Opinión

Autor: Earle Herrera

09:44 am
31
Jul
2015

Solo tres veces negó Pedro a Jesús, pero a Pedro Carmona todavía lo siguen negando los golpistas de 2002. Resultó una vil mentira la exclamación “te queremos, Pedro”, la misma que perforó hasta el rubor el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores aquel mediodía de interesados y oportunos afectos. Por eso, el auto juramentado escribió un libro donde deja en evidencia a los que lo negaron mil veces después del canto de los patarucos.

En descargo del escueto dictador, la genética política registra su marca indeleble en la derecha criolla: todos lo envidian porque, aunque todos lo han intentado por atajos cruentos e incruentos, Carmona es el único que dio un golpe exitoso, aunque fugaz. El ex jefe de Fedecámaras estuvo en el poder, se auto juramentó presidente, derogó la Constitución, le quitó el nombre de Bolivariana a Venezuela, recibió a los embajadores de Estados Unidos y España, se le arrodillaron solícitos los dueños de los medios, designó ministros a diestra y siniestra, destituyó a diputados principales y suplentes, eliminó los poderes públicos y esperaba la visita de la OEA, la mismita que hoy gerencia un tal Almagro.

Después de Pedro el Breve, la oposición es un rosario de derrotas electorales, incluyendo un referéndum revocatorio contra el presidente Chávez que resultó abrumadoramente aprobatorio. Con sangre y muertes, la derecha ha refrendado sus fracasos por la vía violenta. De nada le ha servido todo el apoyo político y financiero de potencias extranjeras. A estas alturas de reveses, a Pedro ya no lo niegan, lo envidian, con el rencor acumulado de Caín.

La MUD, cada cierto tiempo, exterioriza sus añoranzas de la Carmonada. Su carismático secretario recoge el sentimiento colectivo de la derecha cuando convoca ruedas de prensa nada más para amenazar con disolver los poderes públicos. Antier volvió a reunir a los medios para anunciar que de ganar (la vida es sueño, cantó Calderón de la Barca), dejarán a Maduro sin ministros mediante la aplicación masiva de votos de censura. A estas lucubraciones los jóvenes le dan un nombre, pero prefiero autocensurarme con un punto y final.

 

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