Opinión

Autor: Tariq Alí

11:09 am
01
Jun
2010

Por  Tariq Ali

¿Cómo se ha alterado el Imperio estadounidense en el año que ha transcurrido desde que la Casa Blanca cambió de manos? Con la Administración Bush, la opinión generalizada, tanto en la corriente de opinión dominante como en gran parte de la sección amnésica de la izquierda, era que Estados Unidos había caído en un régimen aberrante, producto de un virtual golpe de Estado de una camarilla de fanáticos de derechas –o, alternativamente, de corporaciones ultrarreaccionarias– que habían secuestrado la democracia estadounidense para desarrollar una política de agresión sin precedentes en Oriente Próximo. Como reacción, la elección para la presidencia de un demócrata de una raza mixta que prometía curar al país de sus heridas internas y restaurar su reputación exterior, fue recibida con una oleada de euforia ideológica que no se veía desde los días de Kennedy. Una vez más, Estados Unidos podía mostrar al mundo su verdadera cara: decidida pero pacífica, firme pero generosa; humana, respetuosa y multicultural. Naturalmente, reuniendo en su persona los ingredientes de un Lincoln o de un Roosevelt de nuestro tiempo, el joven nuevo dirigente del país tendría que llegar a compromisos, como tiene que hacer cualquier hombre de Estado. Pero, por lo menos, el vergonzoso interludio de arrogancia y criminalidad republicana había acabado. Bush y Cheney habían roto la continuidad de un liderazgo estadounidense multilateral que había servido al país adecuadamente durante y después de la Guerra Fría. Ahora Obama lo restauraría.

Pocas veces la mitología interesada –o la credulidad bienintencionada– ha quedado al descubierto tan rápidamente. Al margen del fondo musical que acompaña a la diplomacia, no hubo ninguna ruptura fundamental en la política exterior entre las Administraciones de Bush I, Clinton y Bush II; tampoco ha habido ninguna entre los gobiernos de Bush y Obama. Los objetivos e imperativos estratégicos del Imperio estadounidense son los mismos, como siguen siéndolo sus principales teatros y medios de ctuación. Desde el colapso de la URSS, la doctrina Carter –la construcción de otro pilar democrático de derechos humanos– ha definido al gran Oriente Próximo como el campo de batalla central para la imposición del poder estadounidense por todo el mundo. Es suficiente mirar cada uno de sus sectores para ver que Obama es el vástago de Bush, como Bush lo fue de Clinton y Clinton de Bush padre, como tantos engendros apropiadamente bíblicos.

Ignorando Gaza

La actitud de Obama respecto a Israel se manifestaría incluso antes de que tomara posesión. El 27 de diciembre de 2008, la Fuerza de Defensa Israelí (FDI) lanzó una ofensiva total, aérea y terrestre, sobre la población de Gaza. Los bombardeos, incendios y asesinatos continuaron sin interrupción durante veintidós días, durante los cuales el presidente electo no pronunció ni una sílaba de reprobación. En virtud de un acuerdo previo y para no aguar la fiesta, Tel Aviv suspendió su campaña unas cuantas horas antes de su investidura, el 20 de enero de 2009. Para entonces, Obama había escogido como jefe de Gabinete al doberman ultrasionista de Chicago Rahm Emanuel, un antiguo voluntario de la FDI. Una vez que hubo tomado posesión, Obama hizo un llamamiento, como hacen todos los presidentes de Estados Unidos, a favor de la paz entre los dos pueblos que sufren en Tierra Santa y, de nuevo, como todos sus antecesores, para que los palestinos reconocieran a Israel y para que Israel detuviera sus asentamientos en los territorios que ocupó en 1967. Una semana después del discurso del presidente en El Cairo, prometiendo oponerse a nuevos asentamientos, la coalición de Netanyahu estaba ampliando las parcelas judías en Jerusalén Este con total impunidad. En otoño, la secretaria de Estado Hillary Clinton estaba felicitando a Netanyahu por las «concesiones sin precedentes» que había hecho su gobierno. En una conferencia de prensa en Jerusalén, recibió la siguiente pregunta de Mark Landler, de The New York Times: «Señora secretaria, cuando usted estuvo aquí en su primera visita en marzo, hizo una fuerte declaración condenando la demolición de viviendas en Jerusalén Este. Sin embargo, esa demolición ha continuado sin tregua y, hace unos pocos días, el alcalde de la ciudad ha emitido una nueva orden de demolición. ¿Cómo describiría actualmente esta política?». Ella no se dignó responder1.

Un mes antes, la Misión de Investigación de la ONU constituida para examinar la invasión de Gaza informó que la FDI no había respetado siempre las normas, aunque lógicamente fuera consecuencia de los ataques con cohetes de Hamas. Presidida por uno de los más notables oportunistas de la «justicia internacional», el juez sudafricano Richard Goldstone, fiscal del preorquestado Tribunal de la Haya sobre Yugoslavia y sionista confeso, las denuncias de la Misión contra Israel difícilmente podían haber sido más tenues, en asombroso contraste con el testimonio que habían escuchado en Gaza y que estuvo disponible en su página web2. Pero desacostumbrado a recibir cualquier clase de crítica del establishment, Tel Aviv reaccionó con indignación y por ello Washington dio instrucciones a su satélite en la dirección de la OLP, Mahmoud Abbas, para que se opusiera a cualquier consideración del tema en la ONU3. Esto fue demasiado incluso para los propios seguidores de Abbas y, en medio de las protestas que se produjeron, tuvo que retractarse, desacreditándose todavía más. El episodio confirmó que el control que tiene el AIPAC sobre Washington sigue siendo tan fuerte como siempre, en contra de las falsas ilusiones de la izquierda estadounidense de que el lobby israelí del pasado, que realmente nunca había sido una gran fuerza, estaba siendo reemplazado por una rama más ilustrada del sionismo estadounidense.

