Opinión

09
Jul
2015

La interminable cantaleta sobre la “necesaria” modernización económica de Venezuela, vociferada por sabiondos economistas nacidos aquí pero con estudios de posgrado en Estados Unidos y Europa, tartamudea procurando convencernos de que a base de conceptos tecnocráticos (libre mercado, paridad cambiaria, liberación de precios y competitividad) lograremos, finalmente, “equilibrar la economía”. ¿Cómo se orquesta el engaño macroeconómico a partir de estos conceptos? ¿Qué proponen en el fondo? ¿Qué buscan encubrir, maquillar e impulsar en términos políticos?

Libre mercado o cómo usted dejará de comer

El libre mercado es esbozado por opinólogos y analistas económicos en artículos de prensa y entrevistas en medios de comunicación televisivos como la última invención de la teoría económica capitalista. Lo que ellos venden en forma de “concepto moderno”, de última generación, no es más que la aplicación de un paradigma económico tan antiguo como la revolución industrial del siglo XVIII: punto de partida del andamiaje teórico (y práctico) de la economía capitalista.

Libre mercado significa que los agentes económicos (los dueños de fábricas, fundos, bancos y grandes contratos de importación) tienen plena libertad para ejercer su actividad, y en consecuencia, plena libertad para maximizar sus ganancias cuando el antojo (eterno) se los indica. Es un concepto eminentemente político planificado para que el Estado y la sociedad sean espectadores lejanos del robo y saqueo ejecutado por el parasitaje nacional y transnacional.

Libre mercado significa que los agentes económicos tienen plena libertad para ejercer su actividad, y en consecuencia, plena libertad para maximizar sus ganancias cuando el antojo se los indica.

Hay libre mercado cuando el Estado elimina (o evita impulsar) los dispositivos clásicos (subsidios, aumentos de salario, pensiones, etc.) dirigidos a paliar el hambre y las necesidades básicas de la población en general (vivienda, educación y salud). Población mayoritariamente pobre porque no estudió en una universidad o porque su familia no le heredó un negocio lucrativo: características que definen a la clase media.

-Una economía de libre mercado es Colombia. País que tiene la salud totalmente privatizada (donde mueren niños y personas a diestra y siniestra por no tener recursos económicos), al igual que la educación (8,5 millones de niños no tienen acceso al sistema escolar), también el servicio elétrico, rankeado en el puesto seis de los más costosos del planeta; datos que condensan la alarmante cantidad de 20 millones de personas que vive en la pobreza extrema (casi la mitad de la población), otras 13 millones de clase media y los 17 millones restantes a los cuales se les va el salario en medio comer, pues la canasta básica familiar cuesta cinco veces más que el salario mínimo. Y allá no hay Mercal, ni subsidio, ni Pdval, ni Barrio Adentro, ni ninguna política pública que restrinjan al saqueo que hace estragos en la vida de 37 millones de colombianos.

Así que cuando a usted le dicen que Venezuela debe reformarse para constituirse en una “economía de libre mercado”, le están diciendo que el Gobierno Bolivariano debe eliminar subsidios, pensiones, aumentos de salarios (y con ellos Mercal y Pdval), privatizar la Faja Petrolífera del Orinoco, las empresas básicas de Guayana y los servicios públicos (salud, educación, electricidad, telefonía, etc.) para que las familias más ricas de Venezuela maximicen sus ganancias al mismo tiempo que usted se convierte en espectador de la abundancia que habita los supermercados con el estómago adherido al espinazo y presencia el encarecimiento de todo lo que observa, toca, huele, y necesita usar.

Los economistas opositores le ofrecen como salvación el hambreador modelo colombiano, exitoso sólo para las minorías acomodadas de ayer y hoy. Que su hijo no vaya a la escuela (porque eso no contribuye a la expansión del “crecimiento económico”), que tampoco sea atendido de forma gratuita por un médico cubano (porque eso no contribuye a la “competitividad”) y que no pueda comer tres veces al día (porque distorsiona el “gasto público”).

Paridad cambiaria o cómo todo se volverá más caro

El control cambiario, tal cual dijo Aristóbulo Isturiz, “es una medida política y no económica”.

El objetivo por el cual se implementó el control cambiario persigue evitar la fuga de capitales, ponerle un techo a las ganancias especulativas del sector importador-transnacional y permitir que la población venezolana, sumida en el hambre y la miseria durante más de un siglo de explotación petrolera, pudiese comer, vestirse y acceder al sistema de salud.

