Opinión

Autor: Beltrán Haddad

10:45 am
26
Jul
2015

En América Latina existen dos expresiones muy despectivas, pero de un menosprecio histórico que se corresponde con esa conducta de achicarse ante el colonialismo. Esas expresiones son “malinche” y “pitiyanqui” para indicar, en uno u otro caso, formas de traición a lo nacional. Así lo han venido planteando, pero les diré que, originalmente, cada planteo penetró por vía culta. Malinche viene de una perplejidad del lenguaje. En voz náhual, lengua azteca: malitzin. Se trata de la india Malinalli (la Malinche), entregada a los mayas y estos la dieron a Hernán Cortez para luego convertirse en su intérprete y amante. Con esa expresión, Gabino Palomares dio a conocer “la maldición de Malinche” o de los que se entregan al invasor. Comienza la historia cuando del mar los vieron llegar los hermanos emplumados y creyeron que eran dioses; pero los dioses ni comen ni gozan con lo robado, iban en bestias como demonios del mal y cuando se dieron cuenta, ya todo estaba acabado. Solo quedó el maleficio, porque tú, hipócrita -dice el poema canción-, que te muestras humilde ante el extranjero, te vuelves soberbio con tus hermanos del pueblo. “Oh, maldición de Malinche, enfermedad del presente”.

La expresión pitiyanqui viene de Puerto Rico y la acuñó el poeta Luis Lloréns Torres. Cuenta Mario Briceño-Iragorry que la voz piti, como alteración del francés petit, entra en la palabra pitimi, con la cual se designa “el rosal de ramas trepadoras que echa rosas menudas y frizadas”. Luego dice que el poeta Lloréns Torres, más que en las rosas, debió pensar en la actitud trepadora de sus compatriotas que se rindieron al nuevo colonialismo. Los pitiyanquis se creen norteamericanos sin haber nacidos en Estados Unidos, quieren parecerse a ellos, pero la verdad es que no pueden y por eso sufren y se desesperan por no poder ser como aquellos. Y algo peor a su desesperación, aquellos no los quieren.

En Venezuela hay malinches y pitiyanquis. Hace años vi algunos de ellos en la refinería petrolera de la Gulf, allá en Guaraguao, no se sentían venezolanos, eran de otro mundo y sus casas estaban rodeadas de “césped” en el “campo americano”. Los trabajadores petroleros estaban lejos de allí y no tenían grama, pero estaban libres de una maldición malinchista. Eran de aquí.

 

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