Opinión

Autor: CLAUDIA KOROL

02:30 pm
13
Ago
2015

Cuando pienso a Chávez, pienso en clave de compañero. De un tipo que se creó a sí mismo respondiendo a las necesidades y anhelos del pueblo latinoamericano, de nosotras y nosotros. Pienso a Chávez en distintos momentos de la historia reciente, rehaciéndose una y otra vez, aprendiendo y enseñando en el diálogo con los trabajadores y trabajadoras, con los nadies, con las mujeres pobres, con las comunidades indígenas, campesinas, negras, con líderes mundiales, revisando críticamente sus propias convicciones y reflexiones.

Recuerdo a Chávez de los muchos modos que me gustaba verlo. Discurseando. Caminando entre la gente. Riendo con una sonrisa contagiosa. Alzando a un niño en brazos. Emprendiendo batallas milenarias contra molinos de viento. Debatiendo con intelectuales y artistas de todo el planeta sobre la necesidad de defender a la humanidad, de sí misma, de las políticas de autodestrucción. Convocando a los movimientos campesinos para crear universidades populares. Animando a periodistas a crear Telesur, un satélite propio, una radio de lxs de abajo. Soñando en voz alta sueños que parecían absurdos, hasta que se empeñaba en realizarlos, y lo absurdo o extraordinario se volvía cotidiano. Lo recuerdo cantando solo o acompañado. Recitando poemas o la mismísima Constitución. Hablando hasta por los codos en el Aló Presidente, para todo el país, y de pronto para Fidel. Acostumbrándonos a escuchar: “Fidel, te mando un abrazo. Te digo que…”. Instalando así en el imaginario continental la continuidad de las experiencias revolucionarias, y relaciones en las que los líderes pueden ser compañeros, amigos, confidentes, consejeros, y no sólo entrar en las categorías de aliados o enemigos. Relaciones de amistad que se extienden como abrazos entre pueblos y procesos revolucionarios, cuando médicos y médicas de uno y otro país, se internan Barrio Adentro, o cuando comparten programas de alfabetización.

Recuerdo a Chávez en las buenas y en las malas. Lo recuerdo cuando tomaba decisiones que nos enojaban, como la detención y deportación de algunos revolucionarios latinoamericanos, hechos que nos decían que ningún ser humano es infalible, y que la revolución necesariamente requiere del motor, de la participación, del control de todos y todas.

Chávez no fue infalible pero supo consultar, dialogar, escuchar, cambiar rumbos. Fue un militar que no jugó a la guerra. Fue un guerrero que le apostó a la paz. Fue un presidente que supo contar con las organizaciones sociales y políticas.

Chávez no fue infalible pero supo consultar, dialogar, escuchar, cambiar rumbos. Fue un militar que no jugó a la guerra. Fue un guerrero que le apostó a la paz. Fue un presidente que supo contar con las organizaciones sociales y políticas y crear las que faltaban para sostener un poder popular. Las misiones, las comunas, el PSUV, fueron algunos de sus legados centrales, en una batalla que no sólo requería fuerzas para enfrentar a la derecha conservadora, sino que también necesitaba –y necesita- sobrepasar una y otra vez a la burocracia estatal, y a sus posibles corrupciones. Más de una vez lo hemos visto criticar a un ministro, a un gobernador, a un funcionario que ejercía despóticamente su tarea, o que era indiferente ante las interpelaciones que el pueblo ejercía hacia la misma.

Era maravilloso ver cómo volvía el discurso pedagogía, enseñando y compartiendo lo que leía con el pueblo pobre, que no había tenido acceso a la lectura hasta que la revolución bolivariana los acercó a su propia revolución interna. Porque aprender a leer y a escribir, volverse protagonistas de la historia, constituye una revolución personal, que por ser personal es política, y que se vuelve parte de una posible revolución colectiva. Una experiencia que sólo quienes sintieron en su vida esa transformación, pueden contarla, con comas y puntos aparte.

