Opinión

12
Mar
2012

La demagogia ha sido un arma predilecta de la contrarrevolución. Con la mentira se pudo mantener el puntofijismo por 40 años gobernando, mientras empobrecían al pueblo y entregaban nuestra soberanía.

Recordemos los diagnósticos y propuestas electorales de AD y Copei. Eran realmente conmovedores. Sin embargo, el balance de su gestión gubernamental revelaba la vil traición al electorado. El caso más emblemático fue CAP en 1989. Pese a prometer una Venezuela “saudita”, apenas asumió la presidencia arremetió con terror y miseria de la mano del FMI. Esta conducta le valió a la burguesía y sus partidos de derecha el más absoluto desprecio popular.

De cara al 7 de octubre apelan una vez más a la mentira para conquistar al electorado. Ante un gobierno popular que exhibe una gestión extraordinariamente positiva, procuran robarse nuestras banderas. Han reconocido que no es posible hacer política en Venezuela ignorando las nuevas realidades que brinda la revolución bolivariana. Por ello, comienzan a navegar en dos ríos a la vez, anunciando un rumbo de “progreso social” que le traslade el prestigio de la revolución, mientras que plantean solapadamente su programa burgués para evitar perder su perfil ideológico.

Las contradicciones de sus propuestas son tan abrumadoras, que evaden la confrontación. Comprenden que de la polarización afloran las diferencias. A pesar de los abiertos antagonismos, ellos apuestan al engaño, apoyados por poderosos medios de comunicación. No obstante, es un hecho absolutamente irrefutable que toda revolución genera su contrarrevolución; que los trabajadores antagonizan con la burguesía y el imperialismo; que la izquierda con su programa popular se enfrenta a la derecha, que encarna los intereses de la burguesía.

En ese contexto, una de las tareas más importantes de la revolución en esta nueva coyuntura decisiva de nuestra historia, consiste en desmontar las mentiras sobre las cuales se presenta el programa de gobierno de la burguesía. La lucha ideológica y política es vital para contrastar dos modelos, el capitalista y el socialista, absolutamente incompatibles, objetivo clave para desnudar las falsas promesas de la burguesía.

Capriles Radonski personifica los intereses de la burguesía y de los partidos de derecha

El candidato de la oposición quiere desmarcarse de su signo ideológico y se autocalifica de “centro-izquierda”. Se trata de la misma “centro-izquierda” que en Europa trasladó los costos de la crisis sobre los hombros del pueblo, que en los EE.UU de Obama lleva a cabo guerras de rapiña en el planeta y que ha aprobado auxilios fabulosos para la banca quebrada, mientras se agudizan los grandes problemas de la humanidad.

Por supuesto, en época de profunda crisis de la ideología burguesa se procura el deslinde, deslastrase del peso que representa la responsabilidad en el desastre que vive el capitalismo a nivel global.

Sin embargo, no son las palabras sino los hechos lo que nos orienta en la ubicación ideológica de las fuerzas políticas. La realidad es que a ese candidato lo respaldan la misma derecha y mismos grupos económicos que hundieron al país en la peor crisis de su historia republicana, las fuerzas que se han opuesto ferozmente, incluso por la vía golpista, a las políticas sociales que ahora pretenden enarbolar. Asimismo, es el candidato a quien aplauden las corporaciones transnacionales, el que respalda el Departamento de Estado, el que ha sido elogiado por los centros financieros del planeta y el FMI, el que goza del aprecio de Uribe y los pinochetistas…

Quizás resulta de alguna utilidad definir los rasgos fundamentales de la derecha, es decir, de las fuerzas que apoyan los planes de la burguesía, para ubicar objetivamente al candidato de la MUD en el espectro ideológico y político. En tal sentido, ser de derecha en los actuales momentos significa:

a) respaldar la hegemonía mundial del gobierno estadounidense, banalizando las criticas al imperialismo;

b) abandonar las posiciones de defensa de la soberanía, aupando el discurso de la globalización;

c) identificarse ideológicamente con los grupos económicos más poderosos, nacionales y extranjeros, y subordinarse a sus intereses;

d) impulsar una política social que privilegie los intereses del capital;

e) promover un sistema político que niege la participación popular como elemento esencial de la democracia;

f) impulsar un modelo económico de apertura al capital extranjero y de liberalización de los mercados;

g) crear las condiciones para el desmontaje de Estado nacional.

