Opinión

26
May
2015

Votó España, y cambió fuertemente el mapa electoral de aquel país. Algunos puntos importantes para analizar estas elecciones municipales, que abren la puerta a una nueva etapa política en aquel país:

a) El PP retrocedió de forma contundente: perdió más de 2 millones y medio de votos respecto a las elecciones de 2011. Significa un duro “voto castigo” al oficialismo, que se expresó fuerte en los principales distritos urbanos del país, y que tiene que ver con la grave situación económica que vive España -en especial en relación a los sectores más jóvenes, aquellos que han apoyado más decisivamente la irrupción de nuevas fuerzas que han planteado una agenda de cambio-, y con numerosos casos de corrupción ligados directamente con la cúpula del PP -entre ellos, el caso de Rato, ex vicepresidente de Aznar y ex directivo del FMI-. El titulo del diario El País del lunes post elecciones fue claro en cuanto aquel retroceso, al afirmar que “El desplome del PP provoca un vuelco a favor de la izquierda”. Indudablemente, buena parte del voto “indignado” que solía orientarse hacia las formaciones tradicionales fue hacia las nuevas organizaciones emergentes.

b) El 52% que consiguen PP y PSOE sumados representa casi 20% menos que el 71.5% que ambas fuerzas consiguieron en las elecciones municipales de 2007. La erosión electoral de ambas formaciones es indudable, pero se ha sentido más en la clásica formación conservadora. Es decir: mientras el PP se desplomó, el PSOE logró una “caída controlada”, con una merma de aproximadamente 800 mil votos a nivel nacional respecto a 2011. El haber ensayado un discurso más enfocado en el cambio que en la continuidad, y una renovación dirigencial realizada en los últimos dos años, con la llegada de Pedro Sánchez a la Secretaria General del partido, le brindó cierto oxigeno a la tradicional formación de centroizquierda. Sin embargo, de cara a las generales también parece cierto el diagnóstico que plantea Pablo Iglesias tras la elección: “la denuncia de la corrupción como modelo económico y político de las élites que encarna el PP, dicotomiza el escenario electoral y sitúa la elección entre continuidad y cambio en los términos en los que nos interesa. Aquí es el PSOE el que no puede competir con nosotros”. Los próximos meses brindarán mayores elementos para comprender este punto.

c) La activista antidesahucios -contra los desalojos- Ada Colau fue una de las grandes triunfadoras del 24 de mayo pasado. “No ha sido fácil: nos difamaron, nos calumniaron”, fueron parte de sus palabras tras conocer los números que la convertían en la nueva alcaldesa de Barcelona. Es que buena parte de los medios hegemónicos españoles intentaron esmerilar el crecimiento de las nuevas fuerzas, en un ejercicio que hicieron con especial énfasis sobre Podemos desde su vertiginoso ascenso en encuestas. Así, día a día, diarios como La Razón, ABC y el propio El País se explayaban con ríos de tinta sobre Juan Carlos Monedero e Íñigo Errejón, preparando el terreno para luego hacer lo propio con Iglesias. ¿El objetivo? Esmerilar a Podemos y su marco de alianza del espacio de los “indignados” desde su nacimiento, endulzando asimismo a una organización que ya tenía varios años de formación, como Ciudadanos, que sin embargo rindió muy por debajo de sus expectativas previas, y de lo que anunciaban diversos sondeos. Aquí se puede afirmar la siguiente hipótesis: la votación del 24M también agarró a contramano a buena parte de la prensa hegemónica española, que pronosticaba una mala elección de Podemos -en base a sus expectativas iniciales- y una arrasadora performance de Ciudadanos.

d) Madrid, el otro epicentro del nuevo escenario político en España. Suele decirse que una buena votación opositora en la ciudad capital de un país puede comenzar a cambiar el mapa electoral del mismo. La gran elección de “Ahora Madrid”, personificada en la figura de la ex jueza Manuela Carmena, abre el panorama para un gobierno de izquierda en aquella ciudad. Será importante que se cumplan, entonces, las principales medidas propuestas en campaña: la paralización de los desalojos, la puesta en marcha de un plan de empleos, y la ampliación de derechos sociales e inclusión, algo que, tal como a nivel nacional, tampoco cumplió el gobierno local del PP, encabezado por Aguirre. En el programa televisivo La Tuerka, conducido por Juan Carlos Monedero, uno de los fundadores de Podemos, se hizo hincapié en una idea previa a los comicios: “lo que suceda en Madrid y Barcelona no va a tener sólo repercusión en España, sino también en la Unión Europea”. Se trata, ni más ni menos, que de demostrar que se puede gobernar para las mayorías dejando atrás las políticas de la autoproclamada “austeridad” -un eufemismo para encubrir políticas de exclusión-.

e) La magra votación del PP -a nivel cuantitativo y cualitativo- puede reabrir pujas internas, intentando buscar nombres que expliquen semejante retroceso. El partido oficialista español no muestra una nueva camada de cuadros generacionales de relevo, por lo cual su situación es aún más grave -y más incierta-. Un ejemplo de ello: Mariano Rajoy irá a las elecciones generales de fines de 2015 con candidatos de otra generación. Pablo Iglesias (Podemos), Pedro Sánchez (PSOE), Albert Rivera (Ciudadanos) y Alberto Garzón (IU) representan una nueva camada de cuadros políticos: algunos intentando “refrescar” viejas estructuras partidarias anquilosadas, otros pujando por abrir paso a las nuevas fuerzas emergentes, todos competirán para llegar a la presidencia. En el PP el escenario es más complejo: buena parte de los derrotados el 24M pertenece a la propia generación de Rajoy -en especial Esperanza Aguirre y Rita Barberá, quienes perdieron en Madrid y Valencia, respectivamente, perdiendo gran “poder de fuego” al interior del partido-. La repentina “vuelta” de José María Aznar, semanas antes de las elecciones, graficó el momento de desconcierto generalizado que la histórica formación conservadora española afronta.

f) Sin dudas, la previa a las elecciones generales tendrá ahora un condimento adicional tras la votación a la que España acaba de asistir. La llegada de los “indignados” a la política grande de España no pudo haber sido más vertiginosa: en pocos años se han hecho del control de las principales ciudades de aquel país, para llevar desde allí adelante una política diferente, inclusiva. Se trata, ahora, de que los primeros cien días de aquellas experiencias de gestión local puedan servir de ejemplo de lo que significaría un gobierno español posneoliberal, que tome las mejores enseñanzas de lo hecho en América Latina en la última década y media. Estas nuevas formaciones, entonces, afrontan la posibilidad de seguir creciendo de cara a las elecciones generales, que tendrán lugar en noviembre. ¿Seguirá España el ejemplo de Syriza en Grecia, quien fue “de menor a mayor” en las elecciones, pero ya gobierna con Alexis Tsipras? Esa es la pregunta del momento en el Viejo Continente, donde empieza a verificarse que estas nuevas formaciones resultan importantes herramientas catalizadoras del descontento popular a la actual forma de hacer política en “los países del Sur” de la Unión Europea. Noviembre dirá si los “indignados” finalmente pueden consumar el cambio también en el plano nacional.

 

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