Opinión

Autor: Beltrán Haddad

12:46 pm
06
Jul
2015

En estos días oí la más grave y reprochable manifestación de racismo que haya podido escuchar en los últimos tiempos. Dos opositores al gobierno conversaban su desacuerdo con el reglamento del Consejo Nacional Electoral que les exige a los partidos políticos la presentación de sus candidatos a diputados en paridad de género.

Esa grabación dada a conocer en el programa de Diosdado, Con el mazo dando, no es otra cosa que la inmundicia de una conversación que odia y subestima a la mujer, a la raza negra y también a los indígenas, aparte de otras aberraciones que afloran del asqueroso diálogo opositor. La misoginia, la homofobia y el racismo se conjugaron groseramente para la discriminación. ¡Qué acción indigna!

Cuando oí las expresiones del “pensamiento político” de esos opositores, recordé aquella reflexión de Émile de Girardin, fundador de La Presse (1836) al considerar que si la libertad de pensar implica la libertad de decir, la libertad de decir implica la libertad de hacer. ¿Debo admitir entonces la libertad de hacer el mal? Y ¿por qué no la he de admitir si, después de haber admitido la libertad de pensar mal, admito la de mal decir? Pero entonces ¿en qué deviene la sociedad? Es el problema fundamental y por esa razón lo importante es que el hombre aprenda a pensar bien para que no actúe mal.

Ahora, me pregunto: ¿qué sería del país con estos opositores en el poder? Estoy seguro de que volverían al martillo de las brujas, a esa experiencia de la Edad Media que recoge la crueldad del oscurantismo, hoy olvidado por historiadores y penalistas, pero reivindicado tanto por la misoginia o el antifeminismo como por el racismo que nuevamente intenta tomar espacios en cualquier lugar del mundo. El martillo era, sencillamente, el Malleus maleficarum para golpear a las mujeres y herejes, con poderosa maza, por ser, según la Inquisición, agentes del mal sobre la tierra. Así piensan estos interceptados en su ignominia, sin darse cuenta de que en el mundo de la política lo mejor es utilizar la expresión de la palabra para lo que debe ser. Las nuevas tecnologías de la comunicación, igual como penetran ilegalmente la intimidad de las personas, también nos alertan de estas acciones de inhumanidad y de sus autores.

 

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