Opinión

Autor: Beltrán Haddad

09:26 am
09
Nov
2015

Cumaná es una leyenda que se explica a sí misma en una relación de sucesos que lleva 500 años desde aquel momento de espada invasora, o de cosas que una vez fueron maravillosas en su estado de naturaleza pero que, por una paradoja de la historia, dejaron de ser lo que eran y terminaron siendo objeto de ocupación colonial y del ius belli en caso de resistencia indígena a la acción esclavizadora y de genocidio.

Pasó lo que pasó, o algo parecido a una explicación académica sobre el nuevo mundo ubicado en otro siglo como modelo originario del “estado de naturaleza”, contrapuesto como inferior al “estado civil”. Aquel modelo estaba destinado a ser superado y suprimido por el llamado “estado civil”. Así fue como nació la primogénita de América. Su cronista, prolífico y bien documentado, Ramón Badaracco, nos advierte sobre un largo proceso fundacional por tantos hechos que lo ilustran. Habría que buscar un punto de referencia. Podría ser 1504 con la construcción del fuerte de Santa Cruz de La Vista, pero Cumaná fue fundada por fray Pedro de Córdoba en 1515, no importa haber vivido con otros nombres, bien sea “Nueva Toledo” o el de “Nueva Córdoba”, sigue siendo ella.

El puerto de Cumaná toca la leyenda, dice Badaracco en su libro Cumaná, la ciudad de oro, que dedica al comandante Hugo Chávez. Es la historia del nauta que cuenta Bartolomé de Las Casas y de una gran tormenta que lo arrastra hasta las costas del nuevo mundo y por ahí comienza la leyenda de Cumaná; de sus indígenas, llámese chaimas o cumanagotos, o de cualquier otra etnia. También la llegada de los dominicos y franciscanos, de los españoles, sus “adelantados” y sus espadas; de la explotación de la sal; o de la construcción de templos y los “señores de canoa”, dueños de todos los placeres de perlas.

Cumaná o Puerto de Perlas en la vecindad del río Chiribichií, hoy el Manzanares, sigue con su leyenda en el punto de vista particular de los cronistas, o en la representación imaginaria de cualquiera de nosotros, los profanos. Pero allí está su historia de libertad y gloria en dos grandes hombres cobijados por el amor de un pueblo. Me refiero al Gran Mariscal Antonio José de Sucre y el insigne poeta Andrés Eloy Blanco, el de la “Juanbimbada”, “Las uvas del tiempo” y “A un año de tu luz”.

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