Opinión

Autor: Gino González

02:25 pm
14
Ene
2016

Hamurabí Díaz, compadre, recuerdo tus clases de geografía económica al señalar entre las causas del fracaso del comercio interno de una época, junto al Estado y a la falta de vías de penetración, la circunstancia de que poco había qué venderle a nadie. Era el tiempo en el que inexorablemente quien no trabajaba no comía. Había muy poco acceso al dinero.

Pienso en ti mientras observo una larga cola para adquirir harina de maíz precocida y la resistencia a otras alternativas para el pan, diferentes al trigo y al maíz.

Pienso en una niñez de abuelos conuqueros en la que la carencia muy poco estuvo relacionada con el alimento.

Quítele a aquellos tiempos la miseria a la que nos sometieron gobiernos burgueses y vendepatria y conserve la sabiduría de una cultura productiva. ¡Ah, malhaya!

Bien estúpidos somos cuando como un imbécil compramos lo que podríamos producir.

“Cuando trabajé como maestro de escuela y se rieron de un niño al decir que quería ser conuquero como su abuelo, comprendí que las cosas iban mal.

Si aquella Venezuela mayoritariamente campesina, hubiese contado con el suficiente incentivo y apoyo de servicios públicos, así como un mejor acceso a la tierra, esta patria fuese maravillosamente conuquera.

En qué momento nos convertimos en unos inútiles y vulgares consumidores, y más terrible aún que dicha conducta sea envidiable. Se elogia a quien más compra y quien produce o confecciona pasa desapercibido.

La mayor desgracia es un país repleto de dinero, pero que no produce nada.

Una vida poética y sabia es aquella que entiende y siente la maravilla de ser más libre en la medida que menos se compra. Quien siente el gozo de consumir un ají o un tomate tomado de su jardín o unos huevos del gallinero de la casa, sabe lo que es la alegría.

He visto personas que del campo vienen a los pueblos a comprar pollos y huevos.

Cuando trabajé como maestro de escuela y se rieron de un niño al decir que quería ser conuquero como su abuelo, comprendí que las cosas iban mal. Ya el consumo de refrescos (mala costumbre, por cierto, que tenemos en Venezuela de llamar a las gaseosas) iba suprimiendo a los jugos naturales, los toldos a los árboles y no se tuvo la mínima idea de qué se consume, pues el menú y otros gustos lo impone la publicidad capitalista.

La moda es el comercio: comprar, vender, y que siembren los pendejos.

No será difícil para una sociedad que no comprende la importancia de la tierra y de su capacidad creadora en relación con ella, caer en el macabro torbellino de la insensatez y la insensibilidad. ¡Un serio problema cultural!

Correo del Orinoco

 

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