Opinión

Autor: Earle Herrera

11:56 am
04
Dic
2015

Cada año se celebran centenares de elecciones en el mundo, pero a ninguna quiere asistir tanta gente como a las de Venezuela. El ente encargado de cursar las invitaciones es el Consejo Nacional Electoral, motivo por el cual es sometido a todas las presiones para que les envíe tarjetas incluso a quienes lo descalifican. Algo así como que en tu cumpleaños, alguien te diga: “Quiero que me invites, desgraciado, aunque sé que tu fiesta no valdrá la pena y será una porquería de bonche”.

Con todo y eso, nadie se quiere perder lo que anticipan como un fiasco. No solo pretenden venir como fisgones, sino en rol de jueces con más poder que el mismo anfitrión. Puesto que el poder electoral les paró el trote, desataron toda su ira contra la República Bolivariana de Venezuela. Esa ira alcanza su grado máximo cuando la derrota la convierte en “arrechera” con necesidad incontrolable de ser drenada.

Al Washington Post le parece poco la avalancha contra Venezuela y conmina a los gobiernos del mundo a ejercer mayor presión. El secretario de la OEA, Almagro, envía sendas y destempladas cartas a la presidenta del CNE y al presidente Maduro, “instruyéndoles” lo que debe hacer cada uno. El recién electo presidente argentino, Macri, lo primero que hizo fue pedir nuestra expulsión de Mercosur. La Corte Suprema de Chile -silente ante el pinochetismo criminal- cuestionó a la justicia venezolana. Felipe González denunció que se podrían suspender las elecciones por la muerte de un pran adeco. El comisionado de la ONU pegó un leco desde Ginebra. La Casa Blanca reincidió en su injerencia crónica. Vargas Llosa cumplió su mandado imperial.

Me detengo a las puertas de la ciudad y los perros porque la crónica se iría solo en enumerar la cantidad de metiches en la fiesta democrática de Venezuela, la número 20 desde el 6 de diciembre de 1998.

Esta no es la fiesta del Chivo ni la de Blas, pero todos pretenden colearse. El 7 de diciembre, víspera de aquel 8 de luna llena, el pueblo celebrará, mientras los entrometidos de todo el mundo sufrirán la decimonovena resaca que le provoca la soberana patria de Bolívar y Chávez.

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