Opinión

Autor: Beltrán Haddad

10:16 am
01
Jun
2015

Si hablamos de agravios, de injurias o difamaciones, de publicaciones facciosas o de lo que se ha dado en llamar “la dinámica del desafío y la respuesta” al calor de la lucha política, hay mucho que decir en el tiempo. Son diferentes las formas de la belicosidad en la palabra. Puede ser el honor subjetivo o la reputación lo que está en juego. Pero si se trata del tono insultante, inmisericorde y fulminante en la lucha política es porque la pluma viene enguerrillada. A finales del siglo XIX se conoció ese comportamiento de la prensa facciosa como “guerrilla de la pluma” y se situaba en el centro de la lucha política. Desde Argentina nos cuenta Sandra Gayol, en un interesante ensayo sobre las calumnias, rumores e impresos, que existió una especie de respuesta pública contra toda injuria, pero muy hiriente e incisiva, llamada “solicitada”, en el Buenos Aires de finales del siglo XIX y principios del XX en la prensa de la época. Era una forma de responder y hacerse pagar el agravio. No era otra cosa que una “gramática de los insultos” que sustituía la acción de la justicia ordinaria y colocaba a la opinión pública en el centro de un chisme, de una injuria o de un rumor. Hoy los insultadores como los insultados se encuentran en los tribunales.

Pero en el campo político la expresión “guerrilla de la pluma” se mantiene y lleva una fuerte connotación porque es agresiva, lo asume como su campo de batalla y se pone peligrosa en tiempos electorales. En Venezuela, por ejemplo, ya comienza a ser instigadora de marchas y protestas, de “calentamiento” de calles, de desesperación electoral en aquellos que desesperan por no poder ganar, de la mentira para que corran la alarma y otras cosas. Igual instiga al odio y crea el derrotismo político que es el drama de lo absurdo, pues quien lo practica se coloca en posición falsa de insinuar algo malo que nos va a pasar. En fin, es la desesperación electoral al amparo de la “guerrilla de la pluma”. Sin embargo, es posible conseguir la decencia en la lucha política, en la confrontación de las ideas, en la lucha por lo que tú crees, por tu ideología política que se define en el debate, pero que también es diálogo como arte de buscar lo razonable en la otra opinión. Así lo dicen y lo aclara la experiencia.

 

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