En el teatro palestino del sistema estadounidense, la falta de cualquier novedad significativa no implica una falta de movimiento. Vista con una perspectiva más amplia, la política de Estados Unidos ha sido durante algún tiempo convencer a Israel, por su propio interés, de la creación de uno o más bantustanes4. Desde luego, la condición para ello ha sido la supresión de cualquier proyecto de una auténtica autoridad palestina o de cualquier Estado palestino real. Los Acuerdos de Oslo fueron un primer paso en este proceso, ya que destruyeron la credibilidad de la OLP al establecer una «Autoridad Palestina» que era poco más que una fachada al estilo Potemkin de la verdadera autoridad en los territorios ocupados: la FDI. Incapaz de alcanzar ni siquiera una independencia simbólica, la dirección de la OLP en Cisjordania se dedicó a ganar dinero, dejando indefenso a la mayor parte del pueblo palestino: hundido en la pobreza y regularmente sometido a la violencia de los colonizadores. Por el contrario, Hamas fue capaz de conseguir suficiente apoyo popular como para vencer en las elecciones palestinas de 2006 mediante la creación de un sistema de asistencia primitivo pero eficaz capaz de distribuir alimentos y ayuda médica en los barrios pobres y prestar atención a los más débiles. Europa y Estados Unidos reaccionaron con un inmediato boicot político y económico, llevando de nuevo a Al Fatah al poder en Cisjordania. En Gaza, donde más fuerte era Hamas, Israel había estado durante algún tiempo instigando un golpe de Mohammed Dahlan, el matón favorito de Washington en el aparato de seguridad de la OLP. El ministro de Defensa, Ben-Eliezer ha testificado públicamente ante el Comité del Knesset de Asuntos Exteriores y Defensa que en 2002, cuando la FDI se retiró de Gaza, él había ofrecido la Franja a Dahlan, que estaba totalmente dispuesto a desencadenar una guerra civil palestina, algo que desde hacía tiempo hacía brillar la codicia en los ojos de muchos colonos israelíes. Cuatro años más tarde, Dahlan fue preparado por Washington para dar un golpe militar en Gaza5, pero Hamas le ganó la mano y se hizo con el control de la Franja a mediados de 2007. Después de que Europa y Estados Unidos castigaran política y económicamente a sus votantes por desafiar a Occidente, llegó la aportación militar israelí con el asalto de finales de 2008, al que Obama guiñó el ojo.

Pero el resultado no es el punto muerto tan regularmente deplorado por los bienintencionados defensores de un «acuerdo de paz». Bajo repetidos golpes, y en medio de un creciente aislamiento, la resistencia palestina está siendo debilitada gradualmente hasta un punto en que la propia Hamas –incapaz de desarrollar cualquier estrategia coherente o de romper con los Acuerdos de Oslo, de los que también se ha convertido en prisionero– está aproximándose hacia la aceptación de la miseria que le ofrece Israel, adornada con una reparación de Occidente. No existe una Autoridad Palestina significativa. Los representantes electos de Cisjordania o de Gaza son tratados como ONG mendicantes: recompensados si permanecen de rodillas y siguen los mandatos occidentales, sancionados si se salen de la línea. Racionalmente, los palestinos harían mejor si disolvieran la Autoridad e insistieran en los mismos derechos de ciudadanía dentro de un Estado único, respaldados por una campaña internacional de boicot, desinversión y sanciones hasta que las estructuras del apartheid israelí fueran desmanteladas. En la práctica, son pocas o ninguna las posibilidades de ello en un futuro inmediato. Con toda probabilidad, lo que está por delante es la convergencia de Obama y Netanyahu –ya aclamado en Haaretz como incluso más progresista, inteligente, que Rabin6– sobre una solución final de las entidades «palestinas» con las que Israel puede vivir y en las que Palestina puede morir.

