Opinión

Autor: Gennaro Carotenuto

09:50 pm
06
Ene
2012

El 1 de enero de 1999, hace 13 años, las históricas monedas europeas, algunas con siglos de vida, como el dracma griego, la lira italiana, la peseta española, el marco alemán y el franco francés, terminaron de fluctuar entre ellas, bloqueadas a cambios estables.

Era el real nacimiento del euro, que tres años más tarde dejó de ser una moneda virtual para entrar en el bolsillos de cientos de millones de personas. Esa “materialización” ocurrió hace diez años exactos, el 1 de enero de 2002. El italiano Romano Prodi, entonces presidente de la Comisión Europea, compró un ramo de rosas para su esposa pagando con la nueva moneda. Parecía el inicio del fin de la división de gran parte de Europa. Decenas de guerras, incluyendo las dos conflagraciones mundiales, se combatieron en pos de unificar el llamado viejo continente bajo un mismo mando, desde Julio César hasta Carlomagno, desde Napoleón hasta Adolph Hitler. Al final del siglo xx, la que pareció lograr esa unidad fue la economía, la unión de los mercados, la moneda que se adelantaba –pero sólo un poco, se pensaba– a la unión política de un continente unido por más cosas de las que lo habían dividido hasta entonces.

PROMESAS DEL DESASTRE

Diez años después, y casi veinte desde que se estrenó el mercado único continental, no sólo la unión política de Europa está más lejos, sino que la misma Europa del mercado común vive sus momentos más difíciles. Tanto que el mismo euro –según algunas Casandras, especialmente de habla inglesa– podría no sobrevivir a 2012. Para entender por qué pasó esto hay que citar algunos eventos lejanos. En 1963 y en 1967 por dos veces Charles de Gaulle, el mítico dirigente de la Francia libre en la Segunda Guerra Mundial, vetó la entrada de Gran Bretaña en las organizaciones comunitarias: sólo sin británicos –pensaba– Europa hubiese podido ser amiga y no subordinada a Estados Unidos. Finalmente Gran Bretaña logró ser aceptada en el club que entonces estaba limitado a los seis fundadores (Alemania, Francia, Italia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo) en 1973. En los 40 años siguientes la presencia de Londres siempre fue un obstáculo al proceso de unificación política europea. En la última década la entrada de antiguos países comunistas –hoy firmes aliados de Estados Unidos–, como Polonia y República Checa, fortaleció la posición británica. En 2003 la aventura bélica iraquí a la cual se opusieron Francia, Alemania y la mayoría de los más antiguos miembros de la Unión representó un quiebre importante: en los siguientes tratados el tinte neoliberal que domina la construcción comunitaria dejó en un segundo plano la postergada construcción política.

Antes de eso, mientras los flamantes euros salían de las bóvedas para empezar a ser distribuidos entre los ciudadanos, el 11 de diciembre de 2001 China entraba en la Organización Mundial del Comercio (OMC). La retórica de entonces era que la globalización traía beneficios inmensos a los países ricos que dominaban el escenario. Quizás las empresas lograron beneficios, aunque mínimos, al mudarse a China y otros países con condiciones laborales y sindicales no comparables con las existentes en Europa occidental, pero la gente común, los europeos de a pie, desde ese entonces empezaron a pagar el precio mientras las finanzas cobraban las rentas de la globalización. Europa, de hecho, agrandándose hacia su oriente tenía la oportunidad de utilizar las asimetrías (incluyendo las peores condiciones sindicales y los sueldos bajos de países como Rumania) para crear un área cohesionada y el mercado interno más grande y más rico del mundo, incluyendo Estados Unidos. Sin embargo, tanto la enemistad hacia una Europa política de los aliados angloestadouniden­ses, como la adhesión ideológica al modelo neoliberal que imponía la total apertura de los mercados a China, vaciaron de contenido la ampliación al este. Sumando euro y política, la Unión Europea hubiese podido ser un centro propulsivo de un mundo multipolar. Aunque descartando por completo las críticas demagógicas contra el euro de los ambientes populistas de derechas, hasta ahora –simplemente– la incapacidad de Europa de progresar está dando la razón a quienes temían –con críticas prudentes y oportunas– que la Unión Europea terminara siendo una herramienta más para la economía especulativa y para el dominio de la especulación financiera sobre el mundo del trabajo.