Como veremos a continuación, Capriles Radonski encarna como nadie los intereses del capital nacional y transnacional.

“No vamos a privatizar la industria petrolera”

Esta posición hipócrita es obvia a la luz de la prohibición expresa de nuestra Carta Magna y del éxito que ha representado la política revolucionaria de renacionalización petrolera.

Sin embargo, el engaño está a flor de piel. Quienes diseñaron la propuesta programática de la MUD fue la Gente de Petróleo, que al frente de la vieja PDVSA fueron principalísimos responsables por la vergonzosa entrega de la Faja Petrolífera del Orinoco a las trasnacionales, por la eliminación de las regalías, por la guerra de precios que puso en terapia intensiva a la OPEP, por el desmontaje de las estructuras tributarias petroleras y por la cesión a las trasnacionales del control de la producción.

No hay ninguna duda de lo que harían de regresar al poder, quienes prefirieron sabotear la industria petrolera nacional, ocasionando daños que se calculan en US$ 15mil millones, con el propósito de restituir el control transnacional de nuestra industria

Por otra parte, es preciso recordar que aunque formalmente no se produjo el traslado de propiedad a entes privados extranjeros en el marco de la llamada apertura petrolera, las consecuencias constituían la privatización de facto de la industria petrolera. Ellos jamás reconocieron que estaban privatizando, enmascararon el acto como una necesidad, donde el Estado era quien supuestamente dirigía el negocio petrolero. Sin embargo, eran las transnacionales amparados por los hoy asesores petroleros de la MUD, quienes ejercían el control de la industria, capturando la mayor porción de los ingresos.

Son igualmente reveladoras, las posiciones adoptadas por las fuerzas que apoyan a Capriles Radonski -y por él mismo- en más de una década de recuperación de la industria, donde dieron un golpe de Estado a causa de una nueva Ley Orgánica de Hidrocarburos, denunciaron los cambios introducidos por el Estado venezolano en los contratos leoninos de la Faja heredados del pasado,…, incluso apoyaron los reclamos desorbitados de la Exxon Mobil ante tribunales internacionales.

En conclusión, la burguesía local es incapaz de sostener un proyecto de desarrollo nacional basado en la soberanía petrolera. Sin duda, de llegar al poder revertiría todos los avances alcanzados, se convertiría en peón de la geopolítica energética de la Casa Blanca, en la que a Venezuela se le asigna un papel de vital importancia como principal reservorio de hidrocarburos del planeta.

La burguesía y su proyecto de Estado

Aunque abrazan las ideas neoliberales, lo esconden. Textualmente, Capriles Radonski plantea un “Estado fuerte, promotor, que oriente y que regule cuando tenga que regular”. Deliberadamente, se excluye la posibilidad de que el Estado dirija el desarrollo.

El modelo de Estado de la burguesía es un accesorio del libre mercado, que asume las tareas que no son rentables para el capital y opera en función de la maximización de las ganancias corporativas.

Esto significa que con la burguesía gobernando el Estado no desaparece, más aún, constituye un importantísimo instrumento de dominación en manos del capital. El Estado burgués asume de manera cabal su función de capitalista colectivo. Se desarrolla plenamente como lo definió Marx: una oficina de administración de los intereses de los empresarios.

Y para asumir ese rol en la era de la globalización neoliberal, la derecha venezolana plantea el retroceso del Estado de la vida pública, lo cual responde a los planes de expansión capitalista. Las privatizaciones en gran escala y la cesión de soberanía de los Estados nacionales a entes multilaterales son una necesidad histórica del capital.

