Opinión

Autor: Asalia Venegas

09:34 am
21
Ene
2016

Los historiadores parten de una premisa: no deben hacerse estudios sobre hechos inconclusos, ya que se corren muchos riesgos. Se recomienda abordar, para el análisis, procesos históricos cerrados, ya que sus aristas están mejor delineadas en el tiempo. El meollo está en la pregunta: ¿quién determina que un proceso histórico haya finalizado para su análisis? Visto dialécticamente, pasado y presente se entrecruzan en el discurrir de los tiempos.

Las grandes figuras de la historia, los hombres que forjaron la libertad e independencia de los pueblos, no mueren. Su élan vital queda, está en el viento, en la tierra, en las necesidades de los desposeídos. En los sueños irredentos de muchos. No puede morir lo que está vivo. Ese es el dilema con el Libertador: o lo vemos fulgurante, lleno de luz -por los tiempos de los tiempos- o lo condenamos al ostracismo. No es posible. Ante Bolívar solo hay dos vías: la luz de la vida o la oscuridad de la muerte.

El proceso bolivariano que comanda Chávez, hace 17 años, lleva su estandarte. La República tiene ahora su nombre. Nuestra Constitución vibra con su palabra. La Fuerza Armada se apellida Bolivariana. Nuestro escudo tiene ahora de frente, brioso, el caballo que le permitió recorrer y liberar tantos pueblos. Nuestra bandera recobró la octava estrella, la de Angostura, la que decretó el Libertador en 1819.

¿Quién contra todo esto? No se puede. Los momios que llegaron a la Asamblea el 5-E, por un error histórico, con su voz chillona, sus macabras risas, sus gritos destemplados y sus prominentes barrigas, a quitar y lanzar por el piso (hacia el aseo, dijo uno de ellos), los cuadros y pendones del Libertador; vieron cómo de inmediato esto fue un búmeran contra ellos. Nadie los aplaudió. La condena fue unánime.

Los zombies de la vieja política apelaron a la falsa dicotomía del “Bolívar clásico” y el “Bolívar mulato”. ¡Mayor barbarismo! La Academia era más relamida: disimuló, engañó, construyó un discurso con filigrana para adormecer a algunos, pero el Bolívar bravío siempre se les escapó de los mauselos, museos, academias (son espacios gélidos, inhóspitos) y fue a las calles a buscar al pueblo que construyó la frase: “Alerta, alerta, alerta, que camina la espada de Bolívar por América Latina”.

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