Opinión

Autor: Earle Herrera

02:47 pm
10
Abr
2015

Frente al decreto ejecutivo del Presidente de los Estados Unidos de América se yergue una montaña de firmas del pueblo venezolano. Parece una desproporción. De aquel lado, la potencia militar más devastadora de la historia; de este, la impronta digital, como diría mi profesor y amigo Héctor Mujica, de la pacífica y brava patria de Bolívar. Allá, la fuerza; aquí, la firmeza.

Un acto sencillo y civil como firmar una carta alteró a los carteles mundiales de la comunicación. Al principio fue la burla y, donde quedaba un resto de inteligencia, la ironía. Pero en la medida en que ese acto, si se quiere humilde, crecía en entusiasmo y pueblo, la sorna se convertía en mueca y la prepotencia en rictus. Allá, las armas. Aquí las letras en cada firma.

La triangulación Madrid-Bogotá-Miami de la mediática internacional entró en alerta roja. La recolección de firmas, que comenzó en alguna esquina caliente de la cálida Venezuela, se extendió por todo el país y disparó las alarmas cuando, como río fuera de cauce, traspasó las fronteras hasta convertirse en un fenómeno planetario, desde la muralla China hasta la Patagonia. Allá, la decepción; aquí, la solidaridad.

El transeúnte sonreído de Aquiles Nazoa empezó a preguntarse por qué tal reacción de la derecha mundial frente al sencillo acto cívico de firmar. Columnistas, editorialistas y palangristas del poder mediático se lanzaron contras las firmas que seguían expandiéndose y volviéndose ubicuas. Para frenar ese delta de pueblo desbordado estampando su nombre en unos cuadernillos, convocaron a sus figurones: Felipe González, Andrés Pastrana, Fernando Cardoso, Vicente Fox. Algunos cronistas juran que vieron al Nobel Vargas Llosa correr enfurecido tras las firmas de Pantaleón y sus visitadoras. Allá, la histeria; aquí, la historia.

Solo la firma de Chávez en un papelito rescatado por un soldado levantó igual entusiasmo en el pueblo venezolano. Era 13 de abril de 2002. Con su orden ejecutiva, el imperio esperaba otra reacción. Nunca que millones de firmas se le convirtieran en una digna respuesta, esta vez sí, inusual y extraordinaria. Allá, la amenaza; aquí, la esperanza.

 

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