Opinión

Autor: Gabriel Jiménez Emán

02:57 pm
16
Jul
2015

No hay que ser un Marx o un gurú de la economía para darse cuenta del daño que está causando el fenómeno del contrabando y reventa interna de productos de primera necesidad a nuestro país. Poco a poco este lamentable fenómeno ha ido minando las bases mismas de la economía productiva legal, para dar paso a una economía viciada que está haciendo que los venezolanos vayamos contra nosotros mismos, sacando a flote las peores prácticas y mañas del engaño y la tracalería, mediante la imposición de falsos precios a los productos. Ya no se trata sólo de una guerra económica o un asunto de acaparamiento por parte de muchos empresarios y saboteadores profesionales –que sí los hay— si no de una desviación perversa de la economía que está perjudicando a todos, especialmente a quienes vivimos de un salario. Porque el vendedor ilegal que compra un producto por un precio justo en las colas de los mercados creados por el gobierno (colas donde los revendedores protagonizan los sucesos más deprimentes de grosería y violencia y se oyen los peores insultos y vulgaridades, donde podemos parecemos a animales feroces peleándonos por un pedazo de carne) para después revenderlos en bodegas o por los buhoneros, está deteriorando toda la cadena comercial de ese producto y propiciando lo mismo a los demás rubros, pues la práctica se generaliza y otros rubros producidos aquí como la ropa, los géneros de higiene y limpieza, las tarifas de transporte, las medicinas y los repuestos para automóviles se ven afectados de la misma forma. Semana a semana vemos como los precios remontan unas cifras artificiales y absurdas, duplicadas o triplicadas, sin ningún parámetro real, impuestas por los especuladores (a quienes ya no importa si la “culpa” es del gobierno o no), éstos no tienen ninguna correspondencia sensata con los salarios de la gente, y sólo buscan el enriquecimiento ilícito del revendedor. Si no se impulsa una producción nacional propia y se pone en manos del pueblo organizado la distribución de los alimentos y de los principales bienes de consumo –a objeto de neutralizar los monopolios– tal diálogo no se producirá, pues estos monopolios crean intermediarios para aprovecharse de las divisas que el gobierno les cede para fines de importación. Tenemos, pues, ese reto por delante si deseamos que nuestro país avance ese este sentido.

Si esta situación se mantiene así, tarde o temprano va a ocurrir algo devastador entre nosotros, que puede conducir a una lamentable explosión social, si los bienes alcanzan cifras imposibles de pagar. Sectores productivos, empresarios, trabajadores, funcionarios y autoridades de nuestro gobierno deberían estar conscientes de esta peligrosa situación (donde ya no se trata sólo de estar cerrando negocios y establecimientos aisladamente, o poniendo multas) que puede llegar a causar un colapso económico y social, y originar los subsecuentes saqueos y actos de violencia. Si no establecemos un diálogo con todas las partes involucradas en esta grave realidad y creamos nuevos mecanismos de producción y distribución con trabajadores honestos; si no tenemos la suficiente madurez para hacerlo, no habrá discursos ideológicos que valgan para detener esto; debe haber sinceridad para asumir este hecho, donde todos tenemos parte de responsabilidad; de lo contrario, este fenómeno de la reventa de productos a precios falsos y astronómicos –al que le hemos dado el horrible pero muy gráfico nombre de “bachaqueo”– puede conducir a una implosión social de consecuencias insospechadas, que causaría estragos irreversibles a los logros sociales y morales del proceso revolucionario, y sería tierra fértil para que oportunistas y corruptos hagan su agosto con las necesidades elementales del pueblo venezolano.

 

Comentarios

12:08
Oscar A. Cuevas dijo:

Excelente artículo que describe con toda claridad la situación cada día más insoportable para las personas que vivimos en mi caso en la ciudad de Maracay, donde la carencia de los productos elementales para la subsistencia de un ciudadano común se ha convertido en un viacrucis para conseguir lo más esencial. Es indescriptible el estrés que se apodera de uno, cuando va al mercado y se encuentra con precios altísimos y no tener a alguien a quien ni siquiera mentarle la progenitora, además de escuchar comentarios no muy favorables al gobierno, pues día a día la esperanza se va esfumando sin saber cómo vendrá el día y la próxima semana.

 

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