Atrás quedaron los tiempos del Estado interventor, siempre a favor de los intereses capitalistas, aunque muy costoso en su mantenimiento. Ese Estado se replegó debido a la caída de la tasa de ganancia y a la desaparición de la Unión Soviética. Ya no era necesario “frenar el avance del comunismo”.

En su lugar se posicionó el Estado regulador, garante de los estímulos a la “libre competencia”, por cierto, éste último uno de los argumentos favoritos de la burguesía y Capriles Radonski. La concepción burguesa de libertad, en el marco de las crecientes desigualdades inherentes al capitalismo, se pone al servicio de los monopolios. En la competencia plenamente libre se imponen los más poderosos y el Estado convalida ese evento. La aplicación de esa suerte de teología del mercado ha provocado gravísimos trastornos en el mundo.

En todo caso, el Estado que nos propone la MUD ya lo conocemos del pasado. Es el Estado “fuerte” que canalizó la renta petrolera a las cuentas bancarias de los grupos económicos y entregó el país al FMI. Lo observamos también en Europa, administrando la crisis mundial en función de los intereses de las corporaciones financieras.

“Las expropiaciones son un fracaso”

Como un “fracaso” califica Capriles Radonski las expropiaciones ejecutadas por el Estado venezolano y promete restablecer las propiedades a sus antiguos dueños.

Vamos a comenzar diciendo que la burguesía no tiene ninguna autoridad moral para hablar de fracaso, cuando fue ella precisamente la que fracasó dirigiendo al país a lo largo de todo el siglo XX, naufragando estrepitosamente en medio de un proceso que casi conduce a la desintegración nacional. Además, durante ese período se dedicó a expropiar al pueblo venezolano de sus riquezas naturales, de las empresas públicas y del ingreso generado a través del trabajo de la sociedad.

La historia nos demuestra que cualquier cambio que apunte sinceramente al progreso social pasa necesariamente por el desplazamiento de las estructuras de poder de la burguesía.

Impulsados por sus intereses de clase, la MUD proclama restituir el latifundio, lo cual es una verdadera vergüenza, considerando que es una tarea histórica de la burguesía acabar con el latifundio del régimen feudal. Asimismo, de ganar las elecciones devolverían las empresas estratégicas para el desarrollo nacional a manos extranjeras.

En se sentido, el discurso de “respeto” a la propiedad privada sobre los medios de producción expresa, en esencia, que ese derecho se encuentra por encima de cualquier derecho individual o colectivo, que para el capitalismo los intereses de los empresarios privados son intocables, se ubican por encima de cualquier principio o valor. Precisamente ese es el origen de buena parte de los problemas sociales, la subordinación de la sociedad a los designios de los poderosos.

Nuestra política de expropiaciones se dirige a los monopolios, sectores estratégicos de la economía y el latifundio, con lo que podremos modificar las estructuras de poder en favor del pueblo. Lógicamente, la gran burguesía combate las expropiaciones porque las despoja de poder económico y financiero.

Conscientes de ello, a los fines de la manipular a la sociedad y detener el proceso de democratización, se aplica infructuosamente el primitivo argumento anticomunista de la abolición de la propiedad privada, tratando de atemorizar al pueblo en relación a sus propiedades individuales.

La realidad indica que, por primera vez, medios de producción y empresas estratégicas como la industria petrolera, la tierra, telecomunicaciones, acerías, cementeras, bancos, son puestos al servicio del desarrollo nacional.

¿Descentralización o desintegración del Estado?

Uno de los puntos angulares de la propuesta de la MUD es la descentralización, una especie de desiderátum de la democracia.

Al respecto, estamos obligados a recordar que las políticas de descentralización se iniciaron en el país en 1989 como imposición del FMI en el marco del ajuste estructural. La justificación era simple: Si la globalización proyecta la máxima expansión de las transnacionales y éstas constituyen una especie de panacea para el desarrollo, la consecuencia lógica es el desmantelamiento de las regulaciones que entraban ese proceso.

De allí la necesidad de debilitar al Estado nacional, lo cual ocurre a través de su fragmentación. Esto facilita la cesión de soberanía sobre las políticas económicas y sociales a entes transnacionales, como ocurrió en los años 90.

