Opinión

Autor: Gabriela Ramírez

01:52 pm
10
Abr
2015

Cuando Ernestina me contó que la echarían de su trabajo -una peluquería- porque ya no veía bien, sentí una mezcolanza entre tristeza e impotencia. Le pregunté si tenía pensión y me dijo que nunca había estado atenta a ese papeleo. Le pedí su cédula para comisionar a uno de nuestros servidores en la tarea de impulsar las gestiones. Nahomy, la delegada de Caracas, me comentó que era una de las peticiones más corrientes.

Yo misma pude comprobarlo en una visita al estado Aragua, cuando una mujer anciana y aguerrida, Alvis Figueroa, reunió en un salón grande un grupo de ancianos que me elevaron esa misma inquietud. Un sobre con decenas de copias de cédulas fue la encomienda que me traje de los abuelos y las abuelas. Su esperanza: disponer de independencia económica para sus medicamentos.

La Defensoría del Pueblo de entonces, como ente mediador, desplegó comisiones permanentes ante el Ivss, resultando fructíferas una gran cantidad de peticiones, aunque sé que otras siguen en trámite. ¿Por qué no habían prosperado antes? Porque a muchas personas en esa edad se les dificulta enfrentarse a los trámites que implican esas gestiones y el Estado debe apoyarles con toda su voluntad política y con todos sus servidores. La urgencia con la que me hablaron Ernestina y otros abuelos como ella es la que nos motivó a considerar cada caso como un anhelo, cada petición como una necesidad real.

Como trabajadora social siempre he sabido que tras cada estadística aparentemente fría se esconde un ciudadano que espera y le da un voto de confianza al Estado para que le ayude a encontrar la ansiada solución. Nuestro ideal de Estado de derecho y de justicia enarbola la premisa de que lo esencial debe prevalecer sobre lo formal.

Los números gruesos enmudecen ante el caso de un abuelo que espera una pensión, una comunidad que reclama el acceso a agua potable o el deudo que espera justicia. Era la reflexión a la que siempre conminé a mis compañeros de trabajo en cada sede del país, antes de atreverse a cerrar un caso. En esto pensaba cuando me tropecé con Ernestina frente a su antiguo trabajo. ¿Qué haces por aquí? ¿Y tu pensión?, le pregunté. Bajó mucho la voz y me miró con picardía: “Gracias al presidente Chávez que hizo esa institución tan bonita, hoy estoy aquí de visita”.

 

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