Cosechando en Bagdad

Sin embargo, por el momento hay preocupaciones más apremiantes: zonas de guerra más al este tienen prioridad para la atención imperial. Iraq puede haberse caído de los titulares, pero no de las reuniones diarias sobre seguridad del despacho oval. En 2002, en su ascenso por la escalera política como un discreto senador de Illinois, Obama se opuso al ataque sobre Iraq; políticamente no había nada que pagar por hacerlo. En el momento en que fue elegido presidente, las fuerzas estadounidenses llevaban ocupando el país seis años y su primer acto fue mantener en el Pentágono al secretario de Defensa de Bush, Robert Gates, durante mucho tiempo funcionario de la CIA y veterano del escándalo Irán-Contra. Difícilmente se podía haber concebido una muestra más cruda y expresiva de continuidad política. En los dos últimos años de la Administración republicana, las tropas estadounidenses fueron aumentadas en una quinta parte hasta los 150.000 hombres, en un «incremento» que fue saludado por el espectro de partidos por haber aplastado a la resistencia iraquí, dejando dispuesto el país para un futuro prooccidental estable, quizá incluso democrático. La nueva Administración demócrata no se ha salido de este guión. El Acuerdo Trianual sobre el Estatuto de las Fuerzas Estadounidenses, firmado por Bush y sus colaboradores en Bagdad, estipulaba que todas las tropas de Estados Unidos abandonarían Iraq en diciembre de 2011, aunque un acuerdo posterior podía evidentemente prolongar su estancia, y que las fuerzas «de combate» estadounidenses abandonarían las ciudades, pueblos y localidades iraquíes en junio de 2009. Antes de su elección, Obama prometió una retirada de todas las tropas «de combate» estadounidenses de Iraq en un plazo de dieciséis meses a partir de su toma de posesión, es decir, en mayo de 2010, adornada con una cláusula de seguridad de que esta promesa podía «refinarse» a la luz de los acontecimientos. No tardó mucho en refinarse: en febrero de 2009 se anunciaba que las tropas de combate abandonarían Iraq en septiembre de 2010, mientras que un «resto » de 50.000 hombres también podrían implicarse en operaciones de combate para «proteger nuestros actuales esfuerzos civiles y militares»7.

La masacre y devastación sembradas en Iraq por Estados Unidos y sus aliados, principalmente Gran Bretaña, son ahora bien conocidas: la destrucción del patrimonio cultural del país, el brutal desmembramiento de su infraestructura social, el pillaje de sus recursos naturales, la ruptura de sus barrios mixtos y, por encima de todo, la muerte y desplazamiento de muchísimos de sus ciudadanos –de acuerdo con cifras del gobierno, más de un millón de muertos, tres millones de refugiados y cinco millones de huérfanos8–. Sin gastar palabras en nada de esto, el comandante en jefe y sus generales tienen otras preocupaciones. ¿Puede considerarse ahora a Iraq como una avanzada tolerablemente segura del sistema de Estados Unidos en el Oriente Próximo? Tienen razones para regocijarse y razones para dudar. En comparación con la situación existente en 2006, en el punto álgido de la insurgencia, la mayor parte del país está ahora bajo el control de Bagdad y las bajas estadounidenses son pocas y están más distanciadas.

Se ha entrenado y armado hasta los dientes a un ejército mayoritariamente chií, de unos 250.000 hombres, para hacer frente a cualquier resurgir de la resistencia. La limpieza sectaria de la capital, a una escala de la que el Haganah estaría orgulloso, ha barrido la mayoría de los barrios suníes, dando por primera vez al régimen de Maliki establecido por Bush un firme control sobre el centro del país. En el norte, los protectorados kurdos siguen siendo bastiones incondicionales del poder estadounidense. En el sur, las milicias de Moqtada al-Sadr han tenido que hacer las maletas. Y lo mejor de todo, los pozos de petróleo están volviendo a manos de aquellos que saben hacer buen uso de ellos, con las subastas que han repartido contratos de 25 años de duración a empresas extranjeras. Algunos excesos pueden estropear el panorama en Bagdad9, pero el nuevo Iraq tiene la bendición de la piadosa sonrisa del gran ayatolá Sistani.

Sin embargo, todavía persiste la preocupación de que la resistencia iraquí, capaz ayer mismo de causar tanto daño a la maquinaria militar estadounidense, pueda estar aguardando que llegue su hora después de sus fuertes pérdidas y de la deserción de un importante segmento, y que todavía podría hacer estragos en los colaboradores el día de mañana si Estados Unidos se retirara totalmente10. Para protegerse contra cualquier peligro semejante, Washington ha establecido puestos en los equivalentes modernos –mucho más grandes y horrorosos– de las antiguas fortalezas de los cruzados. La base militar de Balad, fácilmente al alcance de los bombardeos desde Bagdad, es una pequeña ciudad-Estado. Con un aeropuerto que según los datos es el de más tráfico del mundo después de Heathrow, puede albergar a 30.000 personas entre soldados estadounidenses y personal auxiliar, una mano de obra emigrante compuesta mayoritariamente por trabajadores del sur de Asia que limpian casas, cocinan y atienden bares subterráneos para tomar sándwiches; los traficantes de droga no escasean, mientras que prostitutas de Europa del Este se ocupan de otras necesidades de la base. Quince líneas de autobuses complementan el aeropuerto, pero los desplazamientos siguen siendo un problema para el personal de servicio11. Otras trece bases de las fuerzas de tierra y aire están dispersas por todo el país, entre ellas Camp Renegade cerca de Kirkuk, para proteger los pozos de petróleo, Badraj en la frontera iraní, para el espionaje sobre la República Islámica, y una base británica que se remonta a la década de los años treinta en Nasiriyah, actualizada para servir a los apetitos estadounidenses. En el mismo Bagdad, el procónsul estadounidense puede disfrutar de la mayor y más cara embajada del mundo, del tamaño de la Ciudad del Vaticano, en el enclave fortificado de la Zona Verde.

