Opinión

Autor: Beltrán Haddad

02:11 pm
23
May
2016

Ahora les cuento una triste historia que no se puede olvidar: este país vivió más de 40 años en estados de excepción (…)

No hay razones para mortificarse o rasgarse las vestiduras en estos tiempos de “estados de excepción”, porque la nueva Constitución, la originada en el primer gobierno de Chávez, trae como ninguna otra las excepciones dentro de los estados de excepción. Es decir, en el mismo capítulo se señalan los derechos que no pueden ser suspendidos o restringidos en circunstancias extraordinarias que afecten gravemente la seguridad de las personas, de la nación o de las instituciones. Ellos son, aparte de los señalados en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y en la Convención Americana sobre Derechos Humanos, el derecho a la vida, prohibición de incomunicación o tortura, el derecho al debido proceso, el derecho a la información y los demás derechos humanos intangibles. Estos derechos no pueden ser tocados. Hoy, Venezuela es quizá el único país que en estado de excepción no puede, ni siquiera, suspender o restringir el derecho a la información, por ejemplo.

Ahora les cuento una triste historia que no se puede olvidar: este país vivió más de 40 años en estados de excepción, sin importarle a esos gobernantes los principios de estricta necesidad y de temporalidad. La excepción se convirtió, paradójicamente, en “regla” de vida para todos. Aquella fue una época de barbarie en nombre de la “democracia representativa”. Fue doloroso que muchos de mis compañeros de la UCV y de otras universidades, trabajadores e intelectuales, junto a la gente pobre, fueron perseguidos, torturados, muertos o desaparecidos en suspensión de garantías.

No comulgo con los estados de excepción, pero viendo la motivación en los “considerandos” del decreto de Maduro y la necesidad de las medidas adoptadas, el principio de estricta necesidad hace que dichas medidas sean oportunas ante la crisis. Hacer lo correcto es asegurar a la población el disfrute de sus derechos y preservar el orden interno y, en lo inmediato, el acceso de todos a los bienes y servicios enfrentando la inseguridad, las acciones económicas distorsivas, como el “bachaqueo”, el acaparamiento, el aumento desproporcionado de los precios y la inflación. Si esto no se logra, no tendría sentido hoy el estado de excepción. Pero sí se puede, sin olvidar a Chávez ante las circunstancias de nuevas dificultades, del tamaño que fueran.

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