Pienso a Chávez así, de modo caótico, en clave de revolución. De la revolución que significó desafiar a las políticas neoliberales de los años 90, con propuestas que reinstalaron en el imaginario político el horizonte socialista. De la revolución que significó que un presidente, militar para más, dijera que el modo de ser latinoamericano y bolivariano, era construir el socialismo en el siglo XXI. De la revolución que significó en el contexto mundial de la derrota de la experiencia histórica del socialismo real, el abrazo de Venezuela a la Revolución Cubana. De la revolución que significó el modo en que Chávez posibilitó el re-encuentro, en la perspectiva histórica, del legado de Salvador Allende y del Che Guevara. De la revolución que significó que un líder de izquierda se nombrase feminista, y que dijera a los movimientos populares del continente y a los presidentes del ALBA, que no se puede ser auténticamente revolucionario, sin ser feminista. De la revolución que significó que un militar presentara como documento de identidad del proceso político que encabezaba, la Constitución del país.

Cuando pienso a Chávez siento una nostalgia mezclada con gritos de alerta, y el compromiso de defender la obra revolucionaria con conciencia continental. Nostalgia porque el tipo se hizo querer, aun por nosotras que viviendo en la Argentina, con las llagas de la dictadura todavía en la piel –heridas que no cicatrizan-, el uniforme militar nos causa urticaria. Aun por nosotras que feministas como somos, dudamos bastante en depositar confianza y cariño en líderes carismáticos dizque comandantes… salvo que sean fidelísimos en su chavismo, y se atrevan a guevariar al mundo codo a codo con su pueblo. Aun por nosotras que por ser internacionalistas, nos inquieta el discurso que apela al nacionalismo, hasta que entendemos que en la perspectiva de Chávez, era una convocatoria a ponerse de pie y en dignidad a la Patria Grande, para desde ahí abrazarnos a todos los pueblos del mundo.

Gritos de alerta, porque la Revolución Bolivariana vivió y vive amenazada por la derecha fascista del país petrolero, por la burguesía colonial, racista, patriarcal, que conspira junto con la derecha del continente y la Embajada gringa. Gritos de alerta porque hay acciones desestabilizadoras que están esperando cada error del proceso político para atacar, desgastar, desanimar, y crear las condiciones para revertir las conquistas y derrotar a la revolución, dejando lugar al revanchismo y a la violenta restauración de los privilegios. Grito de alerta que no es más que la primera reacción frente a estas amenazas, que requieren también de compromiso de los pueblos y militantes del continente para blindar el proyecto bolivariano, como revolución de todas y todos, con sentido continental.

El antimperialismo de Chávez

Chávez hizo de la soberanía sobre el territorio venezolano, sobre sus bienes, principios no negociables. Y en nuestro continente, soberanía nacional deviene en antimperialismo. Porque todo: territorios, personas, bienes comunes, son considerados en la geopolítica de EE.UU. parte de sus propios “recursos económicos”.

En nuestro continente, soberanía nacional deviene en antimperialismo. Porque todo: territorios, personas, bienes comunes, son considerados en la geopolítica de EE.UU. parte de sus propios “recursos económicos”.

Venezuela tiene muchas “riquezas” que apetece el proyecto imperialista, pero una de ellas, las reservas de petróleo, es estratégica en las disputas por el control del planeta. Por eso Venezuela vive amenazada. No por los posibles errores del proceso revolucionario, sino por el interés que el imperialismo tiene en sus pozos petroleros, en su agua, en su biodiversidad, y en su diversidad política y cultural. Y además del factor económico, la amenaza a Venezuela busca golpear el mal ejemplo que significa un gobierno en este continente que se nombra socialista, y que encara la construcción de un poder popular.

