Opinión

Autor: Misión Verdad

02:14 pm
09
Sep
2015

El 12 de noviembre de 1928, en el departamento de Magdalena en Colombia, un terremoto de obreros y campesinos sindicalizados inició una huelga en la zona bananera de Santa Marta. Alrededor de 25 mil personas trabajaban para la United Fruit Company, cuya labor se extendía hasta las 12 horas y no recibían salarios sino bonos intercambiables por productos made in USA importados. Un negocio que permitió el Estado colombiano, pero que no parecía extraño: en 1903 había regalado el Istmo de Panamá a los grandes truts corporativos, y los conservadores mantuvieron el poder bajo el régimen de las armas.

La paciencia de la United Fruit Company llegó a su término el 5 de diciembre, cuando había amenazado con mandar las tropas estadounidenses para imponer orden en la producción sobre la población trabajadora en rebelión. El ejército colombiano reparó en la situación para que la invasión no concluyera. No hacía falta, debido a la convocatoria del gobernador del departamento a los huelguistas, a Ciénaga. En la madrugada del 6 diciembre el mar Caribe se tiñó de rojo con la sangre de miles de obreros bananeros, y la pólvora se hizo sentir hasta en los periódicos y radios anunciando la noticia de la masacre. Conservadores y liberales se lavaron las manos en el Magdalena.

Jorge Eliécer Gaitán caminó entre los cadáveres y la neblina de humo como parte de la comisión parlamentaria que se llegó al lugar de la masacre. Ante el Congreso denunció el terrorismo de Estado que venía siendo lugar común, y culminó su solitaria reflexión con estas palabras: “Naturalmente no hay que pensar que el gobierno ejerció ninguna presión para que se reconociera la justicia de los obreros. Estos eran colombianos y la compañía era americana, y dolorosamente lo sabemos que en este país el gobierno tiene para los colombianos la metralla homicida, y una temblorosa rodilla en tierra ante el oro americano”.

El imperialismo saqueaba a destiempo en la región, mientras que a lo interno la oligarquía colombiana hacía las veces de árbitro y sangriento administrador de la violencia. Conservadores y liberales eran los mismos desde la cúpula, pero entre ellos azuzaban a sus partidarios con armas y venganzas. El beneficio era la propina y el poder del Estado.

La violencia como método

Aunque sociólogos e historiadores ubican la época denominada La Violencia entre 1946 y 1958, escritores como Alfredo Molano y William Ospina la ubican desde la década de 1920 hasta nuestros días. No se puede explicar el origen de lo que los colombianos llaman “conflicto armado”, que es en realidad terrorismo de Estado, como bien lo aclara Hernando Calvo Ospina, sin entender el desplazamiento forzado de colombianos de tierras campesinas.

Colombia, con los coletazos de la Guerra de los Mil Días salpicándole en la espalda, jugó su corazón al azar y lo ganó la violencia. Y ésta, como lo dijera Marx, “es la comadrona de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva. Es ella misma una potencia económica”.

Aunque sociólogos e historiadores ubican la época denominada La Violencia entre 1946 y 1958, escritores como Alfredo Molano y William Ospina la ubican desde la década de 1920 hasta nuestros días.

Las columnas de marcha, como solían expresar los campesinos colombianos sobre los gigantescos desplazamientos en masa, se deben a factores de acumulación originaria de capital, es decir, a una ruptura violenta de expropiación de medios de producción –la tierra, principalmente– a trabajadores del campo. La violencia, una vez más, como método para enclavar el modo de producción capitalista en cualquier territorio. El modus operandi de la burguesía desde que se constituyó como clase, con relaciones de poder y de fuerza.

El desarrollo histórico de esta expropiación beligerante, al mismo tiempo que construía enemigos entre la población pobre (conservadores versus liberales) gamonales expulsaban campesinos o los volvía mano de obra semifeudal sobre los territorios conquistados con el ejército oficial de ayudante y grupos de civiles armados llamados “pájaros” y parapolicías denominadas “chulavitas”, encargados de controlar pueblos, caseríos y regiones rurales. Para aquellos años, transcurría la década de 1940, un agente de la Falange franquista que respondía al nombre de Gines de Alvarado jugó el papel de organizador e instructor de estas fuerzas de choque del Partido Conservador.

Machetazos, tiros, riñas. La confrontación interclasista (pueblo contra pueblo) era el engaño del régimen oligárquico para los fines imperialistas. Un alto “grado de contaminación” de la violencia en todo el territorio colombiano haría actuar a Gaitán en beneficio de la paz. El 7 de febrero de 1948 convocó a unas 100 mil personas a la Marcha del Silencio, que concluyó con el famoso discurso Oración por la Paz, en el que incitó al presidente conservador Mariano Ospina Pérez a terminar con la política de paz de los sepulcros. La respuesta a esto fue el asesinato de Gaitán, y el recrudecimiento de la violencia en todas sus facciones.

La sangrienta fundación de un país

Mientras el tropel signaba con sangre y fuego todos los rincones de Colombia, el imperialismo instauraba la Guerra Fría en toda la región continental. El anticomunismo y la instalación del concepto “enemigo interno” permearon por los cuerpos de fuerza estatales de todos los países latinoamericanos, a excepción de Guatemala, cuyo presidente Jacobo Árbenz había tomado la soberanía como bandera.

