Opinión

Autor: Alberto Aranguibel B

09:41 am
04
Nov
2015

“Malayo” Ulises Gutiérrez ofició esta vez la misa de la bajada de La Chinita. Haciendo honor a la épica mitológica que encierra su nombre de gladiador irreductible capaz de lidiar contra monstruos, tempestades, sortilegios perversos y ejércitos imbatibles, como lo cantara Homero tanto en su Ilíada como en su Odisea, Ulises (el pedregalero, de Falcón, no el de Joyce) baja personalmente la imagen de la Virgen del altar para lanzársela a los demonios del gobierno chavista que en mala hora, según él, le ha tocado al país.

No explica Ulises en su cuartilla panfletaria, que él lee con la voz iracunda y gruesa de los libertadores ya no de naciones sino de continentes enteros, como Bolívar en Angostura mirando hacia el anchuroso porvenir del sur, Lincoln en Gettysburg abogando por el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, o Churchill frente a la Gran Bretaña al momento de su apoteosis y su “no nos rendiremos jamás” del más brillante discurso político que recuerde la historia, conocido hoy como “La Mejor Hora”, cómo es que él es quien dispone de lo que venga o no venga a hacer la Virgen a la Tierra, ni por qué su iglesia le robó a aquella humilde lavandera que hace más de tres siglos se encontró con la tablilla milagrosa que dio origen a la devoción por La Chinita, para venir a hacer discursos politiqueros con ella en contra de la decisión soberana de ese mismo pueblo que encontró la tablilla de la cual fue despojado y que votó en más de diecinueve elecciones por el gobierno que él, Ulises (el pedregalero) quiere derrocar hoy.

Olvida Ulises (el pedregalero) que fue Chávez quien reivindicó la palabra de Cristo que la Iglesia abandonó durante siglos de pederastía, fornicación y concupiscencia soterrada detrás de los altares, amén de los genocidios que por siglos ocuparon su ejercicio catequístico, como ese que eufemísticamente denominaron “Evangelización del Nuevo Mundo”, para esconder las atrocidades de la mortandad que con su distorsión de Cristo desataron en este lado del planeta hace quinientos años.

No cuenta en su reaccionario discurso que por esa razón es que el pueblo cada vez que recibe una casa de la Gran Misión Vivienda Venezuela, lo que dice es: “Gracias a Dios y a mi comandante Chávez”.

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