Después de apoderarse de Iraq como presa colonial en 1920 y de instalar a la dinastía hachemí como su instrumento local, Gran Bretaña se encontró con una rebelión en toda regla que aplastó no sin dificultades y con una violencia total. Durante los siguientes doce años, Londres gobernó el país como una dependencia del Imperio, antes de renunciar a su «mandato», concedido por la Sociedad de Naciones en 1932. Pero el régimen satélite que dejó detrás duró otro cuarto de siglo, hasta que finalmente fue derribado en la revolución de 1958. La toma estadounidense de Iraq provocó una insurgencia total incluso más rápida y de más duración, contra una ocupación que disfrutaba esta vez del mandato de Naciones Unidas. El Imperio de Estados Unidos también dejará detrás un régimen marioneta para contener el país en el futuro inmediato. En esa empresa no podría haber muchos sucesores que encajaran mejor con Ramsay MacDonald –aquella anterior figura apuesta y esbelta que siempre encontraba palabras con las que levantar los espíritus– que Barack Obama. Pero la historia se ha acelerado desde aquellos días y por lo menos hay una oportunidad de que Maliki y sus torturadores sigan la suerte de Nuri al-Said más rápidamente, en otro levantamiento nacional para acabar con las bases militares extranjeras, las enormes embajadas, las compañías petrolíferas y sus colaboradores locales todos a la vez.

Amenazante Teherán

Para las elites estadounidenses, Irán siempre ha supuesto un rompecabezas: una «república islámica» que públicamente echa fuego sobre el Gran Satán mientras silenciosamente le presta asistencia donde más la necesita, ya sea la connivencia con la contrarrevolución en Nicaragua, la invasión de Afganistán o la ocupación de Iraq. Los dirigentes de Israel no son los receptores de ninguno de estos beneficios y ven con peores ojos la retórica de los mullahs, que se dirige contra ellos y contra el Pequeño Satán de Londres con mayor ferocidad que contra sus patronos en Washington. Sobre todo, una vez que el proyecto de un programa nuclear iraní, que socava el monopolio israelí de armas de destrucción masiva en Oriente Próximo, empezó a asomar por el horizonte, Tel Aviv galvanizó sus recursos en Estados Unidos en una campaña para asegurar que Washington se comprometiera a acabar con él a toda costa. Habida cuenta del grado en que, desde hace mucho tiempo, los objetivos israelíes han sido asumidos por los responsable políticos estadounidenses como poco menos que la segunda naturaleza de la política de Estados Unidos, no encontraron mucha resistencia para lograrlo. Desdeñando en 2003 las aperturas del gobierno de Jatami en pro de un acuerdo general para toda la región, la Administración republicana buscó forzar la conformidad de Irán con el monopolio israelí igualando las diatribas verbales de Teherán y reforzando las sanciones económicas.

Sin decirlo demasiado explícitamente, Obama llegó al gobierno dando a entender que ésta no era la manera de hacer las cosas. Mucho mejor sería iniciar un diálogo basado en el borrón y cuenta nueva, contando con el tradicional pragmatismo del régimen y el americanismo manifiesto de la clase media y de los estratos jóvenes de la población en general, para alcanzar un acuerdo diplomático amistoso en interés de todas las partes, despojando a Irán de capacidad nuclear a cambio de un abrazo político y económico. Pero el momento fue desafortunado y los cálculos se vieron trastornados por la polarización política en el propio Irán. Las luchas de facciones en el estamento clerical llegaron hasta las elecciones presidenciales de junio de 2009, cuando una tentativa de su ala más abiertamente prooccidental para tomar el poder, sobre una oleada de protestas (mayoritariamente) de la clase media, fue sofocada por un contragolpe de la corriente dominante que combinó el fraude electoral con la violencia de la milicia. Para Obama, la oportunidad para un discurso ideológico fue demasiado grande como para resistirse a ella. En un incomparable despliegue de hipocresía moral, lamentó con ojos húmedos la muerte de un manifestante en Teherán, el mismo día en que sus drones acababan con sesenta habitantes de un pueblo de Pakistán, la mayoría mujeres y niños. Con los medios de comunicación occidentales llorando detrás del presidente, el frustrado candidato de las elecciones iraníes –históricamente uno de los peores carniceros del régimen, responsable de ejecuciones en masa en los años ochenta– se convirtió en otro icono del mundo libre. Los planes para una gran reconciliación entre los dos Estados tuvieron que dejarse de lado.

Después de este percance, la Administración demócrata ha regresado al planteamiento de su predecesora, intentando ganarse a Rusia y China –el consentimiento europeo puede darse por hecho– para un bloqueo económico sobre Irán, con la esperanza de que, con el estrangulamiento del país, su líder supremo, o bien sea derrocado, o bien se vea obligado a llegar a un acuerdo. Si estas presiones fallaran, queda en la reserva la amenaza de un ataque aéreo de los bombarderos israelíes o estadounidenses sobre las instalaciones nucleares iraníes. Aunque todavía sea poco probable, no puede descartarse una incursión semejante, aunque sólo sea porque una vez que Occidente en su conjunto –en este caso no sólo Obama, sino Sarkozy, Brown y Merkel– ha considerado que cualquier capacidad nuclear iraní es algo inaceptable, queda poco espacio retórico para excluirla12. En el pasado, el miedo a las represalias iraníes contra las inestables posiciones estadounidenses en Iraq probablemente hubiera sido suficiente para disuadir de semejante ataque. Pero la influencia de Teherán en Bagdad ya no es lo que era. La confianza de antaño de que Iraq se convertiría en breve en una república islámica hermana ha pasado y, por consiguiente, no puede seguir estando segura de que las relaciones entre las dos serán mejores que las que hay entre los diversos Estados suníes de la región. Por el momento, el gobierno de Maliki sabe a quién halagar; Irán no podría igualar los dólares y las armas que obtiene de Estados Unidos, mientras que las pretensiones de Sistani de tener un lugar preeminente sobre un surtido de clérigos del otro lado de la frontera vienen de lejos. Tampoco está claro el que las milicias de Moqtada al-Sadr sean ahora igualmente manejables.

