Opinión

Autor: Julio César Hernández Perera

11:00 am
04
Feb
2016

Hace años algunos fuimos testigos de las sensibles contradicciones entre inmigrantes y nativos digitales, cuando cierto profesor proponía imponer a sus estudiantes de Medicina una disposición inconcebible por sus consecuencias: proscribir el uso de teléfonos celulares dentro del recinto universitario.

Los términos de inmigrante digital y nativo digital —u homo sapiens digital— fueron acuñados en el año 2001 por el escritor y conferencista norteamericano Marc Prensky, para describir aquella generación que nació antes y después de la década de los 80 del pasado siglo.

Puede ser que a estas alturas algunos pedagogos, inmigrantes digitales, no hayan interiorizado que los tiempos y métodos educacionales cambian, y que no es necesario esperar por toda una generación para desarrollar las potencialidades de la nueva tecnología.

Desafortunadamente, en nuestro medio no todos los estudiantes cuentan con teléfonos celulares, pero poco a poco vemos que el uso de esos objetos se expande más como resultado de las modas que de la necesidad de ser usados en el proceso educativo.

Como parte de la contemporaneidad, no basta con tener un teléfono que sea capaz de mantenernos comunicados en cualquier instante, ahora tiene que ser «inteligente». También conocido como Smartphone, ese tipo de teléfono ofrece funciones más avanzadas que un teléfono celular convencional. Con pantalla táctil, muestra rasgos análogos a los de una computadora personal, donde se suman múltiples funciones como la agenda electrónica y otras variadas aplicaciones que se pueden tornar indispensables para el trabajo y el estudio.

Crece el número de familias en que estos aparatos se han convertido en esenciales para la vida. Cada día es mayor el número de padres que suplantan libros y juguetes por celulares y tabletas electrónicas aptos para cautivar la atención y los «habilidosos deditos» de sus hijos, nativos digitales. Y en aras de alcanzar un beneficio educativo, de seguro los padres juiciosos buscarán aplicaciones didácticas, si bien los pequeños acabarán con embarrar inocentemente las pantallitas táctiles.

En el campo de la Medicina, el teléfono inteligente es uno de los que mayor influencia e impacto alcanza en los últimos años. Este dispositivo, insuperable comunicación aparte, ha logrado un papel importante que va desde el monitoreo de pacientes hasta el uso de aplicaciones para el diagnóstico médico, referencias de laboratorio clínico, consulta de fichas de medicamentos, literatura y cálculos, entre otros beneficios necesarios en el ejercicio de la profesión y la educación médicas.

Ahora, los libros y otras fuentes valiosas de información, que antes solo se podían consultar en biblioteca, pueden ser fácilmente transportados en formato electrónico. Estos modernos recursos de información cuentan con herramientas de búsqueda que facilitan su uso en la docencia de cualquier rama de la ciencia y posibilitan que el alumno adquiera habilidades en el tratamiento de la información y la competencia digital. Y todas estas ventajas no son excluyentes con los principios del método clínico.

Es cierto que el celular tiene sus desventajas, como cuando es usado, en ocasiones, de manera indiscriminada o su inoportuno timbre (o tono) aparece de la nada en medio de una reunión, conferencia o en el pase de visita en un hospital. Pero también es incuestionable que como parte de la contemporaneidad, se debe alejar la mirada censuradora que algunos inmigrantes digitales tienen con este aparato y aprovecharlo en función del proceso educativo. De esta forma, como expresó cierta persona inteligente, concederemos a nuestros discípulos una vía segura de acceso a universos provechosos que por sí solos no serán visitados.

Juventud Rebelde

 

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