Opinión

Autor: Najwa Sheikh

07:34 pm
15
May
2012

Según UNRWA son refugiados de Palestina las “personas cuyo lugar de residencia habitual, entre junio de 1946 y mayo de 1948, era la Palestina histórica – o lo que es hoy el actual estado de Israel- y que perdieron sus casas y medios de vida como consecuencia de la guerra. Los descendientes de esta población son también considerados refugiados por la Agencia”.

Aproximadamente una tercera parte de la población refugiada del mundo es Palestina. En la actualidad los registros de la UNRWA cuentan con más de 5 millones de refugiados de Palestina que, de alguna manera, siguen esperando con anhelo el regreso a sus hogares y el reconocimiento de su trágica historia. Una espera interminable dado que Israel ni reconoce su estatus, ni permite su retorno y además mantiene militarmente ocupado el territorio palestino.

La ocupación del territorio palestino vulnerasistemáticamente los derechos de la población, afecta a sus vidas y a sus medios de subsistencia, les condena además a la pobreza crónica, al sufrimiento y al desplazamiento forzoso. Las violaciones, que han convertido a los palestinos en una población desprotegida y privada de todo derecho, responden a una política discriminatoria llevada a cabo por Israel desde que en 1967 ocupa el territorio Palestino, incumpliendo sistemáticamente el Derecho Internacional e impidiendo una resolución pacífica del conflicto.

Najwa Sheikh, Refugiada de Palestina que vive en la Franja de Gaza, lo cuenta así:

Muchos escritores han escrito acerca de la Nakba, sobre la pérdida de la patria, la pérdida de la dignidad nacional, y la seguridad. Pero ninguno de ellos han escrito acerca de las frecuentes decepciones que los refugiados palestinos han tenido desde entonces, las decepciones que, junto con los sueños y esperanzas, se transmiten de una generación a otra.

La conmemoración de la Nakba trae de vuelta viejos recuerdos que hemos heredado de nuestros padres y abuelos. La narración de viejas historias que hablan de la huida de la tierra, dejando todo atrás, huyendo de nuestras vidas y esperando volver unos días después. Estas historias proporcionan una íntima conexión con el pasado y con la patria, sin embargo, como el tiempo pasa, surgen nuevas historias de sufrimiento y decepción que hacen que nuestro sentido del tiempo y del lugar se vuelva borroso.

Cada año esperamos que se abra una oportunidad para la paz, la justicia o incluso una pequeña luz para la esperanza, sino para nosotros, para nuestros hijos; anhelamos poder vivir una vida digna, lejos de las guerras y la violencia, lejos del dolor y la amargura. Sin embargo, nuestros sueños y humildes expectativas se encuentran con la decepción, dejándonos llorando no sólo por los sentimientos del recurrente dolor, sino también llorando por la pérdida de humanidad dentro de cada uno de nosotros.

Con cada conmemoración nos damos cuenta de que, como refugiados palestinos, estamos condenados a vivir la Nakba una y otra vez, cada año con diferentes tipos de dolor y una mayor decepción. Las historias que narran, las historias de nuestros abuelos, las llaves de las casas que se vieron obligados a abandonar, el olor de los naranjos, el olor de za’ater, son fantasmas del pasado, y están desapareciendo poco a poco con la muerte de las personas mayores de Palestina que fueron expulsados de su patria.

A diferencia de mi generación, y de la generación anterior, que fuimos capturados por la belleza y la magia de las historias narradas por nuestros abuelos y nuestros padres sobre nuestra patria, la próxima generación perderá esta conexión con sus raíces y su pasado. Se verán abrumados por frecuentes decepciones y las historias antiguas, las llaves viejas e incluso los documentos de propiedad la tierra no significarán nada para ellos, con excepción de nuestros rituales.

Cuando escuchamos las historias de quienes experimentaron el viaje de huida, sentimos el dolor, incluso saboreamos la amargura de no poder ver la tierra de nuevo, los recuerdos nos siguen afectando y nos mantienen conectados con el pasado; gracias a ellos, en cierto modo, recuperamos la esperanza.

Los refugiados palestinos, en particular los que viven en Gaza, viven aplastados bajo una gran frustración y una gran decepción, sobre todo después de las operaciones militares de Plomo Fundido. La destrucción, el número de muertes, y el elevado estrés que todo el mundo en Gaza experimentó durante los ataques nos dejó muy frágiles, abrumados, no ha quedado espacio para la paz en la mente o el alma. Estamos atormentados con los horrores de los ataques, y con la posibilidad de sufrir otra guerra.

La frustración y la decepción se hicieron todavía más claros cuando mis dos hijos anunciaron que no iban a casarse en el futuro, porque no quieren tener hijos, no quieren experimentar el dolor de perder a sus hijos, o incluso verlos sufrir incapaces de ayudarles … aunque yo me quedé en shock, tienen razón.

 

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