Opinión

Autor: Maryclen Stelling

02:12 pm
12
Abr
2016

El 25 de febrero pasado fue activado el 0800 SaludYa, para informar la disponibilidad de medicamentos. El 3 de abril, el presidente Maduro denunció “se nos creó una mafia interna y estaban falsificando récipes y robando las medicinas para bachaquearlas en la calle”.

Un claro ejemplo de cómo la corrupción y la transgresión de las normas han penetrado y permeado la sociedad venezolana para convertirse en verdaderos problemas sociales y legales. La transgresión abarca un amplio espectro de comportamientos entre los dos extremos de un continuo: de la transgresión menor hasta comportamientos abiertamente delictivos. En ese continuo se sitúa la corrupción, entendida como “el abuso del poder público para la obtención de un beneficio privado”.

El manejo político de la corrupción en tanto fenómeno que “solo aqueja al adversario político”, la ha ido objetivando en forma de personas específicas y eventos aislados. Objetivación que ha terminado por desvincular la corrupción de las formas y estilos propios de la sociedad venezolana.

La crisis económica, política y social, en tanto variables mediadoras, impulsa a interpretar las normas y situaciones de una manera particular, en la cual se justifica la transgresión y se le interpreta como algo socialmente aceptable.

En Venezuela, la política funge como una importante variable mediadora. Así, la corrupción es inherente al chavismo o a la oposición, dependiendo del bando donde me ubique. Por otra parte, el uso y abuso mediático con fines de denuncia política, ha desembocado en la “espectacularización” de la corrupción.

En el país históricamente ha existido una especie de rechazo compartido hacia las normas sociales, suerte de predisposición o licencia colectiva para transgredir la normatividad social. Solemos decir, no sin cierto orgullo, que somos un pueblo anárquico. En ese sentido, se ha desarrollado una cultura de la transgresión en tanto fenómeno cotidiano inserto en la dinámica social y en la relación de la ciudadanía con el sistema normativo formal e informal.

La crisis económica, política y social ha coadyuvado en el desarrollo de una tolerancia hacia diversos comportamientos transgresores, hasta desembocar en una situación de laxitud ética que a su vez legitima la propia transgresión, cada vez más normal.

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