En la capital colombiana se celebraba la fundación de la Organización de Estados Americanos (OEA), en 1948, a través de la carta firmada por los jefes de Estado de entonces. García Márquez retrata así el acontecimiento: “En aquel clima de alta tensión se inauguró en Bogotá la Novena Conferencia Panamericana, el 30 de marzo a las cuatro y media de la tarde. La ciudad había sido remozada a un costo descomunal, con la estética pomposa del canciller Laureano Gómez, que en virtud de su cargo era el presidente de la conferencia. Asistían los cancilleres de todos los países de América Latina y personalidades del momento. Los políticos colombianos más eminentes fueron invitados de honor, con la única y significativa excepción de Jorge Eliécer Gaitán, eliminado sin duda por el veto muy significativo de Laureano Gómez, y tal vez por el de algunos dirigentes liberales que lo detestaban por sus ataques a la oligarquía común de ambos partidos. La estrella polar de la conferencia era el general George Marshall, delegado de los Estados Unidos y héroe mayor de la reciente guerra mundial, y con el resplandor deslumbrante de un artista de cine por dirigir la reconstrucción de una Europa aniquilada por la contienda”. Fidel Castro contaría que por esos días visitaba Bogotá, y que leía en los periódicos sobre matanzas de campesinos a diario.

El salvajismo destructivo, cruel y sin objeto se convirtió no sólo en política de Estado, sino del paraestado que erigían gamonales, ejército y compañías transnacionales…

Si bien Spruille Braden, embajador estadounidense en Colombia para el año 1942, había afirmado que “Hemos obtenido todo lo que hemos solicitado a este país […]. Colombia no ha regateado sino que de todo corazón ha salido en apoyo de nuestra política […] y no existe país en Sur América que se haya desempeñado en forma más cooperadora”, no bastó con seguir sigilosamente el sendero de la Guerra Fría: Colombia reestructuraría el Estado para ejercer la fuerza según la configuración norteamericana.

En estos términos se da el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril, pocos días luego del mandato de George Marshall sobre los súbditos conservadores. “Sin mí, no hay paz”, había dicho el caudillo colombiano, y tuvo profética razón, puesto que el río de sangre que regurgitara de su boca desde las aceras del centro de Bogotá se hincharía recorriendo todo el país. Un nuevo país nacía, y éste tenía el Magdalena pintado de carmesí.

Bogotá quedó sumida en llamas, soldados del ejército trotaban de un lado a otro de la ciudad cargando fusiles Mauser de fabricación belga con bayoneta calada, la turba enardecida pidiendo venganza transitaba con machetes, palos de madera y hierro, revólveres, el cadáver de Juan Roa Serra –quien habría disparado a Gaitán– fue torturado, desmembrado y exhibido en la plaza de Bolívar. Los principales edificios e infraestructuras que simbolizaban el poder fáctico institucional fueron destruidos. Según fuentes que cita Alfredo Molano, entre 2 mil y 4 mil personas fueron muertas por la bala oficial. El terrorismo de Estado hizo gala de su mejor artillería.

Levantamientos espontáneos, protestas y formaciones de Juntas Provicionales de Gobierno se dieron en todo el país. En la capital, según la tesis de Renán Vega Cantor, no hubo cohesión popular porque el Partido Liberal quiso encauzar la turba, y no tenía los fueros políticos-estratégicos de Gaitán para hacerlo. En el campo, por el contrario, sí hubo unión de campesinos que determinarían lo que, en la década de 1960 llamarían Comandos y la organización de Autodefensas de masas.

El 9 de abril desplazó, entonces, la violencia de la ciudad al campo definitivamente. El período llamado por historiadores de Restauración Conservadora (1946-1953) estaría signado por este tipo de desplazamiento, que involucraba la mencionada expropiación de los campesinos de sus tierras. La agudización de la confrontación entre liberales y conservadores fue un factor determinante, pero sobre todo el auge de los comunistas que abogaban por reformas agrarias. La Ley 200 de Tierras, promulgada durante la presidencia liberal de Alfonso López Pumarejo, que pretendía contener la expansión del latifundismo era letra muerta. Causó 200 mil a 300 mil muertos, según el informe de Rafael Rueda Bedoya, y el desplazamiento forzoso de más de 2 millones de personas, equivalente casi a una quinta parte de la población total de Colombia, que para ese entonces alcanzaba los 11 millones de habitantes.

El salvajismo destructivo, cruel y sin objeto se convirtió no sólo en política de Estado, sino del paraestado que erigían gamonales, ejército y compañías transnacionales que hallaron en Colombia un territorio que propicia el extractivismo de hidrocarburos, minería y monocultivos para el placer de los grandes trust norteamericanos. En Colombia, desde hace ochentaintantos años no sólo se asesina: se tortura, se corta en trocitos (“picados a tamal”, dice la expresión), se decapita, se desfigura. Hablamos de cuerpos humanos, pero también del país. Los asesinos, con armas foráneas y pretendido acento colombiano pero evidentemente yanqui, procuran no dejar ni semilla.

En su estela han dejado millones de víctimas en fosas comunes, desplazadas y hambrientas, el pacto entre las oligarquías conservadoras y liberales, y un Estado que antes pide permiso al Departamento de Estado para poder ir al baño. Y por ello, la oración por la paz que pronunciara Gaitán hace más de 60 años con el pueblo pobre colombiano de testigo y protagonista aún compromete una terrible vigencia.

 

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