Opinión

Autor: Carlos Molina Velásquez

08:26 am
29
Oct
2010

La nota periodística dice que la mujer fue encerrada en una bodega por los vigilantes del supermercado, quienes la acusaban de hurtar mercadería, y que murió electrocutada al tratar de escapar. Naturalmente, el hecho ha generado indignación, aun cuando hay quien trata de minimizarlo diciendo que es un “caso aislado”. Pero sucede que el supermercado no es sólo el del barrio salvadoreño de Mejicanos. La tragedia (individual, familiar) es una “puesta en escena” de algo que nos involucra a todos y está en la raíz misma de nuestra existencia. Habiendo hecho de este mundo un supermercado, ¿por qué nos extraña que las personas paguen con su vida?

En primer lugar, respondamos a la cuestión de por qué lo sucedido es una injusticia. Se ha dicho que la mujer había robado. Entonces, más de uno dirá que, por el contrario, se trata de justicia: recibió su merecido. Aunque quizás se añada que se trató de un “exceso de justicia” o de un castigo “demasiado riguroso”. Hay algo verdaderamente monstruoso asomando detrás de estas (probablemente bien intencionadas) afirmaciones, algo que pertenece al mismo orden de quien dice que “no es justo, porque no era proporcional el castigo” o “a los guardias se les pasó la mano”, ya que en ese caso estaríamos juzgando lo sucedido como un “exceso” de la ley, cuando realmente se trata de “su norma”.

Algo similar sucede si nos ponemos a escudriñar entre parientes, compradores y empleados, tratando de resolver el misterio de “si la mujer efectivamente robó o sólo fue un error”. Esto supondría que, si no robó, la muerte de la mujer ocurrió porque hubo una equivocación: un error que consiste en que se trata de la muerte “de una inocente”. Pero lo que obtenemos como consecuencia de lo anterior es aún más monstruoso, ya que estaríamos poniendo en el primer plano el hecho (secundario) de que erraron al confundirla con una ladrona, mientras dejamos en segundo plano la auténtica clave del crimen: los guardias “saben” que pueden aplicar la ley, incluso hasta las últimas consecuencias, con lo que se justifica la muerte de quien “se sospecha” que ha infringido la ley.

Es secundario si la mujer robó o no lo hizo. Al menos para nuestro análisis, debemos liberarnos de las limitaciones del enfoque basado en el “error de percepción” (“yo creía que llevaba algo robado, pero me equivoqué”, etc.) y concentrarnos en la ley que dice: “Ahí va un culpable, ¡mátalo!”. ¿Es que no tenemos claro que para la ley no hay nadie, absolutamente nadie, que sea inocente? Si a alguno se le ha olvidado esto, fíjese en las cámaras que lo filman, los guardias que lo persiguen entre los anaqueles y la perfectamente estudiada “pregunta” de la cajera: “¿Está seguro de que es el precio del producto o usted le cambió la etiqueta?” No es ninguna pregunta, sino clara inculpación.

Pero decir que la ley mata no es suficiente, hay que decir por qué lo hace. Por ello será preciso que aclare el (intencionado) equívoco que circunda a mi argumentación: cuando me refiero a “la ley”, no estoy pensando únicamente en las leyes (que también tienen su parte dentro de la tragedia), sino en La Ley, el mandato absoluto que se encuentra a la base del mundo contemporáneo. Este mandato es el de La Ley del Valor, la orden que nos dice “¡Compra!”. La Ley que pide “justicia infinita” (Bush Jr.) impone “sanciones” que llegan hasta las últimas consecuencias, convirtiendo el sufrimiento de los seres humanos en “daño colateral” (recordemos Afganistán, Irak, y ahora Irán y el pueblo palestino). Si el orden —no cualquier orden, sino el que exige mayúsculas: El Sistema— se mantiene, bien vale unos cuantos muertos… o muchos, pero sólo “si es necesario” (Franz Hinkelammert).

La Ley del Valor, la del Mercado Total, mata porque se sitúa por encima de cualquier otra consideración. La Ley revoluciona el orden de las cosas —sí, efectivamente, la burguesía es “revolucionaria”, como bien dijera Marx—y exige sangre de los sujetos vivos para alimentar a La Mercancía. Precisamente, la libre circulación del dinero debe ser alimentada “sin tregua y sin respiro” (Walter Benjamin), y los alegres participantes en el mercado —consumidores de pedigrí diverso y aspirantes entusiastas al consumo— tenemos que proporcionarle “su oxígeno”, o lo que es lo mismo, “nuestra sangre”. La vida del mercado es el alma de la gente.

Ahora bien, ¿cómo se “naturalizan” los sacrificios humanos en el altar de los (Super) Mercados? ¿Cómo se convierten en algo “de sentido común”? El auténtico reverso del mandato absoluto (¡Compra!) es la absoluta prohibición de proporcionar alimentos, salud, en fin, vida, a quien no puede comprar. Lo único que La Ley ordena proporcionar al sujeto viviente es “el deseo y la necesidad” de consumir, pero no los recursos para hacerlo con libertad y en función de sus auténticas necesidades. Y las leyes (en plural) se hacen eco de este Sistema Infame: su misma estructura formal les impide decirnos lo que debemos hacer y sólo nos dicen lo que no está permitido: “no robes, no mates”. Nunca escucharemos: “proporciona alimento al hambriento”. Y la trampa funciona a la perfección: “Debes impedir que vengan a robar, ¡pero no puedes obligarme a pagar más impuestos!”.

Si alguien quiere hacer algo más que expresar compasión por la mujer que murió, un buen camino es que tratemos de pensar por qué nos resulta tan fácil preguntarnos si ella robó o no lo hizo, mientras pasamos por alto esta otra cuestión: ¿Por qué el presunto ladrón tiene que morir? Todos deberíamos ser “inocentes en principio” y no culpables en principio, como ordena la lógica perversa de La Ley. Esta inversión, la subversión del mandato perverso, es el verdadero “rescate de valores”, y no toda la palabrería que se acostumbra vomitar sobre el tema. El “valor” que hay que rescatar es el principio de reproducción de la vida humana, situándolo como criterio que juzgue a La Ley del Valor y a cualquier otra ley. Poner lo humano en el centro, en lugar del mercado. Eso es lo que nos hace falta.

 

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