Opinión

Autor: David Brooks

02:32 pm
05
Nov
2015

Estados Unidos ya está iniciando el decimoquinto año desde que inició estas guerras, las más largas de su larga historia guerrera. Un joven de 15 años en este país ha vivido toda su vida con la guerra, ha sido educado por los líderes del país en que la guerra es la respuesta, que la sangre de ajenos, incluso de otros jóvenes de su edad en otros países desconocidos, tiene que ser derramada con fines de lo que le aseguran que es la seguridad nacional, para defender algo llamado libertad, derechos humanos, democracia y hasta en nombre de la paz.

El premio Nobel de la Paz Barack Obama anunció el viernes pasado que enviará unos 50 elementos de fuerzas especiales a Siria, pero aseguró que son sólo asesores y que no participarán en combates. A la vez, se reportó que más aviones de ataque se están enviando a Turquía para lo que se espera sea una intensificación de los bombardeos en Siria. Al mismo tiempo, se está elevando la cooperación con el gobierno de Irak –donde Obama ha enviado unos 3 mil 500 efectivos– para atacar a Isis (también conocido como Estado Islámico) en ese país. En una noticia menos conocida, su gobierno también envió hace unos días los primeros de unos 300 efectivos a Camerún para ayudar en la lucha contra Boko Haram en la frontera con Nigeria. Anteriormente avisó que tropas estadunidenses (un mínimo de 5 mil 500 militares) tendrían que permanecer más tiempo en Afganistán más allá de 2016.

En un día dado del año, las tropas más elitistas de Estados Unidos pueden estar presentes en 70 a 90 países. En total, estas fuerzas ya numeran casi 70 mil (eran 33 mil en 2001).

El hombre que prometió –como candidato y después como presidente– que pondría fin a las guerras estadunidenses y que las tropas regresarían a casa, hoy es sólo un comandante en jefe más que en nombre de la paz, los derechos humanos, etcétera, etcétera, está obligado a continuar las guerras.

En el caso de Siria, es la primera vez que se despliegan tropas estadunidenses para quedarse en ese territorio. Esta es la intensificación de una estrategia que el presidente anunció hace más de un año, afirmó su secretario de prensa, con la esperanza de que nadie recordara que Obama había proclamado en 2013: no pondré botas estadunidenses sobre el terreno en Siria. Igual, el año pasado Obama declaró que no volverían tropas de Estados Unidos al combate en Irak, pero recientemente su gobierno tuvo que admitir que ha ocurrido lo contrario, con un militar estadunidense muerto en combate en ese país la semana pasada.

La justificación es la lucha contra el Isis en Irak y Siria. Los bombardeos y las fuerzas financiadas por la CIA no han logrado frenar una crisis creciente en la que Estados Unidos primero trataba de promover el derrocamiento del presidente sirio –lo cual abrió un espacio de maniobra para el Isis en Siria– y ahora parece haber decidido que el Isis es el enemigo prioritario. A la vez, Rusia e Irán, hasta recientemente enemigo de Washington, ahora son como aliados incómodos en este frente. Algo así; ya nadie sabe bien contra quién estamos luchando.

A la vez, hay preocupación de que los estadunidenses en Siria pudieran encontrarse en fuego cruzado con los rusos, sobre todo por la intensificación de los bombardeos ordenados por Moscú.

Para confundir a todos un poco más, el vocero del mandatario afirmó que el presidente ha sido bastante claro en que no hay una solución miliar a los problemas que afectan a Irak y Siria. Hay una solución diplomática. What?

El uso de fuerzas especiales, junto con las misiones permanentes de los drones, se ha vuelto parte de lo que podría llamarse la doctrina de guerra Obama.

De hecho, las fuerzas de operaciones especiales sólo del ejército, los boinas verdes, se han empleado en misiones de varios tipos en 135 de los 195 países del mundo en el transcurso de la última década, informa el sitio de Internet del comando de fuerzas especiales del ejército de Estados Unidos. Pero eso no incluye las fuerzas especiales de otras ramas militares. El vocero del comando de operaciones especiales afirma que éstas fueron desplegadas en 147 países sólo en 2015, un récord por mucho, reporta Nick Turse en TomDispatch. Señala que en un día dado del año, las tropas más elitistas de Estados Unidos pueden estar presentes en 70 a 90 países. En total, estas fuerzas ya numeran casi 70 mil (eran 33 mil en 2001).

Turse escribe que estas fuerzas llevan a cabo operaciones completamente desconocidas a los estadunidenses que pagan los impuestos para financiarlas, operaciones conducidas lejos del escrutinio de los medios y cualquier tipo de supervisión externa significativa. Cada día, alrededor de 80 o más países que el comando de operaciones especiales no identificará, realizan misiones acerca de las cuales el comando rehúsa hablar. Existen en un mundo secreto de siglas obtusas y esfuerzos en tinieblas, de misiones misteriosas mantenidas en secreto del público estadunidense, ni hablar de la mayoría de los ciudadanos de las 135 naciones donde han sido desplegadas este año.

Como si no fuera suficiente, ahora somos testigos de un juego peligroso en el que buques de guerra estadunidenses retan a las fuerzas militares chinas en territorio disputado –una cadena de islas artificiales– en el mar del sur de ese país. China advirtió a Washington de pensarlo dos veces antes de realizar acciones irresponsables. Todo bajo la justificación de defender la libertad de navegación.

Estados Unidos ya está iniciando el decimoquinto año desde que inició estas guerras, las más largas de su larga historia guerrerista.

Nadie puede contar el número de víctimas, pero son suficientes para que los jóvenes de 15 años de edad expliquen a todos los comandantes en jefe, y a sus grandes equipos de estrategas y todos los políticos que les encanta enviar a los hijos de otros a matar y morir, que, en su experiencia (y la realidad empírica), hasta donde van en esta vida, parece ser que estas guerras siembran más inseguridad y generan más violencia, anulan la libertad, son una magna violación de todos los derechos humanos, aplastan cualquier principio democrático y, obvio, matan la paz.

Tal vez ya ocurrió lo peor y la guerra ya se volvió parte de la normalidad cotidiana en este país. Ojalá los quinceañeros rechacen esta versión de su futuro.

La Jornada

 

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