No obstante, hasta la fecha el Pentágono se opone a cualquier aventura en la que corre el riesgo de tener que desplegar sus fuerzas desde el Litani hasta el Oxus, si los Guardianes de la Revolución instigaran operaciones en Líbano o Afganistán occidental. Tampoco habría que descartar la amenaza de represalias de Teherán con misiles convencionales contra ciudades israelíes. También hay que tener en cuenta a los demás aliados de Washington. Israel y sus grupos de presión pueden ser los principales artífices de la agitación en contra de Irán, pero no están solos. La monarquía saudí, una dictadura confesional sui generis, se muestra temerosa ante una posible combinación Teherán-Bagdad que pudiera desestabilizar la península: los chiíes constituyen la gran mayoría en Bahrein y en la región petrolífera del propio Estado saudí. Pero los saudíes también son conscientes de que cualquier ataque directo sobre Teherán puede suponer una amenaza todavía mayor a su dominio, provocando levantamientos chiíes que pudieran engullirlos a ellos. Para Riad, es preferible una ruta alternativa que se estudia en Washington: insertar a Turquía en el esquema regional como un destacamento suní-OTAN del imperio, reforzando los petrodólares saudíes ofrecidos a Siria para que rompa con Irán. Esto serviría de contraataque contra cualquier futuro eje Teherán-Bagdad y aislaría a Hezbollah de Damasco, debilitándola para otro asalto de la FDI.

Inventando Kabul

Desde Palestina a Irán pasando por Iraq, Obama ha actuado como otro servidor del Imperio estadounidense y ha persiguido los mismos propósitos que sus predecesores, con los mismos medios pero con una retórica más conciliadora. En Afganistán ha ido más lejos, ampliando el frente de la agresión imperial con una escalada de la violencia, tanto tecnológica como territorial. Cuando tomó posesión, Afganistán llevaba ocupado siete años por Estados Unidos y sus fuerzas satélites. Durante la campaña electoral, Obama, determinado a superar a Bush en llevar a cabo una «guerra justa», prometió más tropas y capacidad militar para aplastar a la resistencia afgana y más incursiones terrestres y ataques desde sus drones en Pakistán para arrasar el apoyo que recibe por la frontera. Esta promesa sí la ha mantenido. Una nueva fuerza de 30.000 hombres está actualmente siendo enviada al Hindu Kush. Esto elevará a cerca de 100.000 hombres el ejército estadounidense de ocupación, bajo el mando de un general escogido por Obama por el éxito de sus brutalidades en Iraq, donde sus unidades formaban una elite especializada en el asesinato y la tortura. Simultáneamente, está en marcha una intensificación masiva del terror aéreo sobre Pakistán. The New York Times, en lo que describía con delicadeza como una «estadística que la Casa Blanca no ha publicado», informaba a sus lectores que, «desde que el señor Obama llegó al poder, la CIA ha organizado más ataques de los drones Predator en Pakistán que durante los ocho años de mandato del señor Bush»13.

La razón de esta escalada no es ningún misterio. Después de invadir Afganistán en 2001, Estados Unidos y sus auxiliares europeos impusieron un gobierno títere que ellos mismos crearon y que se confeccionó en una conferencia en Bonn, encabezado por un personaje de mucho valor para la CIA y secundado por una colección de señores de la guerra tayikos, con las ONG presentes como pajes en una corte medieval. Esta falaz construcción nunca tuvo la más mínima legitimidad en el país, careciendo incluso de un atisbo de la estrecha pero dedicada base de la que habían disfrutado los talibanes.

Una vez instalado en Kabul, el gobierno concentró sus energías en enriquecerse. La ayuda fue desviada, la corrupción se generalizó y las drogas –reprimidas por los talibanes– volvieron a florecer. Karzai y compañía amasaron una gran cantidad de riqueza: más del 75 por 100 de los fondos de países donantes fueron entregados directamente a los compinches de Karzai, a la Alianza del Norte o a los contratistas privados que ambos utilizan. La construcción de un nuevo hotel de cinco estrellas y de unos grandes almacenes se convirtieron en prioridades, en uno de los países más pobres del mundo, mientras que a poca distancia se producían rutinariamente torturas y asesinatos; Bagram se ha convertido en una cámara de los horrores que hace que Guantánamo parezca algo civilizado. La producción de opio alcanzó un récord histórico, creciendo en un 90 por 100 sobre los niveles de 2001, cuando todavía estaba limitada a áreas controladas por la Alianza del Norte, extendiéndose hacia el sur y el oeste bajo la égida del clan Karzai. La masa de pobres afganos ha recibido poco o nada del nuevo orden impuesto por el extranjero exceptuando un mayor riesgo para su integridad física, a medida que los reorganizados neotalibanes golpean de nuevo a la ocupación y a medida que las bombas de la OTAN llueven tan indiscriminadamente sobre los pueblos que, incluso Karzai, se ha visto obligado a protestar repetidas veces14.

