Opinión

Autor: Alberto Aranguibel B

09:33 am
13
Ene
2016

La ideología (si así pudiera llamársele) en la que se sustenta la oposición venezolana no es nada compleja. Su simpleza filosófica deriva del carácter revanchista que la inspira. Con lo cual su sustrato teórico, antes que un compendio de postulados económicos o políticos, es más bien un manual de la buena conducta antichavista.

La ex diputada de Panamá, María Machado, expresaba muy bien esta modalidad de filosofía política en una rueda de prensa en la que le preguntaron qué haría ella de llegar al poder, a lo que respondió tajante y sin titubeo alguno: “Todo lo contrario de lo que hace el Gobierno actual”. En esa confrontación, su enemigo está más que perfectamente definido.

Quienes votaron durante más de tres lustros por la propuesta revolucionaria impulsada por el comandante Chávez y hoy continuada por el presidente Maduro, son en definitiva los causantes de todas las penurias y amarguras de la derecha venezolana y de su militancia en pleno.

“Tierrúos”, “desdentados”, “hordas”, “chaburros” y “maburros”, son solo algunos de los epítetos antichavistas preferidos por esa gente que se autodefine como “decente”, “culta” y “bien hablada”, tal como se le ha escuchado infinidad de veces no solo a derechistas pata en el suelo en cualquier restaurante del Este de Caracas, sino a los mismísimos dirigentes de la oposición a cada rato.

Ramos Allup, por ejemplo, cuando les dice a voz en cuello a los humildes integrantes del cuerpo de Policía Nacional que resguardan las adyacencias del Capitolio, que el pueblo que se reúne en la esquina caliente en la plaza Bolívar de Caracas, al que acusa de “agresores de todo el que medio sepa leer y escribir” (con lo cual los proscribe de entrada por su supuesta condición de iletrados), es solo una cantidad de “malvivientes de donde salen los criminales que asesinan a la población”, lo que dice es que los pobres son para él exactamente lo mismo que un excremento, al que hay que evacuar por el inodoro como cualquier inmundicia.

Es lo mismo que dijo de los pobres la oligarquía a través de la historia, solo que edulcorado con el tonito betancuriano tan repugnante que caracteriza a todo dirigente adeco.

Para esa gente hasta ayer el pueblo era “el elector”. Hoy vuelve a ser “el enemigo histórico”.

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