Es una amenaza también a la perspectiva de unidad e integración latinoamericana relanzada por Chávez como parte de la estrategia de la creación o revitalización de instancias de articulación de los Estados para fortalecer la disputa antimperialista. Fue en esa dirección que fortaleció instancias como la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo), el ALBA (Alianza Bolivariana de los pueblos de Nuestra América), la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas), MERCOSUR, Banco del Sur, entre otros.

Pero Chávez no entendió la soberanía solamente como un tema económico, sino fundamentalmente como un tema político e ideológico. Como la creación de condiciones subjetivas y de relaciones de fuerza que permitieran enfrentar la respuesta que el imperialismo diera a esas políticas soberanas. Condiciones subjetivas que significan, no sólo conciencia antimperialista, sino disposición combativa en el pueblo, y en los otros pueblos del continente y del mundo, para que se vuelva inimaginable un ataque contra esa revolución. Relaciones de fuerza basadas en el poder popular, y en las alianzas del mismo con otros pueblos y estados.

La gigantesca obra chavista de hablar y hablar, explicar, convencer, denunciar, permitió sostener la dignidad de un pueblo como discurso y como práctica… la acción antimperialista vuelta solidaridad con cada pueblo agredido. Esa diplomacia de pueblo harto de agresiones, que replicaba sin pelos en la lengua: “¡vayanse al carajo yanquis de mierda!”, o se burlaba sin piedad del rey de España recordando los crímenes cometidos en nuestro continente desde esa corona.

El socialismo del comandante

Cuando Chávez comenzó a hablar de socialismo, produjo un revuelo incluso entre los viejos socialistas, que estaban en retirada después de la estrepitosa caída de la experiencia del Este europeo. Muchxs andaban buscando cómo nombrarse, y renunciaban a términos que al parecer habían “pasado de moda”. Socialismo, comunismo, antimperialismo, revolución, poder popular, iban a la papelera de reciclaje.

Chávez no siguió modas sino que inauguró proyectos. Con su intuición política advirtió que el problema es que las palabras “secuestradas” del lenguaje político nombran sueños, modos de vida, relaciones sociales diferentes, que iban siendo desaparecidos junto a ellas del imaginario social. Comprendió que una revolución en este continente, para ser realmente popular, tendrá que enfrentarse con el poder de la burguesía y oligarquía locales y del imperialismo, y quitarle fuerza material de sostén. Supo que ellos no juegan a perder. Aceptó el desafío. Chávez dio su vida a la revolución, no sólo en actos heroicos, como el modo en que se plantó frente al golpe de estado que lo hizo prisionero, sino todos los días, todo el día… hasta el último aliento. Chávez vivió y murió por la revolución bolivariana, por el socialismo del siglo XXI. Chávez vivió y murió por su pueblo… y ese pueblo lo entendió, lo supo, lo sintió y lo amó. Es el pueblo pobre que lo sigue extrañando, llorando, y que por él y con él, sigue defendiendo un proyecto revolucionario.

En un discurso después del golpe de estado, Chávez reflexionó largamente sobre la experiencia de Salvador Allende, y de la vía chilena al socialismo. Comprendió que si se quería terminar con las injusticias, era necesario romper con las posmodernidades del lenguaje y de las prácticas, porque el resultado de esas sucesivas desapariciones de palabras y proyectos… era el fortalecimiento del capitalismo como ideología y como sistema político, económico, social, cultural, dominando por completo la escena mundial.

El modo en que Chávez animó a desatar la energía plebeya, ha sido una garantía para sostener el proyecto ante las amenazas sistemáticas del imperio y sus socios locales, pero no resulta todavía eficaz para combatir la propia burocracia interna.

