Opinión

Autor: Earle Herrera

02:13 pm
13
Nov
2015

El gobierno de cualquier país del mundo pagaría para tener unos diputados opositores como los venezolanos, quienes no asisten al parlamento. Sin embargo, la dirigencia chavista vive abogando por una oposición seria, es decir, que sea responsable y cumpla con su deber. En 2005, Ramos Allup, Leopoldo López, Henrique Capriles y otras lumbreras decidieron no participar en las elecciones para la Asamblea. Cinco años después, acordaron votar y elegir diputados, pero como si no lo hubieran hecho: los elegidos no asisten.

Mi amigo Jorge Rodríguez debería analizar semejante conducta en su programa La política en el diván. Al fenómeno no le consiguieron explicación lógica en las escuelas de politología y psicología de las universidades autónomas. También se dio por vencida en el intento la Academia de Ciencias Políticas, una corporación antediluviana que solo despierta cada cierto tiempo para atacar a Chávez. Luego vuelve a caer en su letargo secular.

El pueblo llano, no obstante, aplaude esa política opositora de pedir el voto y luego botar la bola con sus crónicas inasistencias. Las masas populares discurren que esos diputados no asisten y cuando lo hacen, es para votar contra todo lo que beneficie al pueblo: créditos para misiones, programas sociales, construcción de hospitales, carreteras, viviendas, universidades y escuelas. También votan contra Venezuela en sus controversias territoriales con Guyana o Colombia. Para eso, dicen hasta los opositores de a pie, mejor es que no asistan, así perdamos el voto.

Aquí se da una extraña relación entre los que solicitan el apoyo para llegar a la Asamblea Nacional y no asistir a sus sesiones, y quienes sufragan para que no les cumplan las promesas legislativas que les hicieron. Hace algún tiempo, una consigna marcó las elecciones en el Perú: “¡Basta de realidad, queremos más promesas”, exclamaban las pancartas. La realidad, para los votantes de la oposición, es que sus diputados no asisten ni a las sesiones de la Asamblea Nacional ni a las comisiones. Sus promesas, entonces, reconfortan más que su realidad de inasistencia militante.

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