Según el operador político del Bank Of América, Francisco Rodríguez, el “precio real del dólar” sería 60 bsf., bajo esta cifra se propone que Venezuela establezca la paridad cambiaria.

Venezuela exhibe una economía excesivamente dependiente de importaciones directas (productos terminados) como de aquellas que son indirectas y a su vez indispensables para el sector industrial (insumos, materias primas y maquinarias). Herencia de la cultura del petróleo que ha sido cuestionada muchísimas veces por el presidente Maduro, invitándonos a superar el modelo rentista que nos impusieron y que hoy sirve de enclave para la ejecución de planes operativos dirigidos a caotizar políticamente la economía.

Cuando a usted le dicen que es necesario que Venezuela establezca una paridad cambiaria en 60 bolívares por dólar, le están diciendo que el kilo de pollo, de carne y de arroz que hoy puede adquirir gracias al control cambiario y a la política de subsidios del Gobierno Bolivariano, va a tener que comprarlo, esta vez, 100 veces más caro.

-Ejemplo de paridad cambiaria como promotor de la pobreza estructural es Perú. País que luego de firmar el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos en el año 2007, entregó su legislación laboral, fiscal y tributaria, los campos agrícolas y la industria nacional, a los dictámenes importadores y neocolonialistas de la economía norteamericana. Las consecuencias son palpables. Perú año tras año ha venido aumentando sus importaciones alimentarias desde Estados Unidos hasta los 3 mil millones de dólares, afectando enormemente la producción agrícola nacional y encareciendo abismalmente, como es lógico, el sector alimentación. Y aunque existe paridad cambiaria relativamente barata (sólo para la minoritaria franja acomodada de ese país) 45% del total de niños peruanos vive en la pobreza; en la periferia la pobreza extrema (sin discriminación hetárea) llega al 52,2%. Casi la mitad de la población peruana, literalmente, está luchando para no morirse de hambre.

Para que Venezuela pueda “equilibrarse” económicamente (al estilo peruano) la mayoría de la población tiene que sencillamente resignarse a pasar hambre. El proyecto de “modernizar” al país sólo necesita de una clase media buchona que pueda adquirir lo que se importa desde Estados Unidos y Europa. El resto, por ser “el resto”, sobra, ya que no puede acceder a la centrífuga del empleo formal, minoritario y excluyente en contenido y forma, diseñado para uso y estafa de unos poquitos.

Los economistas opositores le ofrecen como salvación el hambreador modelo peruano, exitoso sólo para las minorías acomodadas de ayer y hoy.

Liberación de precios o cómo su nevera quedará cual pecera (agua y luz nada más)

Cuando el parasitaje nacional y transnacional ataca el control de precios, lo hacen bajo el insostenible argumento de la supuesta “quiebra económica” en la que se encuentran. ¿Realmente alguien puede pensar que Mendoza es menos rico por la regulación de los precios? ¿O que los dueños de la Nestlé están vendiendo sus propiedades y autos de lujo para que la empresa sobreviva? ¿O que los gerentes de la General Mills están al borde del suicidio por la supuesta bancarrota? ¿O que las panaderías están por cerrar por falta de productos derivados del trigo?

Cuando a usted le dicen que en Venezuela debe establecer la liberación de precios, le están diciendo que usted debe pagar (y si no puede, se jodió) para comer, para tratarse una enfermedad y para vestirse al precio que los lambucios (llámelos también parásitos) decidan cobrarle.

El control de precios ha significado, sin lugar a dudas, una limitación en su proyecto de acumulación improductiva e importadora. No están quebrados en términos económicos, pero el hecho de que el Gobierno Bolivariano meta la mano en el botín los molesta enormemente, porque se les restringe la libertad de robar plenamente a la población.

Llámele “economía de mercado” si quiere, aunque la definición del hecho se describa bajo palabras mucho menos tecnocráticas: los lambucios –de siempre– en el poder.

-En México la liberación de precios y la monopolización norteamericana del sector alimentario, salud, educación y servicios públicos, también muestra sus dotes de “modernidad” exhibiendo la alarmante cifra de 50 millones de personas (casi la mitad de la población mexicana) a las cuales no les alcanzan sus ingresos para cubrir las necesidades básicas.