EL SHOCK DE 2008

En rubros distintos, tanto la moneda única como la ampliación hacia el este hacían percibir este proceso como un reto histórico. Sin embargo se dejaban en la sombra las dificultades, tanto las distancias sociales y económicas entre países tan distintos como Luxemburgo y Bulgaria, como los continuos golpes neoliberales que liberalización tras liberalización derretían la única fuerza cohesiva de las sociedades europeas: el costoso Estado de bienestar. Las consecuencias de la globalización durante largos años quedaron bajo la alfombra, como un virus inoculado pero que aún no manifiesta la enfermedad. Durante por lo menos seis de sus diez años de vida el euro fue la moneda más estable del mundo, predestinada a sustituir al dólar estadou­nidense como referencia mundial. Hasta 2008, el área de la moneda común, la llamada “eurolandia” o “eurozona”, mantuvo un crecimiento medio del 4 por ciento nominal (2 por ciento real con 2 por ciento de inflación), algo positivo para economías hiperdesarrolladas.

La crisis explotó para Estados Unidos en el verano boreal de 2008 con el petróleo que subió a 150 dólares por barril y la quiebra de Lehman Brothers. Sin embargo fue la superestructura neoliberal que Europa construyó encima de su edificio la que se cayó a pedazos. Modelos económicos considerados de éxito, como los de España e Irlanda, se revelaron gigantes con pies de barro: bajar los impuestos para atraer inversiones y expandir el crédito con escasas o ninguna garantía no soluciona todo, o por lo menos no ofrece soluciones a largo plazo. El Estado, que debía desaparecer bajo el nuevo orden dictado por el mercado, volvía a ser indispensable como prestamista de última instancia para bancos que no habían controlado a quién y cómo prestaban dinero. Los sufrimientos bancarios eran tan grandes que los estados nacionales ya no alcanzaban para salvar a nadie. En el momento de intervenir masivamente en defensa de la eurozona, el país más fuerte, la Alemania gobernada por la demócrata cristiana Angela Merkel, se espantó: la falta de una Europa política la obligaba a razonar todavía como gobernante alemana, y sin embargo las circunstancias históricas le pedían accionar como presidente de un continente.

Países menores como Grecia admiten hoy haber manipulado las cuentas para ser admitidos en la moneda única. ¿Por qué, se preguntaban los electores alemanes, deben salvarlos del default los impuestos pagados por gente de Hamburgo o Berlín? Otros países del área euro, Portugal, Bélgica, Italia, y más allá Francia, no pueden con todo: respetar los parámetros que permitieron armonizar las economías para ser admitidos en la euro zona, seguir liberalizando y abriendo sus mercados, defender puestos de trabajo y Estado de bienestar y no caer por los golpes de la especulación bursátil. De los 17 países que adoptaron el euro, siete vieron caer sus gobiernos –tanto de centroderecha como de centroizquierda– por causa de la crisis: en Irlanda Brian Cowen, en Portugal José Socrates, en Eslovaquia Iveta Radicova, en Grecia Georgios Papandreou, en Italia Silvio Berlusconi, en Eslovenia Borut Pahor y en España José Luis Rodríguez Zapatero. En varios de estos países, entre ellos Italia y Grecia, en lugar de gobiernos electos hay gobiernos técnicos, dirigidos por economistas, de impostación rigurosamente neoclásica. Así una crisis causada por las consecuencias del shock neoliberal en economías ricas, se cura con más neoliberalismo. Es una suspensión de la democracia, sostienen los críticos; no hay otra, les contestan en un debate francamente deprimente. La misma fortaleza del euro, especialmente en relación con el dólar, dificultó las exportaciones del continente agrandando las dificultades y el desempleo. Afuera, especialmente en Londres y en Wall Street, el euro sigue teniendo enemigos listos a destapar las mejores botellas para celebrar su muerte. Sin embargo en las últimas semanas, con extremas dificultades debidas a la falta de instituciones políticas, se va acordando un fondo multimillonario que debería proteger la moneda única europea. No sabemos si sobrevivirá al difícil 2012 que la espera, sin embargo sabemos que sin política no hay democracia y que los mercados no pueden con todo.

Quién es quién

El euro fue adoptado inicialmente por 11 países: Alemania, Austria, Bélgica, España, Finlandia, Francia, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Países Bajos y Portugal. Antes de que empezara a circular materialmente se sumó Grecia. Sucesivamente se unieron Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia y Malta. También es la moneda oficial de Andorra, Ciudad del Vaticano, Kosovo, Montenegro, Mónaco y San Marino. Entre los países más importantes miembros de la Unión Europea que no adhirieron al euro están Reino Unido, Polonia y Suecia.

Autor: Gennaro Carotenuto
Fuente: Brecha
 

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