Es demagogia barata justificar la descentralización con la búsqueda de mayor eficiencia y más cercanías al pueblo en la toma de decisiones. En 1998, después de una década de descentralización, recibimos estructuras de gobiernos regionales y locales arruinadas, con servicios públicos inservibles y totalmente divorciadas de las necesidades populares.

De tal manera que el Estado “fuerte” de Capriles Radonski es aquel que se despedaza ante el expansionismo de las corporaciones transnacionales.

Democracia burguesa y poder popular

En el discurso “democrático” de la burguesía es también profundamente hipócrita. Se autodefinen paladines de la democracia, atacan la “autocracia chavista”, pero rechazan la participación directa del pueblo. La combaten con los desgastados modelos de la democracia representativa y liberal.

Para la derecha, la democracia debe ser un ejercicio de delegación de facultades gubernamentales a representantes políticos, debidamente enmascarados con buenas intenciones, como lo están AD y Capriles Radonski. A la luz de la crisis capitalista, ni siquiera las libertades individuales y civiles que otorgan las políticas liberales de la burguesía pueden ocultar la esencia de un sistema incapaz de solucionar los problemas del pueblo.

En ese sistema de democracia representativa, las libertades se convierten en privilegio del gran capital y las elecciones en proceso de legitimación de los planes de la burguesía. Esa democracia burguesa cumple con la función de muro de contención a los reclamos populares y es el complemento ideal para los planes de desmontaje social que pretende la burguesía en el país. La Venezuela de los 90 y la Europa de hoy son la mejor evidencia de ello.

Obviamente, el programa de gobierno burgués choca con las nuevas estructuras del Poder Popular. A los fines de resolver esta contradicción, Capriles Radonski no va a erradicar los consejos comunales y las otras expresiones del poder popular, pero aspira extraerle sus competencias para dejarlos como figuras decorativas, especie de juntas vecinales de los adecos, por lo que han demandado ante el TSJ la nulidad de leyes del poder popular.

Es decir, con la castración del poder popular la burguesía busca suprimirle su esencia a la democracia. Sienten terror ante las masas populares organizadas y gobernando.

Ahora la burguesía simpatiza con las Misiones sociales

El mayor cinismo lo expresa la burguesía y su candidato en el tema social. Nunca disimularon su rechazo a las misiones sociales. Las catalogaron de “enorme derroche”, “desorden fiscal”, “terriblemente ineficientes”, “excluyentes”… Pero, repentinamente, parece que funcionan.

El atractivo de las Misiones para la burguesía radica en su extraordinario impacto social. A su discurso vacio del “progreso social” le hace falta sustancia y ahora ofrecen lo que siempre han combatido.

Por cierto, esa consigna de “progreso social” no es nueva. La utilizaron figuras tan emblemáticas, de la más recalcitrante derecha mundial, como Ronald Reagan y Pinochet, entre otros. También lo utilizó el gobierno estadounidense en los años 60, en el marco de la Alianza para el Progreso, para detener el avance del “comunismo” a través del establecimiento de dictaduras militares y la injerencia más descarada.

Más allá de las mentiras, la burguesía y su candidato quedan al descubierto, cuando desde la perspectiva de la economía política del poder definimos quién tiene el poder y en función de qué intereses lo ejerce. El engaño se desmorona ante las siguientes interrogantes: a) cómo van a financiar las Misiones, si Pdvsa debe limitarse al negocio petrolero: b)quién las va a implementar, si el Estado “obeso” y “clientelar” debe achicarse; c) cómo van a atender las exigencias financieras de la burguesía, si la Misiones son el resultado de un dramático cambio en la distribución del ingreso; d) si logran castrar el poder popular, las Misiones se reducirían a una pálida réplica de la vieja trampa clientelar adeca; e) van a crear empleo para que los trabajadores asuman la conducción económica de las empresas; f) cómo van a mantener Barrio Adentro, si rompen los convenios con el gobierno cubano…

En líneas generales, la política social no es el resultado de simples deseos, sino de la posibilidad de ejercer el poder en función de una determinada clase social. Es demasiado evidente, por su historia y su condición actual, que la burguesía no sacrificará ganancias para generar bienestar al pueblo, no se podrá desatar de su dependencia de las transnacionales para inyectar la renta petrolera a los sectores más necesitados de la sociedad.

