Opinión

Autor: Gustavo Márquez Marin

09:40 am
07
Dic
2015

La XXI Conferencia de las Partes del Acuerdo sobre Cambio Climático de la ONU (COP21) ha despertado expectativas positivas moderadas, luego de 23 años de negociaciones infructuosas, porque ha tenido como punto de partida las ofertas voluntarias de reducción de emisiones de gases con efecto invernadero (GEI) a partir de 2020, por la gran mayoría de los Estados partes. Es en ese escenario que el Gobierno bolivariano ha denunciado, con razón, que mientras no cambie el sistema continuará el problema -por ser este una consecuencia de la crisis ecológica ocasionada por el modo de producción y consumo capitalista-, pero contradictoriamente se mantiene el enfoque desarrollista en la gestión pública, con un debilitamiento de la función de regulación y control del Estado en materia ambiental, afectando la capacidad del país para enfrentar las secuelas del calentamiento global.

Lo cierto es que en apenas un lustro (2020) se iniciará la aplicación de un acuerdo global de reestructuración de la matriz energética, para sustituir los combustibles fósiles por fuentes de energía limpias. No todo quedará resuelto en las negociaciones de París, por la negativa de los llamados países industrializados a reconocer su responsabilidad en la catástrofe planetaria en marcha. Pero, más allá de los desacuerdos actuales, lo relevante es que ya existe un consenso en la comunidad internacional para acelerar la implantación de las energías sustitutivas del petróleo como única opción para hacer reversible el calentamiento global.

Cuando la Agencia Internacional de Energía -vocera de los grandes consumidores de petróleo- afirma que “70% de la demanda mundial deberá ser cubierta por energías alternativas en 2030”, está dibujando un panorama sombrío para los países petrodependientes, especialmente para aquellos que, como Venezuela, basan su economía en la renta petrolera con la “seguridad” de contar con las mayores reservas petroleras del mundo. El cambio climático es importante para los venezolanos no solo por las consecuencias socioambientales desastrosas que está produciendo, sino también porque le pone fecha límite al declive del capitalismo rentístico-dependiente venezolano. Como dice el refrán, “o corremos o nos encaramamos”.

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