Opinión

Autor: Beltrán Haddad

09:18 am
23
Feb
2015

El pasado miércoles, aquel hombre vestido de verde, con su bolsita en la mano, estuvo asediado por el odio y por la muerte. Era un joven de la Guardia Nacional de transeúnte en Chacao, sitiado, vejado y golpeado bajo la amenaza de muerte por un grupo de manifestantes “pacíficos”. Le gritó uno de ellos: “Te voy a levantar a tiros”. En la televisión se pudo observar la situación de indefensión en que se encontraba la víctima y su rostro aterrorizado. Ese acto de barbarie fue un puntillazo del odio que ahora arrecia a campo abierto desde la desesperación. Es el mismo odio que tiene su fuente en la exclusión. Es el odio al diferente, al pobre o al marginado, que antes ocultaban bajo una ficción de “igualdad” y que hoy se convierte, como en Chacao, en violencia de “guarimbas”, tragedia y muerte.

Dije una vez en este espacio que los odios políticos e ideológicos en América Latina han dejado secuelas trágicas y muchas de ellas espeluznantes. Esto no debemos olvidarlo. Son consecuencias trágicas e impredecibles. No es el caso o el arte de contarlas en historias, como diría Jorge Luis Borges, sino el solo pensar que muchos seres las vivieron en estremecimiento de cuerpo y alma.

Lo que le sucedió al joven guardia nacional en Chacao le puede suceder a cualquiera que ellos vean diferente. En esta oportunidad la solidaridad humana del dueño o empleado de un local comercial le dio protección al guardia contra el odio desatado. Pero queda la preocupación de algo que está allí, que se oculta y de repente brota, sin límites, tal como lo vimos en la televisión. Eso se percibe cuando hablan o cuando escriben envenenados por el odio, sin la posibilidad de buscar la verdad. Es un odio enfermizo y desmedido hacia los que piensan diferente, trae violencia y genera miedos porque se trata de intolerancia, de racismo y discriminación. Más grave aún, niega todo y no ve nada desde un sector opositor que tomó el camino de la irracionalidad, de una violencia callejera que no respeta la vida de los demás. ¿Por qué no podemos dialogar y respetarnos como iguales en derechos y deberes, manteniendo nuestras diferencias y contra la cultura del miedo y la violencia? Ese día, una persona que pasaba por el lugar, a riesgo de su integridad física, preguntó por lo que estaba sucediendo, y otra le respondió: “Es el odio, señor…”.

 

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