En junio de 2009, las guerrillas afganas controlaban grandes franjas del país y se habían infiltrado en la policía y en las unidades militares. Adoptando las tácticas iraquíes de artefactos explosivos en las carreteras y bombas suicidas en las ciudades, estaban infligiendo golpes cada vez mayores a los ocupantes occidentales y a sus colaboradores. Dentro del propio campo imperial, la confusión estaba aumentando15. Los diplomáticos y los militares estadounidenses se contradecían públicamente, discutiendo sobre hasta qué punto se debía apoyar o rechazar la simulación de elecciones democráticas puesta en escena por Karzai. Finalmente, después de vehementes denuncias de fraude de altos funcionarios en Washington y de una segunda vuelta para cubrir las formas, Obama consumó la farsa felicitando a Karzai por una victoria más descaradamente amañada incluso que la de Ahmadinejad dos meses antes, y sobre la que el presidente de Estados Unidos –al más puro estilo de Uriah Heep– no había ahorrado sus reproches. A diferencia del régimen de Teherán, que conserva una base autóctona aunque disminuida en la sociedad, lo que se presenta como el gobierno de Kabul es un implante occidental que se desintegraría de la noche a la mañana sin los pretorianos de la OTAN enviados para protegerlo.

Apoyándose en Islamabad

Desesperado por proclamar la victoria en la que ha declarado como una «guerra justa», Obama se ha sumergido en la clásica fuite en avant al enviar una fuerza expedicionaria todavía mayor y extender la guerra al país vecino, donde se sospecha que el enemigo encuentra ayuda. Desde el principio de su Administración, se anunció que Pakistán y Afganistán serían a partir de entonces considerados como una zona de guerra integrada: «Afpak». Una lluvia de emisarios se abalanzó sobre Islamabad para dirigir el Estado pakistaní hacia las tareas represivas que se le encargaban realizar16. Los 2.460 kilómetros de frontera entre Afganistán y lo que es ahora Pakistán han sido porosos desde que la Línea Durand fue establecida por el Imperio británico en 1893. En el sur de Afganistán viven 16 millones de pastunes, y en la Provincia Fronteriza del Noroeste, en Pakistán, 28 millones. La frontera es imposible de controlar y el movimiento a través de ella difícil de detectar, ya que tribus que hablan el mismo dialecto y que a menudo están unidas por lazos matrimoniales viven a los dos lados de ella. Que los insurgentes afganos buscan y encuentran un santuario en esa zona no es un secreto. Para que la OTAN o el ejército pakistaní detuviese esa corriente se necesitarían por lo menos 250.000 soldados y campañas de aniquilación como las de Chiang Kai-shek en la década de los treinta. Con Musharraf –y con las amenazas de los fanfarrones del Pentágono de bombardear el país y devolverlo a la Edad de Piedra si no accedía–, el ejército pakistaní ha pasado de ser el patrón a ser el enemigo de los talibanes en Afganistán, pero nunca un enemigo de corazón; estaba muy claro que estaba siendo obligado a ceder a India influencia en Kabul y que no perdió tiempo en tomar a Karazi bajo su tutela. Musharraf se esforzó en complacer a Estados Unidos permitiendo la actuación en el país de fuerzas especiales y drones estadounidenses, y lanzando donde podía operaciones contra Al Qaeda. Pero mientras que se las arreglaba para ganarse el desprecio de la mayoría de los pakistaníes por su servilismo con Estados Unidos, nunca convenció a Washington de que estaba siendo suficientemente diligente.

En el momento en que Obama llegó al poder, dos acontecimientos habían alterado este escenario. Espoleado constantemente por el Pentágono, entre 2004 y 2006 Musharraf envió en nueve ocasiones al ejército pakistaní a las Áreas Tribales de Administración Federal (ATAF), los siete sectores montañosos fuera de la jurisdicción de la Provincia Fronteriza del Noroeste, donde la autoridad del gobierno central siempre había sido insignificante para aplastar la infiltración talibán. El resultado fue simplemente provocar la solidaridad con la resistencia afgana y un creciente deseo de emularla. Esto condujo en diciembre de 2007 a la formación de Tehrik-i-Taliban Pakistán (TTP), una brutal guerrilla local dedicada a llevar la guerra a la misma Islamabad. (Contrariamente a las suposiciones occidentales, esta formación no es un grupo subsidiario de los neotalibanes afganos, como pone en evidencia la diatriba del mullah Omar contra ella. De manera reveladora, Omar insistía en que era un error apuntar al ejército pakistaní cuando el enemigo real era Estados Unidos y la OTAN.)

