Opinión

Autor: Carola Chávez

09:33 am
15
Feb
2016

Llegué a las 11:30 de la mañana al supermercado que queda en el centro comercial. Estaba en penumbras, apenas algunas lámparas encendidas, solo 5 de sus 26 cajas abiertas y, aunque en realidad no había mucha gente, en cada caja había una cola enorme de clientes esperando para pagar. Y las caras arrugadas y aquella sensación de caos causado por el racionamiento eléctrico, culp’e maduro, decían. El asunto es que a las 11.30 a.m. no hay racionamiento, mi querido Watson.

El encargado no tenía sino una respuesta obligada: Racionamiento, señora. Pero empieza a la una, mi amigo. -Una encogida de hombros y los ojos torcidos al techo ponían fin a la preguntadera de esta vieja metiche.

Salí sin comprar porque no me da la gana de que me traten como una imbécil y que, de paso, tenga que pagar por ello.

Picada por la curiosidad, entré al centro comercial a ver cómo estaba el ambiente. Era cerca de las 12 m. y algunas tiendas ya estaban apagando luces y cerrando, aún cuando el centro tiene plantas propias, aún cuando faltaba más de una hora para el racionamiento, aún cuando la mayoría de las tiendas, y todos los bancos y farmacias permanecían abiertos poniendo en entredicho a quienes estaban cerrando. Y claro, ¿quién les va a reclamar por ahorrar más energía de lo que se les pide?

El lamento por los pasillos: “¿Hasta dónde, hasta cuándo, Dioooos?” En otro centro comercial, a poca distancia del primero, todo a pleno funcionamiento, más allá de la 1:00 pm cuando encendieron sus plantas. En los pasillos, poco antes de la hora anunciada, algunos miraban el reloj esperando una catástrofe que no llegó. Lo que sí llegó fue el lamento del ciego que no quiere ver, “porque en ningún lugar del mundo la sequía deja a los centros comerciales sin luz”.

Los mismos dueños de centros comerciales que hoy chillan por la aplicación parcial y temporal de una medida anunciada con 5 años de antelación, tienen en otros países centros que generan su propia energía porque así lo exige la ley de allá. Y es que las leyes de allá, y allá es cualquier lugar fuera de su propio país, siempre se respetan. Las de aquí no, porque este país es una mierda, no como esos países a donde sí se respetan las leyes y a donde todos los que se aquí lamentan se quieren ir demasiado.

Y el último que se vaya, que no apague la luz.

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