Cuando a usted le dicen que en Venezuela debe establecer la liberación de precios como mecanismo modernizante de mercado, le están diciendo que usted debe pagar (y si no puede, se jodió) para comer, para tratarse una enfermedad y para vestirse al precio que los lambucios (llámelos también parásitos) decidan cobrarle. Y lo harán bajo las leyes del mercado que les otorgan la capacidad (y el centenar de justificaciones) de decidir que usted debe dejar de comer porque sino ellos no podrán elevar su ganancias. Pobrecitos, ¿no?

Los economistas opositores le ofrecen como salvación el hambreador modelo mexicano, mezclado con el alto costo de la vida del colombiano promedio y la pobreza infantil peruana.

Competitividad o cómo lo robarán con una pistola de agua

Otra máxima de la modernización tiene que ver con la competitividad.

Opinólogos y economistas de la oposición venezolana dicen que en Venezuela, por culpa del control cambiario y el control de precios, los grandes carteles económicos del planeta se sienten “desmotivados” y renuentes a invertir sus cuantiosos capitales en nuestro país, lo cual tiene implicaciones en la reducción del crédito internacional y una mala fama que va agarrando fuerza, convirtiéndonos en un país horroroso que impide que los ricos se hagan más ricos matando de hambre a más de la mitad de la población venezolana.

“Cuando a usted le dicen que Venezuela debe estimular la competitividad y la entrada de inversiones extranjeras, le están diciendo que el gobierno debe eliminar misiones sociales (reducir el “gasto público”), prestaciones sociales (“reducir el déficit”), aumentos de salarios y cualquier política de subsidio”.

-Colombia, México y Perú ostentan las legislaciones laborales más retrógradas y esclavistas de todo el planeta, y tiene que ser así para que el capital extranjero no ponga en riesgo sus importantísimos recursos financieros.

Cuando a usted le dicen que Venezuela debe estimular la competitividad y la entrada de inversiones extranjeras para que extraigan jugosas tasas de retorno, le están diciendo que el gobierno venezolano debe eliminar misiones sociales (reducir el “gasto público”), prestaciones sociales (“reducir el déficit”), aumentos de salarios y cualquier política de subsidio que violente las sagradas normas de la economía: que el dinero que hoy usted tiene en el banco y en el bolsillo sea entregado, enterito, al capital nacional y extranjero.

En Grecia los conceptos de libre mercado, paridad cambiaria, liberación de precios y competitividad se aplicaron con todo su esplendor modernizante.

Dicho país quebrado y atacado brutalmente por la institucionalidad financiera mundial, simboliza cómo los empresarios de ese país, el FMI y Alemania, armados con los conceptos antes descritos, se dieron a la tarea de fugar capitales, especular con ganancias ficticias y rumbearse en la bolsa de valores rendimientos mínimos que creían superlativos. Hoy la resaca del saqueo debe ser financiada por la población, dejando de recibir pensiones y subsidios vitales por parte del gobierno griego.

Pero aún con ese ejemplo europeo del que hoy somos testigos, y con las crudas y trágicas realidades de los colombianos, peruanos y mexicanos, los opinólogos y analistas económicos de la oposición están esperando que el Gobierno Bolivariano caiga (por la vía que sea) para implementar el mismo modelo de hambre y miseria como política de Estado, en nombre del libre mercado y demás espejitos ya revendidos en las (quebradas) naciones antes mencionadas.

Estos conceptos modernizantes proponen, simple y llanamente, que usted debe pasar la roncha pareja para que los indicadores macroeconómicos se equilibren, porque así como estamos, donde la inmensa mayoría del país anda comiendo y supliendo sus necesidades básicas, no se puede continuar.

Que usted coma y pueda vestirse, desde la lógica del economista moderno, es un delito que se paga con inflación, bachaqueo, contrabando de extracción, sobrefacturación de divisas, especulación comercial y macroacaparamiento: respuesta política de los parásitos nacionales e internacionales por haberles violentando su estafa económica.

Y si no me cree, pregúntele a un colombiano por qué decidió cambiar su país de inflación controlada (4,36%) y crecimiento económico boyante (3,2%) por otro que tiene una economía tan desequilibrada, que aquellos que no estudiaron, ni son profesionales, ni trabajan para una empresa importante, pueden comerse tres platos (y más) de comida al día.

Y que esto suceda es una decisión política, no económica. Que los indicadores y conceptos hablen, que nosotros responderemos. Al final cada indicador económico simplemente cifra el enloquecimiento de los pelucones por tumbar a Nicolás Maduro.

 

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