Opinión

Autor: Carmen Bohórquez

11:41 am
23
Dic
2015

En un excelente video producido para mostrar qué había llevado a la oposición a embarcarse en el irracional golpe de estado del 2002, se ve a una señora de las altas clases adineradas diciendo, al siguiente día del golpe, que eso había sido una especie de operación de liberación de una Venezuela secuestrada por una dictadura comunista que había dividido al país al darle el poder a gente que no estaba preparada para gobernar y que estaba llevando la nación a la catástrofe total. Trece años después, esa conseja no ha dejado de ser defendida tanto por esas mismas clases como por los partidos políticos que la representan.

“Desde que el mundo es mundo – decía la señora en el video – los ricos siempre han gobernado porque son los que se han preparado para hacerlo”, y éste, agregamos nosotros, es el orden natural en que deben llevarse los asuntos de poder de acuerdo al pensamiento mundial de derechas. De Venezuela a la Argentina y de los Estados Unidos a Ucrania, este pensamiento no admite cuestionamientos ni excepciones. Todo gobierno de izquierda que llegue al poder despierta de inmediato una reacción feroz de la derecha para ponerle fin. Siempre serán gobiernos acosados, vilipendiados, saboteados, a quienes les costará mil veces más que al peor de los gobiernos de la derecha de mostrar su eficiencia y la nobleza de sus propósitos. Lo hemos vivido en carne propia en estos 16 años, como lo han vivido los argentinos, los bolivianos, los ecuatorianos y todos aquellos pueblos que han despertado de la hipnosis colectiva en el que los tenía sumidos el capitalismo y se han dado cuenta de que se puede trazar un camino autónomo, de verdadera libertad.

Sin embargo, nada de lo que hagamos, por muy justo, incluyente y beneficioso que resulte para la nación será jamás reconocido ni por el imperio ni por la derecha nacional. Debemos siempre remar a contracorriente y dispuestos a resistir todos los vendavales que esa derecha planifique y desate sobre nuestras endebles naves. Y como nuestras acciones no serán jamás reconocidas, ni aceptadas ni menos todavía apreciadas como portadoras de bienestar colectivo, siempre se estará remachando la idea de que hemos venido a provocar una profunda fisura en la sociedad nacional, que hemos venido a alterar el orden sacrosanto que existe “desde que el mundo es mundo” y que con ello hemos partido en dos el país, y alterado la convivencia, la armonía de clases y hasta la paz nacional. Por ello, está más que justificada toda acción tendiente a restablecer como sea ese antiguo orden de supuesta paz y armonía. La derecha siempre tiene la razón.

Lo grave en todo esto es que la oposición siga sin reconocer que la división del país es consustancial con su irracional actitud de no aceptar que todos y todas tenemos el mismo derecho a gobernar que el que han tenido los ricos.

Esta falacia de una sociedad armónica que los ricos han forjado históricamente en la que ellos mandan siempre y los pobres se alborozan de ser mandados, es la idea fuerza más potente que ha podido enarbolar la derecha; habida cuenta de que todos queremos vivir en paz. Un corolario de esta idea es, por supuesto, que en un gobierno de derecha no existe división de clases, que el concepto de lucha de clases es un invento de la izquierda para expropiarles sus riquezas y que la misma no es más que producto del resentimiento de los que han fracasado en ascender dentro del orden social. Por ello, la derecha se siente predestinada y autorizada por las circunstancias a valerse de cualquier medio para volver a poner las cosas en su “santo” lugar.

Conocidos los resultados de las elecciones del 6D, un dirigente del fascista partido Primero Justicia dijo, como quien dice la más anhelada y unánime de las verdades que “No puede haber dos Venezuelas sino un país unido y esa es la tarea con la que amanecemos este lunes”. Si es cierto que hay dos Venezuelas, ¿quiénes las han creado? ¿No sería pertinente que comenzara por hacerse un examen de conciencia para reconocerse como uno de los agentes principales de esa escisión? ¿Quiénes se negaron siempre a aceptar que Hugo Chávez y el movimiento revolucionario que se levantó a su paso habían ganado limpiamente 18 elecciones? ¿Quiénes han puesto en tela de juicio y combatido ferozmente todas las medidas del gobierno bolivariano para asegurar la inclusión del 80% de la población que había sido negada por ese 20% al cual pertenece el referido dirigente? ¿Quiénes se negaron siempre a aceptar los llamados de diálogo y por el contrario recurrieron a golpes de Estado, al sabotaje petrolero que provocó ingentes pérdidas a la república, a las guarimbas permanentes e idearon un plan de transición que llamaron democrático, pero que era absolutamente inconstitucional y que derivó en “La Salida”, con saldo de 43 muertos y más de 800 heridos? ¿Quiénes son los que se han negado a reconocer el derecho que tienen los pobres a participar protagónicamente en la conducción de la nación? Y por último, la gran pregunta: si su deseo es la de una sola Venezuela, ¿por qué no se sumaron desde el comienzo del gobierno del Presidente Chávez a la construcción de una nación verdaderamente justa; de inclusión de todos y todas como agentes sociales y políticos; de aseguramiento de los derechos humanos para todos y todas y no sólo para el 20% que siempre los ha disfrutado; de verdadera democratización económica, política y social, donde el ser humano sea el verdadero centro de la sociedad y dónde las riquezas de la nación sean equitativamente distribuidas?

Si ésta hubiera sido la actitud Venezuela sería hoy UNA potencia en nuestro continente y los venezolanos y venezolanas nos hubiéramos ahorrado tanto dolor, tantas muertes producto de la violencia política, tanto odio alimentado por la ambición de la burguesía de retomar el poder político, tantas pérdidas materiales y tantas esperanzas frustradas.

Lo grave en todo esto es que la oposición siga sin reconocer que la división del país es consustancial con su irracional actitud de no aceptar que todos y todas tenemos el mismo derecho a gobernar que el que han tenido los ricos durante siglos y que por más que lo repitan ad nauseam, nunca podrán convencernos de que la paz y la unidad se puede construir sobre la injusticia.

Siete a la carga

 

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