Opinión

Autor: Soraya Beatriz El Achkar G

09:22 am
04
Feb
2015

La buena escuela es aquella que genera escenarios para que los estudiantes de los diferentes niveles y modalidades encuentren las claves del crecimiento personal y grupal en todas sus dimensiones, pero solo es posible lograrlo si hay una dirección pedagógica colegiada.

Nada se logra en solitario en la buena escuela, por más buena voluntad que tenga el maestro o maestra o cualquier directora bien formada. Quienes dirigen deben ponerse de acuerdo con todo el personal profesoral, con los equipos administrativos y obreros, y también con las familias, para manejar los mismos códigos, las normas de convivencia, la planificación pedagógica y el enfoque porque, de lo contrario, será muy difícil lograr los propósitos, y la escuela, lejos de ser un lugar con coherencia conceptual e instrumental, se nos convierte en un terreno de múltiples contradicciones en el que los estudiantes terminan siendo víctimas de nuestras inconsistencias.

La buena escuela es aquella en que la vida se nos vuelve fácil de comprender, pero para que eso ocurra, la colegiatura entre asignaturas es una tarea, aunque difícil, obligada porque todos los fenómenos naturales, sociales y la misma cotidianidad no se nos presentan como hechos fragmentados, por asignaturas, como se organizan en los planes de estudio.

El esfuerzo que debemos hacer es ponernos de acuerdo en los propósitos pedagógicos y en las estrategias combinadas para que el ejercicio de síntesis de los estudiantes sea más fácil de hacer y le encuentren sentido a lo que aprenden cada día porque logran vincularlo con la vida cotidiana. La escuela no puede ser la simple suma de las múltiples actividades por muy interesantes que sean, ni la agregación de asignaturas, porque con eso estaremos solamente ocupando el día pero sin sentido alguno.

La buena escuela asume que debe pensarse desde las experiencias pedagógicas donde las maestras y profesores de las diferentes áreas logran efectivamente ser una comunidad académica que planifica, pone en marcha y evalúa de manera conjunta de acuerdo a los objetivos planteados por la dirección de la escuela en un ejercicio compartido con las familias. Por eso lleva tiempo, ensayos múltiples y esmerada dedicación, pero bien vale la pena el empeño porque, además, nada se logra en solitario en la buena escuela.

 

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