La burguesía no puede extraerse de su lógica de concentración de poder y acumulación de capital, no puede cambiar su propia naturaleza.

El plan de empleo de la burguesía

La clave para crear empleo es sencillo: “confianza”. Se requiere confianza en los empresarios nacionales y foráneos, insiste la burguesía, para que arriben las inversiones y, con ellas, los empleos y el “progreso social”.

Esta fórmula tampoco es nueva. Los paquetes fondomonetaristas en la Venezuela de los 90 prometían que la confianza se generaría con condiciones atractivas para la inversión, léase, privatización a precios irrisorios de los activos públicos, beneficios fiscales para el capital, flexibilización laboral -incluyendo la eliminación de la retroactividad de las prestaciones sociales-, apertura a la competencia y al capital extranjero, eliminación de los controles, liberación de los precios…

Esto se tradujo en la destrucción de un aparato productivo ya maltrecho ante la liberalización de las importaciones, se aniquilaron millones de puestos de trabajo, se incremento el desempleo y la informalidad, se congelaron los salarios, en síntesis, se explayó la precarización del empleo.

Pareciera una burla a la inteligencia del pueblo. Lo que nos propone la burguesía actualmente es exactamente lo mismo que instrumentó el FMI. El objetivo es maximizar la tasa de explotación de la fuerza de trabajo. Con toda seguridad, esa política atraería inversiones, pero causaría una enorme desolación social y, con ella, retornaría la conflictividad de los años 90.

Otra referencia de la verdadera visión del tema laboral por parte de la derecha se desprende de su rechazo a la inamovilidad laboral, a las políticas salariales, al esfuerzo del Estado por crear puestos de trabajo.

Igualmente, sería interesante escuchar su opinión acerca de las propuestas que se manejan para la nueva LOT, entre las cuales destacan la retroactividad de las prestaciones, la erradicación definitiva de los vestigios de la flexibilización, la creación de los consejos de trabajadores, etc.

El tema laboral es uno de los ámbitos de mayores contradicciones entre los planes de la burguesía y los intereses del pueblo trabajador.

“La inflación se combate eliminando los controles y recortando el gasto”

Para combatir la inflación, la burguesía también nos presenta su propuesta. El control de precios debe desaparecer para estimular la competencia, la producción y la reducción de precios, en tanto que la eliminación del control de cambios garantizaría el acceso oportuno de las empresas a las divisas para la producción.

Capriles Radonski se quita la careta y le da la bienvenida a los especuladores, que podrían elevar sus tasas de ganancias a niveles grotescos, llevando la inflación de nuevo a 80% y 100%, como en los -para la burguesía- felices años 90. Todo eso ocurriría sin compensación salarial, para no ahuyentar a la inversión privada.

Por su parte, la libertad cambiaria estimularía nuevamente la fuga de capitales, impulsado por un sistema financiero y un empresariado parasitario, fracturando la estabilidad financiera del país en un contexto de profundas crisis financieras.

La guinda de la torta lo constituye la tesis monetarista de la liquidez. Como el gasto público es muy elevado, dice la derecha, se generan excesos de liquidez en la economía, lo que presiona el alza de los precios. El correctivo es la contracción de dicho gasto.

Frescos están aún los recuerdos del ajuste fiscal draconiano impuesto por el FMI, que buscaba reducir la inflación y superar todos los males de la economía, imputables al Estado, a través de una restricción brutal del gasto público. El objetivo era reducir la inflación, aunque ello se tradujera en el incremento de la pobreza. Como resultado de ello, no solo se disparó la pobreza a niveles desconocidos, sino también la inflación.

