Opinión

Autor: Beltrán Haddad

09:50 am
03
Ago
2015

La idea concusionaria no tiene ningún parecido con doctrina filosófica alguna. Es sencillamente la imagen o representación que se tiene de aquel funcionario público que, abusando de sus funciones, amenaza o infunde temor a cualquier persona para quitarle dinero. Son los que se valen del poder para enriquecerse con el temor de los demás. Son los “matraqueros” o el que te pega la “mordida” en cualquier oportunidad y te deja pagando porque no tienes otra salida. Es el delito de concusión. La norma lo describe como el funcionario público que constriña o induzca a alguien a que le dé una suma de dinero o cualquier otra ganancia. El concusionario es un viejo salteador, ahora en calles, avenidas y oficinas. Para el jurista italiano Francesco Carrara representa la idea de sacudir un árbol para hacer caer sus frutos.

Pero les cuento algo con relación a este delito porque hay que tenerlo presente, recordarlo para que no se nos olvide y no caer, sorpresivamente, en sus redes. Es corrupción pura y de vieja data. El autor colombiano Luis Carlos Pérez nos dice en su obra que la víctima de concusión cede por el temor a la autoridad. Luego nos narra un histórico ejemplo de exigencias que avasallan la voluntad. Se refiere al caso denunciado por Carlos Lesseps, hijo de Fernando, iniciador del Canal de Panamá, de haber entregado una gran cantidad de dinero a un ministro y ante tal gravedad de la denuncia, se abrió esta escena del debate cuando el fiscal se vuelve contra Lesseps. El defensor contraatacó y alegó: “Las sumas pagadas por el señor Lesseps al ministro B. le fueron exigidas”. El juez observó al defensor y le dice: “Pero no se las quitaron por la fuerza, sino que fueron pagadas voluntariamente”. Lesseps aclaró: “Sí, tan voluntariamente, señor juez, como le entrega uno su bolsa a un salteador de caminos”. El juez le contesta: “Sí, señor Lesseps, pero cuando a uno un ladrón le exige la bolsa, lo que debe hacer es ir a quejarse al gendarme más próximo”. Lesseps mira al juez y le responde: “Eso es cierto, señor juez, ¿pero si resulta que el ladrón es precisamente el gendarme?

Les advierto que en el delito de concusión es donde se expresa con mayor crudeza el temor que infunde el funcionario público para obtener, con el abuso, provechos ilícitos. Es el temor que te infunde el ladrón.

 

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