Opinión

05
Ago
2015

En Venezuela, la oposición sigue anclada en el siglo pasado. No sabe como abordar el presente; mucho menos, el futuro. Si bien es cierto que Venezuela exige un debate político-económico riguroso para abordar el gran reto productivo, también es cierto que la oposición no sabe como hacerlo. El peor defecto de los actores privados que fueron determinantes en la consolidación del viejo modelo económico hegemónico neoliberal es que no son capaces de salir de su propio laberinto. Solo desean regresar a su pasado pleno de privilegios a costa del malestar de la mayoría.

Por eso, frente a la actualidad económica complicada, la Confederación Venezolana de Industriales (Conindustria) y la Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción de Venezuela (Fedecamaras) continúan erre que erre con el manual del pasado. Confunden la preocupación económica de la mayoría venezolana con un deseo inexistente de volver al pasado. La ciudadanía venezolana demanda económicamente cada día más, pero no demanda otro modelo.

La oposición confunde la preocupación económica de la mayoría venezolana con un deseo inexistente de volver al pasado.

Lo último que han vuelto a sacar es un documento copy-paste de aquello que ya fracasó en el pasado. Es su obsesión por la moda retro neoliberal. Su relato apenas varía. La privatización sigue siendo el pilar central. La apuesta es un proceso de acumulación vía expropiación del Estado, o lo que es lo mismo, una redistribución regresiva de lo que es por ahora de todos a favor de unos pocos. Conindustria lo dice tal cual en el punto segundo de su último comunicado: “comenzar un proceso para que empresas estatizadas regresen al sector privado.” Es así como creen que es posible desarrollar las fuerzas productivas. El cambio de titularidad por sí solo parece ser la solución para este sector industrial que ha sido precisamente el mayor responsable de la huelga de inversiones más importante en la historia económica venezolana. Sobre su responsabilidad, jamás dicen nada.

No hay ninguna duda que es preciso discutir sobre el cambio de la matriz productiva en Venezuela, de la inflación, del sistema cambiario, pero no haciéndolo en forma tan maniquea. El problema de la inflación no se resuelve en Venezuela como demanda Capriles o Fedecámaras. Liberar los precios no significa hacerlos libre, sino más bien todo lo contrario: dejar que sean unos pocos, muy pocos, los únicos formadores de precios. La inflación es un tema mucho más complejo que no se resuelve con ninguna varita mágica. El tema precio obliga a entender la estructura económica, el metabolismo social del capital, la capacidad productiva, el rentismo importador del siglo XXI. ¿Por qué no responden las grandes corporaciones privadas sobre la tasa de ganancia mínima que aceptarían si es que quieren seriamente abordar la problemática de los precios?

La economía no es una ciencia exacta por mucho que se empeñe la política escondida en la era tecnocrática.

El tema cambiario tampoco se resuelve vía legalización del tipo del mercado paralelo tal como pide ahora Conindustria. Permitirlo sería perder plenamente la soberanía cambiaria a favor de los que siguen fijando desde Miami el Dólar Today. La política cambiaria ha de ser problematizada en función de cuál sea la prioridad en el uso social y económico de la divisa. Ese es el verdadero debate que condiciona el valor de los tipos de cambio. ¿Por qué no se discute acerca de los niveles de dólares inutilizados que posee la banca? ¿Por qué no se debate sobre los precios de transferencias como mecanismo que usa el sector privado para sacar divisas del país?

La otra reclama de Conindustria es que se titularice la “deuda que tiene el Estado con los proveedores internacionales de la industria para reactivar la producción”. A decir verdad, de lo que se trata es de los dólares en importaciones no liquidadas. El asunto merece la pena ser discutido pero no en la forma exclusiva que lo plantea el sector privado. La clave sería preguntarse dónde están los bienes y servicios producidos gracias a las importaciones de insumos productivos para lo que se comprometieron las divisas. Seguramente el Estado debe replantearse qué hacer con la entrega pendiente de divisas, pero también es preciso que la nueva política de asignar divisas a los industriales venga acompañada de contratos que fijan cuotas obligatorias de producción.

Esto es, se entregaría divisas a cambio de certificados de producción; y en caso de no cumplir con las cantidades a producir, las divisas deberían ser reembolsable. ¿Por qué, además de estudiar como financiar las divisas pendientes, no se analiza cuántas divisas corresponden a bienes y servicios que los industriales nunca produjeron?

Son muchas las dimensiones económicas que realmente ameritan ser analizadas en estos momentos en Venezuela. Un proceso de cambio obliga constantemente a ello. Revisar, discutir, rectificar, reimpulsar, perfeccionar, reordenar; son todos verbos de obligado cumplimiento si se pretende transformar el horizonte económico en forma irreversible. Pero esto hay que hacerlo desde el presente, no acudiendo dócilmente a un pasado que ya pasó. La política económica y la economía política no es compatible de ninguna manera con las pasadas recetas fast food que tanta hambre hicieron pasar. No hay soluciones inmediatas ni pasadas para los actuales desafíos estratégicos. La economía no es una ciencia exacta por mucho que se empeñe la política escondida en la era tecnocrática. Lograr que la economía funcione no es cuestión de anunciar unas cuantas proclamas. Es tarea complicada y requiere de mucha discusión, pero una discusión que tenga ganas de pensar el presente en vez de querer volver únicamente al pasado.

 

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