La Revolución Bolivariana frente a cada agresión, reaccionó profundizando el proyecto político popular. Revolucionándose. Siguiendo, de algún modo, el consejo de Danton recuperado por Lenin y luego por la Revolución Cubana: “audacia, audacia y más audacia”. Pero en esta posibilidad de profundizar el rumbo, ha tenido un papel decisivo la presencia y el impulso del tipo en el que la gente confía. Porque es así… Queremos que los procesos revolucionarios sean cada vez más colectivos, basados en el protagonismo del pueblo, que se recreen permanentemente desde abajo y a la izquierda. Pero hay que ayudar a que el deseo se materialice, se concrete. Y liderazgos como los de Chávez caminan en esa dirección, al ayudar a que voluntades dispersas puedan constituir en tiempos cortos una identidad común. El chavismo fue el modo en que se llamó en el siglo XXI el bolivarianismo, y mereció ese nombre porque además de ser un estratega valiente, un revolucionario de tiempo completo, un hombre sensible, Hugo Chávez fue el gran pedagogo de la revolución. Interpeló al sentido común y al pensamiento de los más oprimidos y oprimidas, marcado y modelado por la naturalización de las dominaciones. Interpeló también las cargas de pragmatismo de izquierdistas arrepentidos y de gobernantes que se presentan como “progresistas” aunque promuevan pálidos maquillajes asistencialistas al capitalismo real.

El bolivarianismo de Chávez no fue mera propaganda y agitación. Fue de jugarse a la Patria Grande. Fue continuidad del legado martiano, en la dimensión fidelista y guevarista de la Revolución Cubana. La Revolución Bolivariana amplificó en el continente el ejemplo de la Revolución Cubana, pensándose y actuando con dimensión continental, poniendo los bienes comunes y los saberes al servicio de los pueblos que los necesitaran. Así como las Misiones llegaron con educación, salud, planes de vivienda, alimentos a las regiones olvidadas del país, también llegó el apoyo solidario de Venezuela a los pueblos olvidados del mundo. Muchos debates internos e incluso altos costos políticos le significó esta actitud. Las derechas conservadoras y algunas seudo izquierdas conservadoras, criticaron a Chávez por malgastar los recursos económicos provenientes de la renta petrolera, en el apoyo a Cuba, a Bolivia, a Haití, a los países que lo necesitaran. Pero Chávez, discípulo de Bolívar, de Fidel y del Che, sabía que no hay revolución que pueda sostenerse de manera aislada y autista, en un continente que viene siendo colocado en el reparto del mundo como patio trasero de los EE.UU..

El socialismo del siglo XXI nació con la solidaridad continental y el internacionalismo en su ADN. Nació también con la convicción, aprendida de las duras lecciones de Chile, que una revolución puede nacer pacíficamente, pero tiene que aprender a defenderse.

Otra marca de su ADN es la huella de lo popular y de lo plebeyo. Es decir, del pueblo organizado en movimientos sociales, políticos, fuerzas revolucionarias, y de la rebeldía de lxs de abajo que trasciende incluso a las organizaciones existentes. No es una revolución de buenos modales (ninguna revolución lo es). Está sostenida por lxs excluidxs por su pertenencia de clase, y por los distintos sistemas de opresión colonial, racista, patriarcal. Y es por esa marea de pueblo incontenible que la sostiene, que es un proceso que no puede tragar y menos digerir no sólo a la derecha política, sino también sectores de una pequeña y mediana burguesía que se acostumbraron a vivir como élites, sin mirar o mirando para otro lado de esa multitud de gente pobre que privada de todo, recuperó sus sueños mirándose en el espejo de Chávez. Ahora ese mar se volvió pilar del proceso venezolano, es su garantía, y la pérdida de privilegios amenaza la calma de la burguesía, y de la burocracia criolla enquistada en el aparato estatal.

