Opinión

Autor: Alberto Aranguibel B

10:57 am
15
Jul
2015

Los facinerosos son como los borrachos; los únicos que creen que lo están haciendo bien son ellos. Como todo buen truhán, el desadaptado que obra contra los demás parte del principio del valor supremo de su punto de vista sobre la vida y la muerte por encima de lo que al respecto piense el resto de la sociedad.

No es nada más un asunto de poder (como suele argumentarse) en el que el antisocial se vale de una eventual ventaja bélica sobre su prójimo. Es también un tema de filosofía, cuya hipótesis central suele ser un constructo teórico más bien simple pero de un hondo contenido ideológico, que pudiera resumirse en la formulación semántica del “porqueyonoísmo”.

El “bachaquero”, por ejemplo, así como el “raspacupo” y el “dolartudeicista” en general, tiene en su origen la insensata justificación del “¿Ah, y los demás sí pueden pero yo no?”.

Como en todo credo, la decantación ideológica del pérfido termina por fanatizarlo y volverlo esclavo de su propia fe. Su convencimiento es tal que, sin lugar a dudas, puede afirmarse que en buena medida la violencia en la sociedad, más allá de las razones de naturaleza social que la puedan determinar, es un fenómeno derivado de la necesidad del transgresor por imponer su particular forma de concebir el mundo, antes que las simples razones de la perversidad y del lucro fácil que desde las ciencias sociales y la criminalística se le atribuyen.

Es la violencia que surge de la depravación de la que es presa la gente de frágiles convicciones y principios éticos y morales, a quienes el modelo de sociedad que promueve la riqueza fácil y la ilusión del confort en el capitalismo, lleva a hacer creer que mediante el delito se edifica en ese modelo enajenado de sociedad algún tipo de bienestar digno y perdurable.

Para ellos la revolución bolivariana es un enemigo a muerte, precisamente porque la propuesta de esa revolución es la superación del ser humano a partir de la erradicación de esos antivalores que promueven quienes, como Enrique Capriles, por ejemplo, se cuadran con los agresores de la patria creyendo que es la vía correcta de crecer en popularidad.

Quienes, como Enrique Capriles, ven una oportunidad en aliarse con Guyana en este momento, son capaces de vender a su madre por un puñado de dólares.

 

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