Esa es otra muestra del “progreso social” que aspira la burguesía para los venezolanos. Ni una dictadura como la de Pinochet garantizaría la viabilidad política de semejante atropello.

“Se mantendrá el rumbo integracionista y respetarán los acuerdos internacionales”

El candidato de la burguesía dijo no estar en desacuerdo con la integración regional. Sin embargo, es preciso recordar que en América Latina hay gobiernos de derecha que participan en estos proyectos integracionistas, cuyos intereses fundamentales apuntan hacia el norte. Es la visión panamericanista de la integración.

Mientras que para nosotros la integración es una vía para el desarrollo soberano y la construcción de un nuevo polo de poder; para la burguesía, cuyo candidato afirma que el “discurso del imperio ya esta gastado” y agrega que “estamos en el siglo XXI de la globalización”, la integración es un vehículo para la colonización.

Esa banalización de las relaciones internacionales, la negación de mecanismos de explotación internacional y dominación imperial se desprende del carácter dependiente de la burguesía local. La sumisión es su condición natural y bajo esas circunstancias es imposible pensar en desarrollo. La Casa Blanca tiene en la burguesía venezolana a sus sirvientes y no lo disimulan. Los aúpan, respaldan internacionalmente y los financian. Se han convertido en instrumento del intervencionismo estadounidense en nuestros países

Mientras tanto, el reconocimiento de los acuerdos internacionales no pasa de ser una farsa. Han difamado sistemáticamente los programas de cooperación con Cuba, el fondo China-Venezuela, los acuerdos militares con Rusia, el suministro petrolero al Caribe, etc.

La gravitación de su visión internacional en torno a los intereses de los EE.UU. los obliga a condenar todo esfuerzo por diversificar nuestros mercados petroleros, todo intento de asociarnos con potencias emergentes que nos garantizan relaciones de respeto.

En cuanto a América Latina, mantienen la visión de patio trasero de lo doctrina Monroe, por lo que critican amargamente los acuerdos de cooperación con naciones que se rebelaron al dictado de la Casa Blanca.

Es una inmoralidad que quienes promovieron el saqueo de nuestras riquezas –y prometen restaurarlo de llegar al poder– atenten en contra de relaciones que dejan enormes beneficios para el país. Es una manifestación inequívoca del carácter entreguista de la burguesía local.

A Chávez lo atacan los peones del imperialismo para liquidar la integración bolivariana.

Conclusiones

La ofensiva política y comunicacional de la revolución debe enfocarse en el desmontaje de la farsa de la burguesía. De la manera más descarada se presentan como corderitos ofreciendo lo que ya es una realidad en la Venezuela bolivariana, así como lo que ellos nunca hicieron en el poder y jamás estarían en capacidad de cumplir.

Con un discurso conciliador se pretende ocultar que Capriles Radonski es la personificación de los intereses de los peores enemigos de la patria. Un gobierno encabezado por él liquidaría las conquistas alcanzadas por el pueblo.

El análisis de la historia del siglo XX venezolano, incluyendo su colapso, cuando gobernó la burguesía y las fuerzas que apoyan a Capriles Radonski, así como el análisis de la terrible crisis que azota el capitalismo global, es de vital importancia para develar las verdaderas intenciones de la burguesía.

Entramos a una nueva fase de la lucha ideológica y política en el marco de la revolución. La burguesía llevará a cabo un despliegue mediático goebbeliano sin precedentes, tratando de enterrar la verdad con la mentira mil veces repetida

Ante ello, nuestra tarea es el despliegue, llevar al pueblo el mensaje del socialismo, difundir los colosales avances alcanzados por el gobierno bolivariano. Las fuerzas revolucionarias y, en primer lugar, el PSUV debemos llevar al seno de las masas el contraste de los intereses populares con el propósito de la burguesía y el imperialismo de saquear nuestras riquezas.

La enorme obra social de la revolución es posible solamente por los profundos cambios políticos registrados en el país. El pueblo sabe, y es nuestra tarea reiterarlo, que la única garantía de soberanía y justicia social es el Comandante Chávez gobernando al frente de las masas populares.

 

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