Opinión

Autor: Alberto Aranguibel B

12:45 pm
01
Jun
2016

Desde hace por lo menos tres años no se consigue en las redes sociales y en los portales de noticias ni un solo comentario de algún opositor de a pie que no sea para amenazar de muerte al Presidente, a la dirigencia revolucionaria o a los chavistas. Los mensajes, sin excepción, se estructuran exactamente de la misma manera; acusar sin fundamento, insultar soezmente y amenazar con algún tipo de descabellada justicia (que va desde la divina hasta la de las balas, pasando por la de los tribunales cuando los adecos lleguen al poder).

Los que más llaman la atención, por lo encendido de la ira y el odio contra la forma de pensar distinto, son los que sentencian a muerte no solo a los funcionarios o a los chavistas sino a los hijos y a la familia en general de los mismos, y particularmente a los de los integrantes de los cuerpos policiales.

Una forma de intolerancia política inédita en la historia que de ninguna manera promovió Chávez, como suelen decir los fascistas que de esa forma tan cobarde expresan su irracional fanatismo a través del medio electrónico. Jamás el Comandante convocó al chavismo a perseguir como ratas a los opositores, tal como ellos sí hicieron durante el carmonazo en 2002 y como repitieron en 2014 con las guayas y los francotiradores en las guarimbas de “la salida”. De haberlo hecho, muy probablemente no quedaría ni un solo antichavista sano a todo lo largo y ancho del paisaje nacional.

Chávez se refirió siempre al carácter perverso de las clases pudientes contra los pobres, a quienes de manera indolente sumieron siempre en la esclavitud, el hambre y la miseria. Y lo hizo específicamente para elevar la conciencia de esos mismos sectores pudientes, así como del pueblo, en cuanto al problema fundamental que debíamos resolver como sociedad que era el de la exclusión social en contra de los necesitados.

Ahora, cuando desde las filas chavistas se señalan los indicios de un nuevo plan de la derecha por poner al servicio de la muerte con fines políticos a los cuerpos policiales de los municipios opositores, esa misma gente que se desgañita predicando la persecución y el exterminio exige ecuanimidad y mesura en las acusaciones. Una especie de “ecuanimidad asesina”, pues.

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