Opinión

Autor: Earle Herrera

10:07 am
29
Ene
2016

La bancada opositora llegó a la Asamblea Nacional vociferando -y creyéndose- que con ella empezaba la historia

Sus sofocados oradores acusan a los del boque de la patria de tener un chic en el cerebro. A partir de aquí, cuando usted espera un despliegue de originalidad, disparan una insufrible retahíla de lugares comunes neoliberales que la década de 1980 borró de forma cruenta en América Latina.

Los “nuevos diputados” creen que están inventando la retórica que el puntofijismo martirizó durante 40 años. Venidos de la libre empresa muchos de ellos, a sus discursos agregan técnicas del marketing, mezcladas con el más manoseado amarillismo periodístico. No son los creadores del sensacionalismo parlamentario, pero evitarían poses cómicas y hasta sublimes si se tomaran la molestia de ver la película Si yo fuera diputado, del genial Mario Moreno. De esa cinta, por cierto, sus ancestros adecos se copiaron sin rubor el eslogan “Como tú”, que le encasquetaron al candidato Jaime Lusinchi. La inclinación al plagio es mendeliana. Y adeca.

Ahora les dio por la necrofilia, no en el sentido de atracción hacia los cadáveres de la erótica surrealista, sino de explotación política de la muerte para elevar la precariedad discursiva con el dolor ajeno. La técnica es simple y brutal. Poner ante los micrófonos de la Asamblea y frente a decenas de cámaras a una persona sacudida por la muerte de un ser querido. Aquí todo discurso pierde sentido. ¿Qué decirle al joven que llora en público la muerte de su madre, a los padres que sufren en casting abierto el fallecimiento de una hija o de la esposa cuyo marido murió en un accidente laboral y la someten a un centelleante bombardeo de luces?

Después no se sabe más de esas personas. A algunas las ve usted por los pasillos preguntando por tal o cual diputado. El “orador” que hizo llorar a la audiencia, no con su eficacia retórica, sino con el dolor hecho pasto de medios, busca otras víctimas que lo hagan sentir un Martín Valiente o una suerte de Santos Luzardo yuppie. Si se cumple el símil decibélico de Andrés Eloy entre el carro viejo y el diputado nuevo, es probable que con el tiempo recuperen la sindéresis.

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