Opinión

Autor: Fernando Vicente Prieto

02:29 pm
05
Nov
2015

El 5 de noviembre de 2005 se producía en Mar de Plata uno de los eventos más importantes para la historia del continente. Alentados por las luchas sociales que conmovían su geografía y recuperando el espíritu soberano, los países del sur del continente confluían para rechazar un enemigo común: el proyecto imperialista del ALCA.

El Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) fue un proyecto de integración económica subordinada a los intereses de EEUU, impulsado desde la primera Cumbre de las Américas celebrada en Miami, en diciembre de 1994, en el marco de la Organización de Estados Americanos (OEA). Por aquellos años, tras la caída del muro de Berlín y el desplome de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, EEUU emergía como la potencia dominante de un mundo unipolar y pretendía anexar económica y políticamente a los demás países del continente.

Este proyecto retomaba un objetivo histórico de EEUU, expresado en la doctrina Monroe de “América para los (norte)americanos”. A esta doctrina se le opondría el proyecto expresado por Bolívar, quien desde temprano vio con preocupación el afán expansionista del país del norte: “Los Estados Unidos parecen ser destinados por la providencia a plagar de hambre y miseria a toda la América en nombre de la libertad”, señaló en 1829.

“Los movimientos populares del continente continúan resistiendo, seguros de que el sueño de Bolívar y Martí, de Chávez, Fidel y Guevara merece ser retomado y profundizado”.

El ALCA contemplaba la reducción de las barreras arancelarias en 34 países de la región. El único excluido de la propuesta era Cuba. Montado en la ola neoliberal de fines del siglo pasado, la iniciativa avanzaba rápidamente hasta la asunción de Hugo Chávez como presidente de Venezuela en 1999, quien comenzó a plantear sus disidencias. En 2002, con la asunción de Luiz Inacio Lula Da Silva en Brasil, el gigante sudamericano también pasó a oponerse al ALCA y poco después fue acompañado por Argentina, todavía conmocionado por la crisis del neoliberalismo en 2001, que en 2003 elegía como presidente a Néstor Kirchner.

Ante las crecientes tensiones, expresadas fundamentalmente en la negativa del país norteamericano a eliminar los subsidios a sus productos agrícolas, en la Cumbre Extraordinaria de las Américas realizada en Monterrey, México, en 2004, se acordó implementar una versión menos ambiciosa del tratado de libre comercio, que se terminaría de definir en la Cumbre de Mar del Plata en 2005.

“ALCA, ¡al carajo!”

La IV Cumbre de las Américas se llevó a cabo en la ciudad de Mar del Plata, entre el 4 y el 5 de noviembre de 2005. Se llegaba con dos propuestas de declaraciones: una incluía una mención a favor de la reapertura del ALCA, presentada por Panamá y apadrinada por EEUU, y otra del Mercosur y Venezuela, que se oponía rotundamente.

En las calles de Mar del Plata, miles de personas convocadas por organizaciones populares de Argentina y todo el continente se manifestaban para evitar esta nueva avanzada económica sobre los pueblos. En paralelo a la Cumbre de presidentes, la ciudad albergaba una Cumbre los Pueblos que rechazaba de plano la propuesta y proponía retomar el ideario bolivariano de unidad de los pueblos de América Latina y el Caribe.

En ese contexto, en un acto multitudinario en el estadio mundialista, Hugo Chávez inmortalizaba su lema “ALCA, ALCA al carajo”, acompañado por Diego Armando Maradona y el líder indígena Evo Morales, por entonces candidato a la presidencia de Bolivia.

Finalmente, Estados Unidos no pudo imponer una mención de reapertura del ALCA en el documento final, ante la cerrada negativa de los países del sur, expresada por Chávez, Lula y el presidente anfitrión, Néstor Kirchner, quien acusó al mandatario de EEUU, George W. Bush, de querer “patotear” al resto de los países, forzando la aprobación sin discutir ningún cambio.

Se abría así una etapa de consolidación en la alianza entre los gobiernos opuestos al dominio pleno de EEUU en la región, que a pesar de sostener modelos diferentes al interior de sus países, coincidieron en impulsar nuevos mecanismos de integración.

2005 – 2015: Disputa por los modelos de integración

Pocas semanas después de la derrota del ALCA en Mar del Plata, en diciembre de 2005, el pueblo boliviano consagraba como presidente a Evo Morales, quien vendría a fortalecer el surgimiento de la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América (ALBA) impulsada por Chávez y Fidel un año antes. Un año después, en noviembre de 2006, el bloque sumaría a Rafael Correa, electo presidente del Ecuador.

Guiado estratégicamente por Chávez, el ALBA impulsaría a partir de ese momento una estrecha alianza diplomática con los gobiernos neodesarrollistas del sur, que daría como resultado la creación de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) en 2008 y más tarde, en 2012, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Este último espacio viene a oponerse de plano a la OEA, organismo creado luego del fin de la Segunda Guerra Mundial con el fin de controlar la política exterior de los países del continente, en el marco de la naciente Guerra Fría.

La derrota del ALCA no implicó la renuncia de EEUU a su proyecto estratégico. Este país reorientó su política a la firma de tratados bilaterales de libre comercio con los países conducidos por gobiernos neoliberales.

No obstante, la derrota del ALCA no implicó la renuncia de EEUU a su proyecto estratégico. Este país reorientó su política a la firma de tratados bilaterales de libre comercio con los países conducidos por gobiernos neoliberales. Sobre esta base, luego promovió la creación de la Alianza del Pacífico, que reúne a México, Colombia, Perú y Chile y se propone en la actualidad extenderse a otras naciones, como punta de lanza que combata la influencia del ALBA.

En un extremo, EEUU se propone congelar el ímpetu de Unasur y CELAC, haciendo retornar al marco de la OEA los debates entre los países del continente. Detrás de todo, como un telón de fondo, aparece en última instancia una competencia feroz con otras potencias -en particular China, India y Rusia- por el control de un territorio con abundantes bienes naturales.

Precisamente en este momento asistimos a un frágil equilibrio en esta disputa. La última Cumbre de las Américas, realizada en Panamá en abril de 2015, expresó nuevamente un nuevo espíritu de época, al recibir por primera vez a Cuba en su seno mientras ponía límites a la pretensión de EEUU por criminalizar y aislar a la Revolución Bolivariana.

Sin embargo, el tablero se encuentra en permanente movimiento. La debilidad del gobierno de Dilma en Brasil, sumado al giro conservador en Argentina, podría ser aprovechada para restaurar la hegemonía norteamericana en una región que, como demostró hace apenas una década, puede ser determinante para ponerle freno a la expansión imperial de EEUU. Mientras tanto, por abajo, los movimientos populares del continente continúan resistiendo, seguros de que el sueño de Bolívar y Martí, de Chávez, Fidel y Guevara merece ser retomado y profundizado. Nada está decidido: serán las luchas del pueblo las que tengan la última palabra.

Hoy Venezuela

 

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