En 2008, el propio Musharraf fue depuesto y, huyendo de la amenaza de impeachment, se fue a La Meca. Su sustituto como presidente fue el infame viudo de Benazir Bhutto, Asif Zardari, un sinvergüenza desacreditado que se ofreció como el hombre de paja ideal para Estados Unidos. La embajadora de Washington, Anne Paterson, después de cumplir con su tarea de armar a Uribe en Colombia, pronto estuvo entusiasmada con su buena voluntad para cooperar. Sus frutos no tardarían en llegar. En abril de 2009, Zardari ordenó al ejército ocupar el distrito de Swat en la Provincia Fronteriza del Noroeste que dos meses antes había sido tomada por el TTP. Un asalto militar generalizado llevó al TTP de vuelta a las colinas y a 2 millones de refugiados a abandonar sus casas. Envalentonado por este éxito humanitario, Obama presionó en octubre a Zardari para que mandara el ejército a las mismas ATAF, para hacer salir a los combatientes talibanes –sin que importara ya si eran afganos o pakistaníes– de Waziristán del Sur y Bajaur. Cientos de miles de personas de las tribus de la región se vieron desplazadas, con los bombarderos estadounidenses tronando sobre sus cabezas mientras se dispersaban a los cuatro vientos17. En noviembre, el ejército pakistaní anunció que la «ofensiva había acabado». La guerrilla había desaparecido.

Hasta dónde puede llegar una limpieza étnica de esta clase y qué clase de resultados pueda arrojar, es algo que todavía está por ver. Lo que está claro es que, forzando al ejército pakistaní a dirigir sus cañones hacia sus propias tribus, con las que mantenía buenas relaciones, Obama está desestabilizando ahora otra sociedad en interés del Imperio americano. Las bombas suicidas están explotando semanalmente en las grandes ciudades de Pakistán, en vanos actos de venganza por la represión en la frontera. El Tribunal Supremo ha revocado la inmunidad por los cargos de corrupción que les concedió Musharraf, dejando a Zardari y a su séquito tambaleantes. Incluso existe la posibilidad de que el podrido Partido Popular Pakistaní (PPP) –una maldición para el país desde el segundo mandato de Benazir Bhutto– se pueda romper y desaparecer tras él18.

Washington se mostrará reacio a dejar irse a un títere tan servicial, pero sin duda puede apoyarse en los mandamases del ejército para encontrar un sustituto adecuado, como siempre ha hecho en el pasado. El ejército pakistaní nunca ha producido oficiales jóvenes patrióticos capaces de eliminar al alto mando, expulsar a las agencias extranjeras y promover reformas, esto es, la clase de oficiales que América Latina o el mundo árabe han visto en algunas ocasiones. Su sumisión a Estados Unidos es estructural, sin que nunca haya llegado a ser total. Dependiente de las masivas transferencias de dinero y equipos estadounidenses, no puede afrontar el oponerse abiertamente a Washington, aun cuando se le obligue a actuar en contra de sus propios intereses; de manera encubierta, siempre busca mantener un cierto margen de autonomía mientras persista el conflicto con India. Acosará a sus propios ciudadanos a instancias de Estados Unidos, pero no hasta el punto de incendiar irremediablemente las áreas tribales o de ayudar a extirpar por completo la resistencia a través de la frontera.

¿Replicando Saigón?

Con esta expansión, ¿cuáles son las perspectivas de la «guerra justa» de Obama? Comparando la ocupación estadounidense de Afganistán con la ocupación soviética, se encuentran dos grandes diferencias. El régimen creado por Estados Unidos es mucho más débil que el que protegía la URSS. Este último tenía una base auténticamente local por mucho que abusara de ella; siempre fue algo más que un injerto extranjero, y el PDPA generó un ejército y una administración capaz de sobrevivir a la partida de las tropas soviéticas. El gobierno de Najibullah fue finalmente derribado solamente gracias a una masiva ayuda exterior de Estados Unidos, Arabia Saudí y Pakistán. Pero en esa ayuda se encuentra la segunda gran diferencia. Al contrario de los combatientes que entraron en Kabul en 1992, financiados y armados hasta los dientes por potencias extranjeras, la actual resistencia afgana no está completamente aislada: por mucho que le desagrade no sólo a Washington sino también a Moscú, Pekín, Dushanbe, Tashkent y Teherán, sigue siendo capaz de contar con una tolerancia esporádica, furtiva, de Islamabad.

Por esto, las comparaciones con Vietnam, aunque contundentes en muchos otros aspectos, morales, políticos e ideológicos, en términos militares no lo son tanto. Por una parte, la arrogante escalada de Obama en la guerra de Afganistán podría decirse que combina el orgullo de Kennedy en 1961 con el de Johnson en 1965, e incluso con el de Nixon en 1972, cuyos bombardeos de Camboya presentan más de una semejanza con las actuales operaciones en Pakistán. Pero no hay ningún reclutamiento forzoso que haga perder el apoyo de la juventud; no hay ayuda soviética o china para sostener a la guerrilla; no hay ninguna solidaridad antiimperialista que debilite al sistema en sus tierras natales. Por el contrario, como le gusta explicar a Obama, no menos de 42 países están echando una mano para que esta lamentable marioneta de Kabul pueda ofrecer un buen baile19. Ningún espectáculo mundial sería mejor recibido que el del procónsul estadounidense huyendo de nuevo en helicóptero desde el tejado de la embajada y las variopintas fuerzas expedicionarias y su surtido de lacayos civiles expulsados sin ceremonias del país con él. Pero un segundo Saigón no está en perspectiva. Las monótonas conversaciones sobre el fin de la hegemonía estadounidense, el cliché universal del periodo, son principalmente una manera de evitar una oposición seria a ella.

