Opinión

Autor: Alberto Aranguibel B

09:06 am
10
Feb
2015

La semana pasada, el mismo día, dos gobernadores presentaron su memoria y cuenta de la gestión 2014 ante los órganos contralores de sus respectivos estados. Uno de ellos gobernador de Aragua, el otro del estado Miranda.

El primero gobierna en un estado cuya población, de acuerdo con el Censo de 2011, es casi la mitad del segundo. Es decir, que la gestión del segundo, como es obvio, debería haber duplicado en términos de inversión, de desarrollo de programas, obras y proyectos, la del primero. Pero no fue así.

Mientras el gobernador El Aissami demostraba con hechos irrefutables el gran avance de su estado en apenas dos años de gobierno, el gobernador Capriles hacía esfuerzos sobrehumanos para maquillar las vergonzosas y lamentables cifras de falsedad que presentaba.

Solo un cínico descomunal como el irresponsable de Miranda anuncia como logro un programa de alimentación que solo alcanza a entregar ciento siete mil doscientas raciones de comida, y planes de vivienda que no entregan casas sino vales de lastimosidad para canjearse en ferreterías. Si consideramos que la gente come tres veces al día, concluiremos que ese programa no beneficia sino cuando mucho a un tercio de esa exigua cantidad, y que el negocio con las ferreterías impide llegar a unas mil personas siquiera.

En Aragua vimos en esa ocasión a un digno hijo de Chávez defender con pasión revolucionaria a un pueblo al que su gobernador se debe. Una larga lista de obras culminadas y en ejecución que requirió más de cuatro horas en su detallada enumeración, documentada con imágenes que muestran una realidad contundente de progreso que, al decir de su gobernador, “ha hecho más por Aragua, en apenas dos años, que todo lo hecho por los gobiernos de los últimos cincuenta años” en esa entidad.

Nos trae Tareck a la memoria que su postulación surgió de la mente prodigiosa de ese inmenso líder que fue el Comandante Eterno, quien en su hora postrera dispuso lo mejor de su equipo para asumir el logro de la mayor suma de felicidad para su pueblo.

En aquel maravilloso Monumento a la Juventud, en La Victoria, y con aquella palpitante demostración de eficiencia, comprobamos que Chávez está hoy más vivo que nunca.

 

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