Opinión

Autor: Beltrán Haddad

03:55 pm
27
Abr
2015

Hay gente que asocia, mentalmente, el “lavado” de activos, es decir, la legitimación de capitales, bienes, fondos, haberes o beneficios, al tráfico de drogas. Creen que hablar de “lavado” o “blanqueo” es legitimar dineros o bienes cuya procedencia ilícita es exclusivamente del narcotráfico. No es así. Si bien el narcotráfico es el gran negocio para el lavado de activos, hay otros delitos que también concurren en el “lavado”, entre ellos, la corrupción.

Desde aquella Convención de Palermo (año 2000) las cosas comenzaron a dilucidarse con más énfasis en cuanto a la delincuencia transnacional dentro de un ámbito de delitos típicamente definidos para su enjuiciamiento y castigo, tales como la corrupción, la trata de personas, el tráfico ilícito de migrantes, el tráfico ilícito de armas y nuevas manifestaciones de esa delincuencia globalizada, como el delito cibernético y el tráfico ilícito de bienes culturales, entre otras. Por supuesto, el problema mundial de la droga es el más grande dolor de cabeza de la humanidad por sus efectos devastadores. Pero la corrupción es un fenómeno también destructor de la economía de un pueblo, de las instituciones y del orden social en general. En Venezuela, desde hace mucho tiempo, la corrupción anida con facilidad e impunidad. No es difícil conseguir un corrupto o ladrón de los dineros públicos, y hasta pasan inadvertidos frente a nosotros.

El caso del “lavado” de capitales, bienes, fondos, haberes o beneficios provenientes de actos de corrupción se acentúa. Algunas veces lo hacen en el país. Pero como el tiempo pasa, hay quienes roban aquí y “lavan” allá, especialmente en Europa para transformarlos en capitales libres de sospecha. Igual lo hacen en América, en ciertas capitales o en pequeñas islas, muy cercanas al país.

Hace tiempo que se dicen cosas de políticos y no políticos con grandes riquezas fuera del país, de origen ilícito, sobre todo de “buenas” comisiones obtenidas con la celebración de contratos públicos. Desgraciadamente siempre ha sido así. No hay manera de implementar una fuerza moral y política que enfrente realmente la corrupción, y muchas veces quedan las leyes en las manos, para mirarlas, sin poder hacer nada, porque el delito y el corrupto nos llevan “una morena”.

 

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