Opinión

Autor: Marcelo Colussi

03:52 pm
03
Sep
2015

El Congreso de la República por unanimidad acaba de quitarle la inmunidad al presidente Otto Fernando Pérez Molina. Ahora, como cualquier ciudadano, podrá ser juzgado por los presuntos delitos que se le imputan. ¿Qué representa eso para el campo popular? Por lo pronto, una ganancia, quizá mínima en principio, pero con una gran potencialidad.

La estructura del país no cambia en lo sustancial con la medida. Si al actual presidente se le encuentra culpable de los delitos que se presume ha cometido, ligados a la corrupción robando fondos públicos (el tema de su participación en la guerra sucia como masacrador de población civil no se toca), podrá terminar preso, tal como está pasando con la ahora ex vicepresidenta Roxana Baldetti. Eso no modifica la historia de la sociedad guatemalteca, pero sí representa un cambio político-cultural sumamente importante.

Podrían hacerse dos interpretaciones de los acontecimientos, no excluyentes una de la otra. Por un lado, como una jugada de la derecha, capitaneada desde Washington. Como pasa en toda Latinoamérica, la situación general no puede entenderse si no es en la lógica de la geoestrategia de los capitales estadounidenses liderados por su Poder Ejecutivo, que desde más de un siglo tienen a la región como su patio trasero. En esta ocasión, los planes imperiales intentan poner en marcha una iniciativa llamada “Alianza para la Prosperidad” en el Triángulo Norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras y El Salvador), que garantice “gobernabilidad” política y tranquilidad para las inversiones extranjeras, para el “clima de negocios”. La región, como se sabe, es de las más desiguales en el mundo, con altas tasas de violencia y un crimen organizado que se ha enseñoreado en las estructuras de gobierno; en Guatemala, de hecho, el crimen organizado ha venido gobernando estos últimos años, siendo Pérez Molina un operador de esas mafias ligadas a “negocios sucios”, como el contrabando, narcoactividad, tráfico de personas, etc. Por otro lado, para entender la lógica en juego, el empresariado ha manejado el país como una gran finca, presentando la segunda carga fiscal más baja del continente, luego de Haití. La impunidad reina tranquila.

El posible juicio y condena a Pérez Molina no traerá ningún cambio estructural. Incluso el empresariado hasta puede salir fortalecido con su encarcelamiento, queriéndose presentar como adalid en la lucha contra la corrupción.

Esta situación crea demasiada presión en la olla, lo cual puede llegar a hacerla reventar. Para la estrategia del imperio, eso es inadmisible en su Frontera Sur, de ahí la necesidad de sacarse de encima estas mafias impresentables. Según alguna información reservada salida de la Embajada de Estados Unidos en Guatemala que circuló a mediados del año pasado, ya estaba preparado el guión en el que, terminando su mandato, el actual presidente y la ahora encarcelada vicepresidenta serían extraditados a suelo estadounidense por su participación en casos de narcolavado. Todo indicaría que eso sí puede suceder en un relativamente corto tiempo. La derecha empresarial del país (nucleada en el CACIF), socia menor de la Embajada –tanto en lo económico como en lo político– se suma a esta guerra contra las mafias, y en este momento se permite levantar la bandera contra la corrupción.

Así las cosas, la gran movilización popular contra la corrupta clase política que se ha venido dando estos meses –genuina, espontánea– llevó a esta situación de posible encarcelamiento del principal operador de las mafias: el presidente de la República. ¿Qué viene luego de esto?

Por lo pronto, en unos pocos días, el domingo 6 de septiembre, hay elecciones generales. Con una izquierda prácticamente invisibilizada en lo electoral, todo indica que se tendrá “más de lo mismo”. La oferta partidaria no convence a la ciudadanía, que la percibe como la misma corruptela de siempre. Por ello, es de esperarse un alto abstencionismo, o quizá un gran porcentaje de voto nulo. La población, tanto urbana como rural, está totalmente descreída de este sistema político. La “democracia” que se vive en el país desde hace ya casi 30 años no ha cambiado un ápice la situación de pobreza crónica y de exclusión de las grandes mayorías. Ni la va a cambiar, independientemente del candidato que gane las próximas elecciones.

En ese sentido, el posible juicio y condena a Pérez Molina no traerá ningún cambio estructural. Incluso el empresariado hasta puede salir fortalecido con su encarcelamiento, queriéndose presentar como adalid en la lucha contra la corrupción. Dicho sea de paso, con la denuncia de la estructura de defraudación tributaria en que caen presidente y vice (la Línea), ningún empresario sale implicado.

Pero ahí viene la otra lectura que podemos hacer de todo esto: es probable que haya un guión trazado por la Casa Blanca que se ha venido cumpliendo a cabalidad, siendo la CICIG (Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala) su operador. Pero ello no invalida la movilización popular que se desató. Probablemente se buscó, al modo de la Primavera Árabe o las “revoluciones democráticas de colores” de Europa del Este, una movilización cívica pacífica que sacara de en medio un símbolo como Roxana Baldetti. Y hasta allí. La realidad, sin embargo, fue más allá. Es decir: se salió del guión.

Sectores populares que por años habían estado callados, amordazados, asustados por lo vivido en la pasada guerra, empezaron a protestar. La gente salió a las calles. Y también en el área rural empezó a darse la movilización. Nació una conciencia popular solidaria, antigobierno, rebelde, sanamente irreverente. Sectores de jóvenes hasta hoy desmovilizados empezaron a alzar la voz.

Quitar a un presidente por corrupto no cambia la historia del país (pasó en Argentina con Menem, en Brasil con Collor de Mello, en Perú con Fujimori). El significado histórico de lo que está sucediendo ahora en Guatemala abre otro tipo de esperanzas: deja ver que “la historia no ha terminado”, que la gente de a pie puede salir a la calle y protestar, y eso trae consecuencias. Sin dudas mañana las cosas pueden seguir igual, más aún con estas amañadas y perversas elecciones que ya están encima, en muy buena medida financiadas por el crimen organizado. Pero se abrió una ventana de esperanzas. ¡Eso es lo verdaderamente importante!

Para el campo popular, para quienes seguimos pensando que hay muchas cosas que transformar, quienes pensamos que otro mundo sí es posible, la movilización de las grandes masas populares son siempre un aliento. La retirada de un presidente por corrupto es sólo un incidente; lo bueno es que eso puede encender otros fuegos.

La historia no está escrita. Somos nosotros, los de a pie, quienes la forjamos.

 

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