Opinión

Autor: Luisa Ortega Díaz

10:46 am
21
Abr
2015

A lo largo de la historia los grandes intelectuales han dejado huellas imborrables en la humanidad. La luz de sus escritos constituye el imprescindible inventario para que hombres y mujeres adquieran conciencia sobre su pasado, reconozcan el presente y modelen un futuro mejor para sus hijos. En nuestro continente, parte de ese legado lo heredamos del escritor y periodista Eduardo Galeano.

Las venas abiertas de América Latina, una de sus obras magistrales, representa un hito para comprender cómo se fraguó la pobreza en estas tierras a expensas de sus riquezas, usurpadas y saqueadas por los invasores de Europa, especialmente españoles y portugueses, que vieron en el azúcar, el café, el banano, el oro y la plata, entre otros, el fortalecimiento y expansión de sus reinos.

Galeano dedicó casi toda su prolífica creación literaria a enriquecer el conocimiento de los pueblos del hemisferio, basándose generalmente en un profundo estudio de sus raíces para, con una prosa sencilla, ligera, pero crítica y mordaz, plasmar las razones por las cuales no debe cesar jamás la lucha contra quienes pretenden subyugarnos.

Además de escritor fue un incansable luchador social, sobre todo defensor de los derechos humanos. Sus relatos dan cuenta de su lucha por los oprimidos, por los indígenas, los negros, en sí, por los marginados del mundo. No extraña que la citada obra haya sido censurada en los años 70 por las dictaduras militares de Uruguay, Argentina y Chile.

En sus crónicas, su sana obsesión fue por las mujeres, en especial las esclavas: del pasado (oprimidas por un amo), valientes, luchadoras e indomables, y las del presente, presas de la moda o los estereotipos sociales. A todas en general, dedicó su último libro, no publicado todavía, titulado Mujeres, que constituye una antología del autor a partir de sus mejores textos.

La memoria de Eduardo Galeano, con quien tuve el honor de compartir un prolongado momento de reflexiones durante su última visita a Venezuela, permanecerá viva en nuestros recuerdos. Él nos dio la sapiencia necesaria para entender ese mundo al revés que describió acertadamente en Patas arriba y nos enseñó a mirar en los Espejos de esta vida, llenos de gente, donde los invisibles nos ven y los olvidados nos recuerdan.

 

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