Si se necesitara un ejemplo de manual para un libro de texto sobre la continuidad de la política exterior estadounidense en las sucesivas administraciones y sobre la futilidad de tantos ridículos intentos de considerar los años de Bush y Cheney como excepcionales en vez de esencialmente convencionales, la conducta de Obama lo ha proporcionado. Desde un extremo al otro de Oriente Próximo, el único cambio material significativo es una nueva escalada de la «Guerra contra el Terror» –o contra el «Mal», como prefiere llamarla–, ahora con Yemen como el nuevo objetivo20. Por encima de todo, la historia sigue siendo la misma. Los secuestros extrajudiciales y la tortura por delegación se establecen como norma, mientras sus autores pasan a relajarse en Florida o en cualquier otro lugar ignorando, bajo la protección de Obama, las peticiones de extradición. Las escuchas telefónicas internas continúan. Un golpe en América Central está garantizado. En Colombia se establecen nuevas bases militares.

Emulando a Wilson

Sin embargo, sería un error pensar que nada ha cambiado. Ninguna administración es exactamente igual a las demás y cada presidente deja su sello propio. En esencia, el cambio en el dominio imperial estadounidense con Obama equivale a cero21. Pero desde el punto de vista de la propaganda ha habido una mejora significativa. No es un accidente el que un destacado columnista –y uno de los más inteligentes– pudiera, con una ironía a medias, señalar los cinco acontecimientos más importantes de 2009 como otros tantos discursos de Obama22. En El Cairo, West Point y Oslo, el mundo ha sido convidado a una reconfortante homilía tras otra, cada una de ellas salpicada con los mayúsculos eufemismos que los redactores de la Casa Blanca pueden reunir para describir la encomiosa misión de Estados Unidos en el mundo y la modesta confesión de respeto y sentido de la responsabilidad para llevarla adelante.

«Debemos decirnos abiertamente las cosas que tenemos en nuestros corazones.» Éste es su tono característico. «Nuestro país ha soportado una carga especial en los asuntos mundiales. Hemos derramado la sangre estadounidense en múltiples continentes. Hemos gastado nuestros ingresos en ayudar a que otros reconstruyan desde los escombros y desarrollen sus propias economías. Nos hemos unido a otros para desarrollar una arquitectura de instituciones, desde Naciones Unidas y la OTAN hasta el Banco Mundial, que proporcionan la seguridad común y la prosperidad de los seres humanos.» «La lucha contra la violencia extremista no acabará rápidamente, y se extiende mucho mas allá de Afganistán y Pakistán […] Nuestro esfuerzo supondrá desórdenes regionales, Estados fallidos, enemigos difusos.» «Nuestra causa es justa, nuestra determinación inquebrantable. Seguiremos adelante con la confianza de que es el derecho el que otorga la fuerza.» En Oriente Próximo hay «tensiones» (el término en su respuesta a la camarilla de Mubarak en al-Azhar) y en Gaza, una «crisis humanitaria». Pero «los palestinos deben renunciar a la violencia» y el «pueblo iraquí está finalmente mucho mejor» gracias a las acciones de Estados Unidos. En Oslo: «No nos equivoquemos: el mal sí existe en el mundo». «Decir que la fuerza puede ser algunas veces necesaria, no es un llamamiento al cinismo, es un reconocimiento de la historia; un reconocimiento de las imperfecciones del hombre y de los límites de la razón.» En El Cairo: «La resistencia mediante la violencia y el asesinato es una equivocación». En resumen: si Estados Unidos o Israel declaran la guerra, se trata de un ineludible deber moral. Si los palestinos, iraquíes o afganos ofrecen resistencia, es un punto muerto inmoral. Como le gusta decir, «todos somos hijos de Dios» y «ésta es la visión de Dios»23.

Si la banalidad grandilocuente y la hipocresía blindada son el distintivo de este estilo presidencial, eso no lo hace menos funcional para la tarea de servir y reparar las instituciones imperiales sobre las que presiden Obama y Clinton. Nada crispaba más a la opinión internacional que la falta de la requerida unción con la cual Bush y Cheney demasiado a menudo se ocupaban de los asuntos, exponiendo a aliados y audiencias, por ora parte bien dispuestas hacia el liderazgo estadounidense, a verdades inconvenientes que hubieran preferido no oír. Históricamente, el modelo de la actual variante de presidencia imperial ha sido Woodrow Wilson, un cristiano no menos pío, cuya segunda palabra siempre era paz, democracia o autodeterminación, mientras sus ejércitos invadían México, ocupaban Haití y atacaban Rusia, y sus tratados entregaban una colonia tras otra a sus socios de guerra. Obama es una versión de segunda mano de lo mismo, incluso sin Catorce Puntos que traicionar. Pero puede recorrer un largo camino para satisfacer a aquellos que lo añoran, como ha demostrado gráficamente la concesión a Obama de lo que García Márquez una vez llamó el Premio Nobel de la Guerra. Después de mentir lo suficiente a los votantes, Wilson fue reelegido para un segundo mandato, aunque no acabó bien para él. En épocas más combativas, Johnson fue obligado a retirarse en la ignominia por su belicismo, sin ser capaz de embaucar de nuevo a los electores. Doce años más tarde, una debacle en Irán ayudó a hundir a Carter. Si los recientes reveses de los demócratas en Virginia Occidental y Nueva Jersey, donde los votantes demócratas se quedaron en casa, se convierten en el modelo, Obama podría ser el tercer presidente con un solo mandato, abandonado por sus seguidores y ridiculizado por aquellos a los que tanto intenta conciliar.

Fuente: Rebelión
 

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