El hecho de que el socialismo de Chávez se haya establecido desde arriba hacia abajo, pero sostenido en el más abajo del abajo, el hecho de que se organice desde el estado en una tensa relación con los movimientos populares y partidos de izquierda, debido a la difícil ecuación entre apoyo al proceso revolucionario y ser protagonistas del mismo, sin perder autonomía, son datos que cuestionan o inquietan las teorizaciones y búsquedas que se venían realizando desde las fuerzas revolucionarias del continente, que basadas en la experiencia del llamado “socialismo real”, buscaron desestatizar y desburocratizar los proyectos y programas socialistas. Ahí hay seguramente un nudo de conflictos que vuelven a replantearnos las posibilidades y límites de las revoluciones “desde arriba”. Pero también hay un conflicto nada teórico, que se vuelve práctica cotidiana, y que obliga a pensar y discutir los modos de creación de los hombres nuevos y mujeres nuevas, capaces de sostener esa tensión en sus propios cuerpos, e intentar resolverla desde los intereses y perspectivas de lxs de abajo. Hombres nuevos, mujeres nuevas, que no salgan a justificar cada acto realizado desde arriba, sino que hagan del pensamiento crítico y del compromiso, la manera de sostener un proyecto revolucionario y popular. En ese sentido, fuimos comprendiendo que el modo en que Chávez animó a desatar la energía plebeya, ha sido una garantía para sostener el proyecto ante las amenazas sistemáticas del imperio y sus socios locales, pero no resulta todavía eficaz para combatir la propia burocracia interna. Éste es parte de los dilemas que enfrenta actualmente la Revolución bolivariana.

El socialismo del comandante tiene semillas sembradas en el corazón de su pueblo. Pero como toda obra incompleta, tiene que ser recreada en muchos sentidos, y especialmente en uno que se ha vuelto un dilema de hierro para las izquierdas. El socialismo chavista se ha sostenido básicamente en un modelo económico extractivista. Si bien ha sido diferente en los modos de distribución de la riqueza, no ha modificado de manera sustancial los modos de producción. La destrucción de la naturaleza es una de las consecuencias más negativas de las políticas extractivistas. No alcanza entonces con resolver la dimensión de la soberanía nacional sobre los bienes comunes. Queda como desafío encontrar los modos de cuidar y preservar la tierra, el agua, los bosques, los modos de vida de los pueblos.

El feminismo de Chávez

Fue en los últimos años de vida, en los que Chávez habló abiertamente de la necesidad de que la revolución bolivariana fuera también feminista. Lo habló frente a los movimientos populares latinoamericanos, en diálogo con otros presidentes del ALBA, y en encuentros con mujeres venezolanas y latinoamericanas.

¿Cómo llegó Chávez al feminismo? Tal vez sea por la conciencia creciente del papel estratégico de las mujeres en la Revolución, o tal vez por esa capacidad que tuvo de revolucionarse al ritmo de las revoluciones. Quizás porque supo leer la historia de un modo desprejuiciado y curioso, y comprendió el papel de mujeres como Manuela Saenz, y como tantas otras que fueron fundamentales a la hora de luchar por la independencia y por la libertad de su pueblo.

¿Cómo llegó Chávez al feminismo? Tal vez sea por la conciencia creciente del papel estratégico de las mujeres en la Revolución, o tal vez por esa capacidad que tuvo de revolucionarse al ritmo de las revoluciones.

Podemos preguntarnos todavía ¿qué tipo de feminismo fue el feminismo chavista? Hemos compartido muchos diálogos con compañeras de Venezuela, que están en la hermosa tarea de proponer y realizar iniciativas concretas para que la Revolución Bolivariana no declame feminismo sino que lo realice. Sabemos de los fuertes obstáculos con los que se encuentran, en una sociedad en la que el machismo y el patriarcado están instalados como pilares de cemento y plomo. Sabemos también de los enormes esfuerzos que realizan las agrupaciones de la disidencia sexual, para combatir la homofobia, la lesbofobia, la transfobia, entre los sectores revolucionarios y populares que creen firmemente que la revolución es cosa de machos.

Ahí aparece con mayor nitidez el aporte del Chávez feminista, que abrió un caminito por el cual las feministas y los colectivos sexo-género diversos buscan ampliar el sentido emancipador de la revolución.

