Opinión

Autor: Maryclen Stelling

08:00 am
20
Jul
2015

Existen en el territorio nacional una serie de enclaves de violencia y terror, que la ciudadanía conoce, tiene identificados y que gradualmente han ido adquiriendo poder y autonomía. Tales enclaves son expresión de un conflicto armado mas no político, por cuanto no tiene como propósito controlar el funcionamiento del sistema político utilizando la violencia como estrategia para el logro de fines políticos. La ciudadanía inerme ante el poder del terror y la violencia se recoge en sus espacios privados, sometida además a fuertes y devastadoras presiones emocionales.

La cultura parece haber legitimado la violencia y el miedo como estrategias de convivencia o sobrevivencia. Se comienza entonces a construir un discurso deslegitimador del violento en un contexto de violencia, utilizando una serie de recursos discursivos tales como la deshumanización y la proscripción (asesinos, terroristas, paramilitares). Discurso que, en consecuencia, legitima cualquier acción de violencia que se emprenda, ya sea a título personal, grupal o por el Estado.

El Gobierno lanza la operación Liberación y Protección del Pueblo (OLP) con el objetivo de “desmantelar bandas dedicadas al sicariato, secuestro, extorsión y grupos paramilitares”. El contenido y tono del mensaje oficial es un claro ejemplo de discurso deslegitimador de estos grupos. Cuando se anuncia la creación de la unidad militar especial contra el paramilitarismo se destaca que es para la erradicación de bandas criminales dedicadas al narcotráfico, “venidas del exterior a azotar a Venezuela”.

“Nuevas mafias cuentan con muchas drogas y dólares para financiar a estos monstruos”. En tono épico el Presidente afirma: “Ha llegado la hora de liberar a nuestras comunidades, ya basta”. “Sectores de la ultraderecha colombiana nos están atacando para hacer inviable nuestra patria” y “aquel que atraca y mata es enemigo del pueblo”. “A mí nadie me va a chantajear desde la derecha, porque está intentando catalogarme como violador de derechos humanos…”.

“¿Quién es el violador, los que explotan sexualmente a una niña o el presidente de un país que intenta poner el orden en esta situación de alta seguridad nacional?”.

Se ha construido oficialmente el discurso deslegitimador del enemigo y legitimador de las acciones en contra.

 

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