a las atribuciones de cada Poder. Tal situación la vivió Venezuela en la IV República cuando la alianza AD/Copei perdió el dominio de la Cámara de Diputados, cuya presidencia la ejercieron figuras de la oposición de entonces.

5.- Siempre he sido partidario del diálogo -lo saben mis lectores y la audiencia de televisión- y constantemente lo sugiero. Más en las actuales circunstancias. Diálogo no significa -lo aclaro a quienes tienen reservas con el término- maniobra, blandenguería, hacer concesiones al otro y renunciar a las posiciones propias. Es civilizar el debate. Deslastrarse de visiones sectarias. Darle un corte a políticas impregnadas de odio. En una situación como la que vive Venezuela, cuando caminamos sobre un piso de cristal y cualquier exceso o torpes cálculos políticos pueden desatar la violencia y llevarnos a un conflicto fratricida, la recomendación para todos los que tienen algún tipo de poder es prudencia. Renunciar a la provocación y tomar conciencia de las consecuencias de actitudes irracionales, y sobre los daños que se le pueden hacer al país. A un país que acaba de dar una demostración contundente de madurez, de civismo, de espíritu ciudadano y respeto a la Constitución. Solo la prudencia y el sentido de responsabilidad puede alejarnos del peligro que acecha: el caos y el derramamiento de sangre.

Escenarios posibles. Vislumbro dos escenarios. Uno, el enfrentamiento a fondo, implacable, casi en términos bélicos. Que subyace en el lenguaje panfletario y estimula, irresponsablemente, la confrontación salvaje. En este escenario corren grave riesgo las instituciones y nadie puede hacerse ilusiones con imponerse. Ya que si uno de los factores que participan en la contienda llegara a triunfar totalmente, lo haría sobre los restos de la democracia, del Estado de derecho y de la vida de muchos compatriotas.

Otro es la opción diálogo. El respeto a las reglas del juego. Apoyado en un ejercicio sincero de la democracia. Que implica respeto al otro y excluye cualquier propósito de desaparecer al adversario. Esta vía no entraña abandono de programas o desdibujar perfiles propios. Significa, sí, asumir el debate en términos civilizado, donde cada quien participe con garantías suficientes. No necesito recordar -y enfatizar- que todos los estudios de opinión que se hicieron durante la campaña electoral confirmaron que el sentimiento de la mayoría determinante de los venezolanos apoya esta vía. Quiere diálogo para garantizar la paz, y rechaza con vehemencia todo cuanto conduzca a la violencia. Más aún, teme y recomienda al liderazgo nacional seriedad, ponderación, sentido de la realidad. Entender que la sociedad exige normalidad, tranquilidad, para sacar adelante a Venezuela. Ya que el futuro está en la paz, no en la guerra.

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