Un aspecto esencial del feminismo chavista, tiene que ver con lograr el protagonismo de amplios sectores sociales en la revolución. Con claridad Chávez identificó el papel que tienen las mujeres venezolanas en la construcción del Poder Popular, sosteniendo las distintas misiones sociales, participando de formas comunitarias populares con conciencia de género. Para ampliar este protagonismo, y garantizar los derechos de las mujeres, durante su gobierno se aprobaron leyes importantes como la Ley Orgánica del Derecho de la Mujer a una Vida Libre de Violencia, la Ley Orgánica del Trabajo. También se creó el ministerio del Poder Popular para la Mujer y la Igualdad de Género. En la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela se sentaron las bases de un modelo de democracia participativa, multiétnica, pluricultural, en la que las mujeres son visibles integrantes del poder constituyente del pueblo. Es la primera Constitución que utilizó lenguaje no sexista, y que da una amplia garantía de derechos, reconoce el trabajo invisible de las mujeres en los hogares, reconoce los derechos sexuales y reproductivos.

Son primeros pasos, que cambiaron sin embargo la vida de muchas mujeres. Y queda pendiente en Venezuela la realización de otros derechos, que aseguren por ejemplo la legalización del aborto, la libre elección sexual, la no discriminación, el derecho de las mujeres y de las diversidades sexuales a decidir sobre sus cuerpos y sus vidas.

Lo cierto es que la puerta quedó abierta. Y la abrió el comandante afirmando por ejemplo: “Soy feminista. La Revolución socialista debe ser feminista, defender a las mujeres que han sido explotadas, ellas y sus hijas e hijos”.

Creo que el feminismo chavista está asociado a las ideas de igualdad y participación. Es un feminismo que dio sus primeros pasos y que todavía cuesta ser nombrado por quienes son parte del gobierno que continúa a Chávez. Pero es una herencia que nos deja para las mujeres no solo de Venezuela sino de todo el continente, para las lesbianas, los gays, trans, travestis, que ha permitido la identificación con ese proceso revolucionario, no sólo desde la condición de clase explotada, sino también como sujetos en lucha frente al patriarcado. Por esa puerta abierta se abre un ancho camino para pensar una revolución más profunda, que promueva emancipaciones ante todos los sistemas de opresión.

La pedagogía del comandante

Hugo Chávez, el compañero de su pueblo, el que los chiquillos y chiquillas corrían para treparse en sus brazos, el militar de camisa roja rojita, el internético, el hablador, el estratega, fue por sobre todas las cosas, un pedagogo. El compañero presidente fue un pedagogo de la revolución. Y fue un pedagogo del ejemplo. El tipo estaba siempre inquieto, buscando cambiar la vida.

Paulo Freire distinguió entre los pedagogos revolucionarios y los pedagogos de la revolución. Pienso que entre estos últimos se encontraba el Comandante, que como buen maestro ahora tiene miles… ¡qué digo! millones de compañeros y compañeras que buscan multiplicar las semillas.

Cuando pienso a Chávez, cuando lo extraño, cuando lo siento tan presente en su obra… es porque Venezuela sigue resistiendo. El legado de Chávez no es otro que esa obra de maravilloso coraje popular, que nos invita a ponernos de pie en nuestra dignidad, a afirmarnos en nuestras raíces, a profundizar nuestras posiciones socialistas, feministas, a descolonizar nuestros cuerpos, nuestros territorios, nuestra cultura. A seguir defendiendo las acciones plebeyas, rebeldes, que desordenan el sentido común, incluso el de las izquierdas. El legado de Chávez es extender la revolución bolivariana por Nuestramérica, hacerla continental y mundial. El legado de Chávez es entregar nuestras vidas a la revolución ¡todos los días! Hacerlo con la enorme creatividad de quienes estamos dispuestas y dispuestos a cambiar al mundo, a defender la vida, a escribir y dibujar la historia con nuestros sueños haciéndose realidades, sin fronteras, sin cansarnos de luchar, y sin perder la ternura, ni la alegría, jamás.

 

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