Opinión

Autor: Alberto Aranguibel B

09:41 am
12
Ago
2015

El arzobispo de Coro es idéntico a una vieja cascarrabias que a eso de las cinco de la tarde montaba su paila de hacer empanadas en la salida hacia Caigüire, en la Cumaná de mi niñez.

No recuerdo su nombre, pero Lückert es el vivo retrato de ella. Con la única diferencia, quizás, de que la octogenaria empanadera fumaba “con la candela pa’ dentro”, como se decía entonces, por lo cual no tenía el nerviosismo de quijada que sí tiene el cura, que, aunque muy similar a las deformaciones gestuales que provocan las prótesis dentales, pareciera más bien deberse al forcejeo entre el intestino grueso y la musculatura facial por tratar de contener la evidente ingobernabilidad del órgano lingual. En él la verborrea incontenible siempre va más adelante que la respiración misma.

Probablemente el brillo broncíneo de la muy cuidada tez del prelado no sea producto del salitre y el calcinante sol que a la anciana le tostaba el rostro con una pátina brillante que hablaba del sudor ancestral acumulado por tantos años de lucha a cielo abierto en procura del alimento de sus ocho hijos. El del rostro de Lückert debe ser el brillo Estée Lauder que su exquisita piel seguramente necesita y del cual debe haber dispuesto por años para mantenerse tan lozano. Pero eso es harina de otro costal.

Aquella atrabiliaria empanadera refunfuñaba a voz en cuello por cuanto acontecimiento humano le pasara por la mente, argumentando siempre de la manera más irresponsable y audaz sobre asuntos complejos fuera de su alcance, que iban desde la estación espacial internacional hasta el muro de Berlín, pero invariablemente con una inmensa arrechera.

En eso Lückert es igualito a la cumanesa. Solo que su manía detractora se centra en un solo tema, la revolución bolivariana. Cuando se trata de cualquier idea asociada al chavismo, la rabieta del histérico monseñor suele convertirse en ventolera infernal que arrasa todo a su paso.

Ahora le dio por opinar en comunicación. Por supuesto, para proferir una nueva barbaridad; que él no tiene medio por dónde expresar su descontento ni hacer denuncias contra el gobierno. Y lo dice en el diario El Carabobeño, el periódico regional de mayor circulación en el centro del país.

De haber medios de comunicación en el cielo, él ya tiene trabajo asegurado.

 

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